Nasha, La Gran Madre

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En una antigua aldea Lipeña vivió una mujer muy amada y muy querida. Nasha era su nombre y fue la esposa de Khishka. Khishka era un HIJO para ella y Nasha era una Madre para él. Por eso, la gente de la aldea, la llamaba: la ‘GRAN MADRE’. Recibió ese nombre tras la muerte de su esposo. Ella inició a muchos discípulos extendidos por toda la región, caracterizada por el silencio de las montañas, la inmensidad de las pampas, el silbido de los vientos, el rugir de las fieras, el imponente cielo azul, el sol resplandeciente, la noche estrellada, y el canto de los ríos.
Uno de sus discípulos vivía en una lejana ciudad y solía visitarle tres veces al año. Era un verdadero devoto pues, hacía grandes sacrificios para estar unos momentos con su Maestra. En su último viaje, a la ‘GRAN MADRE, NASHA’, la encontró recostada en su regazo esperando su llegada. Éste, en cuanto llegó, se acercó a ella y, postrándose a sus pies, dijo suplicantemente:
-¡Aquí me tienes, señora mía, para lo que se le ofrezca!
Ella, acariciando la cabeza de su discípulo, dijo:
-¡Hijo mío, ha llegado mi hora! ¡Tú siempre tan guapo y tan amable! Pero, a partir de
ahora, ya no tendrás que caminar tanto. Lo has hecho durante veinte años y eres capaz de hacerlo por el resto de tu vida. ¡La prueba fue suficiente! Ahora ya no te será necesario que me veas siempre aquí, yo puedo ir allí donde tú estás. Y desde mañana deja de hacer esto. Abandona todos los sacrificios que hacías para venir a verme. Ahora yo la haré. Antes de que comas, me verás cada día. Te doy mi palabra y conserva éste cayado contigo y, cuando te llegue la hora, dáselo a uno de los tuyos.
El discípulo, en tan absoluto silencio y postrado a los pies de su señora, se llenó de alegría y comprendió su mensaje. Luego tomó el cayado, besó los pies de la MADRE, y dijo con voz suave:
-¡Que se cumpla en mí lo que has dicho, mi Señora!
Dicho esto, se abrió espacio entre la gente y se marchó en absoluto silencio rumiando las palabras de la ‘GRAN MADRE’. Caminó jornadas enteras hasta llegar a su casa.
Al día siguiente, antes de la comida del medio día, alguien tocó la puerta. Fue y se encontró con una anciana que estaba de paso por la aldea y que iba hacia la ciudad. Como era la hora de comer, él, muy amablemente, condujo a la señora hacia el comedor y almorzó con ella. Luego le mostró el camino hacia la capital.
Al otro día, antes del desayuno, mientras regaba el jardín, con una manguera, haciendo caer el agua cual si fuera una lluvia, se presentó una pareja de colibríes, quienes, aprovechando la oportunidad, se mecieron en el agua que suavemente caía. El color de sus plumas resplandecía al juntarse con los rayos del sol. Y el discípulo, muy encantado por la escena, contempló a los colibríes cómo aleteaban, cómo se mecían y cómo posaban en la piedra que se encontraba debajo del limonero. Luego, felices y contentos, las avezuelas, emprendieron un vuelo fugaz y desaparecieron de su presencia.
Al día siguiente, se presentó en la puerta de su casa un perrita callejera, bastante gordita, pues estaba a punto de tener sus crías. Él las acogió, la cuidó, y la perrita, llegado el tiempo, tuvo sus cachorros y se quedó definitivamente a vivir con él. Sus cachorros crecieron y algunos conocidos suyos se llevaron como regalo de las fiestas de fin de año.
Esto y muchas escenas, ocurrido constantemente en la vida cotidiana del discípulo, propiciaron la transformación de aquel hombre en un ser completamente nuevo. La llama de fuego que había comenzado a arder en el lecho de la ‘GRAN MADRE’ creció y creció, y se encaminó hacia la suprema iluminación de aquel discípulo amado por la gran mujer.
Con el tiempo fue comprendiendo el último mensaje pronunciado por su ‘GRAN MADRE’ y ‘MAESTRA’. Ahondó en silencio absoluto, en alegría suma, en éxtasis total, en el estado de la suprema libertad, cada una de las palabras de su ‘MAESTRA’ y, cuando llegó el tiempo, alcanzó la transformación total. Así las palabras de la ‘GRAN MADRE’ se cumplieron y la vida del discípulo se convirtió en éxtasis, alegría y bendición para los suyos.
Ohslho
La Paz, 23 de Noviembre del 2008
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