Ojos de Estrella

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Un matrimonio lapón conducía su respectivo trineo jalado por un reno. La esposa llevaba a su hijita en los brazos, bien cubierta con una gruesa piel, y por eso le era difícil guiar el trineo y sostener a la criatura.

Era Nochebuena y la nieve brillaba a los rayos mortecinos de la aurora boreal. Las estrellas parpadeaban esplendorosas en el cielo. Más, de pronto, apareció una manada de lobos hambrientos, que se pusieron a perseguir a los trineos.

Los renos, al notar la proximidad de los lobos, emprendieron frenética carrera. La nieve cegaba a los esposos y, en una sacudida de los trineos, la niñita escapó de los brazos de su madre y cayó sobre la nieve.

La madre, presa de desesperación y gritando, intentó, en vano, detener la loca carrera del reno. No pudo lograrlo, pues el animal, aterrado por la proximidad de los lobos, siguió su desenfrenado galope dejando lejos el lugar donde la pobre criatura había caído.

Los lobos rodearon a la niña. Ésta los contemplaba sin moverse y sin llorar. La serena mirada de su inocencia tuvo el poder maravilloso de anonadar a los carniceros que, durante un momento, la contemplaron como asustados y luego reanudaron su frenética carrera, siguiendo el rastro de los renos.

La criatura quedó sola en la fría extensión de la nieve. Levantó sus ojitos y contempló las estrellas. Y su celestial luz penetró en aquellos inocentes ojitos, quedándose para siempre en ellos.

Por suerte, pasó por allí un campesino que llevaba provisiones para celebrar las fiestas navideñas. Al ver a la niña abandonada, la puso en su trineo y la llevó a su casa cuando las campanas repicaban para la misa matinal.

— Te traigo un regalo de Navidad —le dijo a su mujer.

Isabel, que así se llamaba la esposa, desenvolvió a la nena y le dio de beber leche caliente. Luego, dijo a su marido:

— Dios la envía a nuestra casa. Si es huérfana, yo seré su madre y tú, querido Simón, serás su padre. Pepe, Coco y Nati serán sus hermanitos… ¡Y observa cómo nos mira!

Luego la llevaron al templo para bautizarla con el nombre de Isabel. El párroco se admiró del extraño brillo de los ojitos de la niña, y dijo en broma:

— Debieras llamarte “Ojos de Estrella” por el fulgor de tus ojos, niña linda.

Y en el pueblo, todos los vecinos empezaron a llamarla “Ojos de Estrella”. La nena fue creciendo junto a sus hermanitos adoptivos y, mientras éstos se mostraban robustos, ella era delgadita y esbelta.

Simón y su mujer querían por igual a los cuatro niños. Y, cuando Isabelita cumplió tres años, su madre adoptiva comenzó a darse cuenta de que algo misterioso emanaba de su ser. Sobre todo de sus ojos, de esos raros negros ojos que despedían estelares destellos.

Isabelita jamás contrariaba a nadie, ni se molestaba si sus hermanitos la mortificaban. No hacía más que mirarlos fijamente y, al instante, ellos se desvivían por serle agradables.

El gato Negro la temía y no atrevíase a mirarle los refulgentes ojos. El perro ladraba, pero cesaba de ladrar y de gruñir cuando ella lo miraba.

Un día de tempestad, en que el viento ululaba por sobre los techos de las casas y la nieve caía sin cesar, la tormenta cesó al instante cuando la niña salió al porche de la casa.

Su madre adoptiva estaba algo inquieta por todo esto. A veces le decía impaciente a la niña:

— ¡No me mires así! ¡Parece que quisieras traspasarme con tu mirada!

La pequeña bajaba la cabeza, llorosa, sin comprender por qué la reñía su madre adoptiva.

Una noche, un peregrino fue hospedado en la casa. Al día siguiente, la mujer advirtió que había desaparecido un anillo de oro que dejó olvidado sobre la mesa. Ojos de Estrella, que acababa de despertar, miró con sorpresa al desconocido y exclamó:

— ¡Éste hombre tiene un anillo dentro de su boca!

El ladrón no tuvo más remedio que devolver el anillo, pidiendo perdón a la dueña de casa.
Simón dijo un día a su esposa:

— Seamos cariñosos con Ojos de Estrella. Desde que vive con nosotros, todo nos va bien. Las cosechas rinden más y los osos y los lobos ya no atacan a nuestro ganado. ¡La niña es el heraldo de nuestra buena suerte!

En efecto, Simón e Isabel trataron a la pequeña con singular afecto, que ella les correspondía con creces.

Más, una mañana aparecieron los verdaderos padres de Ojos de Estrella, reclamando a su hija que habían perdido en la nieve. Simón e Isabel, muy apenados, tuvieron que entregar a la niña a sus verdaderos padres.

Su rectitud fue premiada con el nacimiento de una hermosa niña, cuyos ojos despedían destellos, como los de Ojos de Estrella.

La niña fue llamada también “Ojos de Estrella”, en recuerdo de la que habían llegado a querer como a una hija.

Autor: Folclore Lapón
La Paz, 24 de Julio del 2014
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