Nicolasín y Nicolasón

Hace mucho tiempo, hubo un pueblo donde vivían dos hombres que tenían el mismo nombre: Nicolás; aunque eran diferentes en todo y ni siquiera eran parientes.

Uno era rico y poseía cuatro caballos para las labores de labranza; y el otro era pobre y solo tenía un caballo. La gente les llamaba Nicolasón y Nicolasín, respectivamente.
Nicolasón ocupaba a Nicolasín durante los días hábiles de la semana en arar sus campos; y el domingo, Nicolasín podía arar el suyo con los cuatro caballos de aquél.
Un domingo Nicolasín hizo estallar su látigo sobre uno de los caballos de Nicolasón y éste, que tenía muy mal genio y quería mucho a sus caballos, cogió una fuerte maza y descargó tal golpe al caballo de Nicolasín dejándolo
muerto.
El desolado Nicolasín desolló al animal y, después de secar su piel y de meterla dentro de una bolsa, se fue al mercado para venderla.
En el camino fue sorprendido por una violenta tempestad, obligándole a pedir refugio en una casita donde había luz. Estando allí, preguntó a la posadera:
¿Podrías darme albergue por esta noche?
La mujer contestó:
Lo siento mucho, no está mi marido. Y no acostumbro recibir desconocidos en su ausencia.
Como las cosas iban así Nicolasín divisó un cómodo pajar que estaba junto a la casa y, ni corto ni perezoso, se acomodó en él, observando que a través del suelo se filtraban unos hilillos de luz por unas rendijas. Se puso a observar por las aberturas y pudo ver a la granjera y a un sacristán, sentados en torno de una mesa bien servida.
En aquel momento se oyeron por el camino los pasos del marido de la granjera, y ésta dijo a su hermano sacristán (que en efecto lo era el que allí estaba) que se escondiese en el armario que había cerca del horno, al tiempo que guardaba los manjares que estaba disfrutando con su hermano.
Cuando llegó el granjero vio a Nicolasín encaramado en el techo del pajar. En vez de molestarse, pues era hombre bueno, invitó a aquél que bajase para cenar con él.
Nicolasín accedió de buen gusto, pero vio decepcionado que la granjera sacaba solamente un plato de sopa. Él se limitó a decir:
En este saco llevo un duende, que me dice que nos invita a comer una cena que hay dentro del horno.
A la sazón, después de oír tales palabras, la mujer no tuvo otra alternativa que sacar la exquisita cena que había escondido, y Nicolasín y el granjero comieron hasta decir basta.
Luego dijo el granjero:
Oye, ¿no podrías decir al duende ese que nos enseñe al diablo?
Entonces Nicolasín hizo como que consultaba al duende y dijo:
Dice que lo encontraremos dentro del armario al sacristán.
El granjero abrió el armario y, viendo al sacristán, dijo:
Es verdad, y se parece mucho al pillo de mi cuñado.
Acto seguido, el granjero ofreció a Nicolasín:
Mira: te ofrezco una bolsa de oro por el duende, a condición de que tires el arca al río.
Nicolasín aceptó y, cuando se encaminaba al río con el armario y la bolsa de oro, el sacristán suplicó:
Te daré otra bolsa de oro si me dejas en libertad.
Nicolasín aceptó y, cargado de dinero, retornó al pueblo. Allí se encontró con Nicolasón, a quien le dijo:
Mira lo que me han pagado por la piel de mi caballo.
El tonto de Nicolasón, dando crédito a sus palabras, mató a sus caballos y se dirigió al mercado, pidiendo dos bolsas de oro por cada piel. Pero la gente, tomándolo por loco, lo echó a pedradas. Entonces, éste, lleno de rabia, cogió a Nicolasín, lo metió en una bolsa y se fue a tirarlo al río. Por el camino entró en una posada y dejo la bolsa en la puerta.
Nicolasín comenzó a lamentar dentro de ella:
¡Ay! ¡Aún no deseo ir al cielo!
Un viejo pastor de vacas que pasaba por el sitio, oyendo sus lamentos, dijo:
Yo sí.
Entonces Nicolasín propuso:
Si quieres, cambiamos.
Y, como el pastor estaba de acuerdo, cambiaron los roles. El vaquero se metió en la bolsa y, Nicolasín, salió de la posada; arrojó la bolsa al río y se dirigió a su casa. Nicolasón, cuando vio a Nicolasín apacentando su rebaño de vacas del pastor, se asombró y le preguntó:
¿Dónde has encontrado estas vacas?
Él contestó:
En el fondo del río. Allí hay muchos prados llenos de ganado.
Entonces, Nicolasón, una vez más, dando crédito a las palabras de Nicolasín, se dirigió al río y se zambulló justo donde el gran remolino, ahogándose sin que nadie pudiera salvarle.
La Paz, 11 de Octubre del 2012
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