Pedrito

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Pedrito era el último hijo de un pobre padre que tenía tantos hijos, que los dedos de las manos y de los pies no eran suficientes para contarlos.

Le había nacido un nuevo hijo y no tuvo más remedio que salir a buscar a alguien que aceptara ser su padrino. Como caminaba sumergido en hondas preocupaciones, sin darse cuenta extravió el camino. Cuando se vio en dificultades para volver al hogar, se le apareció un hombrecillo que apenas se levantaba unas cuartas sobre el suelo.

— ¿Qué buscas, buen hombre? —le preguntó el enano.

—Ando en busca de un padrino para mi último hijo. Tengo tantos, que nadie queda en el pueblo para hacerlo padrino.

—Yo oficiaré de padrino de tu hijo —le consoló el hombrecillo—; pero con la condición de que cuando tu hijo tenga siete años, siete meses y siete días, me lo darás para hacer de él un hombre de bien.

El afligido padre accedió de buen grado, pues pensó que, con tantos hijos, no les afectaría mucho a él y a su mujer el que se llevasen uno de ellos.

El niño fue bautizado con el nombre de Pedro y el padrino fue grande en obsequios: le compró ropa y juguetes.

Fue pasando el tiempo sin sentir, y cuando ya los padres de Pedrito tenían la esperanza que el padrino se hubiese olvidado del pacto, exactamente a los siete años, siete meses y siete días, apareció el hombrecillo, quien vino a llevarse a su ahijado.

Luego de las llorosas despedidas, partieron de la casa el padrino, el padre y Pedrito. Al llegar la noche, llegaron al sitio donde había tenido lugar el primer encuentro con el hombrecillo. En cuanto se detuvieron, abrióse una trampa, dejando abierto un camino subterráneo.

El hombrecillo se despidió de su compadre y Pedrito de su padre; y padrino y ahijado desaparecieron por el oculto sendero. Avanzando por él, llegaron al décimo quinto día a un país donde la hierba era de oro, las flores tenían estambres de diamantes y los caballos tenían pelambre de plata.

Avanzando días interminables, llegaron, por fin, a las puertas de un castillo cuyas piedras tenían incrustaciones de diamantes. El hombrecillo golpeó con su varita de oro las puertas del castillo y estas se abrieron de par en par, como tácita invitación a que entrasen.

Entonces, el hombrecillo dio una ágil voltereta en el aire, y al caer nuevamente al suelo, se transformó en una bellísima princesa que sonrió dulcemente a Pedro, pues ya no era Pedrito, quien quedó enmudecido de asombro.

— Escúchame, simpático joven —le habló la princesa—. Yo sufrí el hechizo de un perverso mago, para que vagase como un hombrecillo insignificante, hasta que encontrase una persona que tuviese siete años, siete meses y siete días justos. Te he encontrado a ti y si me aceptas por esposa, todo este palacio y este reino serán tuyos.

Pedro aceptó gustoso ser esposo de tan bella mujer. Se casaron en brillantes bodas y luego, en lujoso coche tirado por seis blancos caballos, fueron en busca de los padres y hermanos de Pedro.

Fueron llevados a vivir en el palacio y, como es fácil comprender, comenzaron a vivir una vida cómoda, lejos de los apremios de la pobreza en que habían vivido por tener numerosa familia.

 
Publicado por: Ohslho
La Paz, 05 de Noviembre del 2014
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