Los Frutos Prodigiosos

Un rey, antes de emprender un largo viaje, llamó a sus tres hijas, a quienes amaba mucho y, por turno, les hizo una pregunta:

— Mira, hija mía – d i j o a la mayor-. Voy a viajar al país vecino y deseo traerte un regalo. ¿Qué quieres que te compre?

— Tráeme un lindo vestido bordado con hilos de oro —pidió la princesita.
— Y tú, bella niña, ¿qué deseas? —preguntó a la segunda.
— A mí me encantaría un traje bordado con hilos de plata.
— Y tú, pequeña, pequeña ¿qué pides? —le preguntó a la hija menor.
— ¡Oh, padre querido! Tráeme un racimo de uvas que hable, unos melocotones que sonrían y unas cerezas que tintineen.
El rey prometió a sus hijas complacerlas. Compró, en una casa de modas, un hermoso vestido bordado con oro y otro traje con adornos de plata; pero, por más que buscó, no pudo encontrar ni el racimo, ni los melocotones, ni las cerezas pedidos por su hija menor. Y retornó a su palacio, afligido por no haber podido complacer a su hija predilecta.
En el trayecto, las ruedas de su carroza real se encallaron en el barro del camino. Pidió ayuda y cuatro campesinos acudieron con cuatro caballos, pero, por más esfuerzos que hicieron, no lograron ni mover una pulgada el vehículo.
Cuando pensaba el soberano que tendría que pasar la noche allí, vio que se le acercaba un enano barbudo.
— Sacaré tu carroza del fango, si me das, en cambio, la mano de tu hija menor —dijo al rey el enano.
— Si logras sacar libre la carroza, tendrás lo que pides —dijo el monarca, sin reparar en las consecuencias de lo que ofrecía.
El enano empujó entonces, con una fuerza increíble el carruaje y las ruedas rodaron por la carretera.
Las princesas, que esperaban a su padre en el atrio del inmenso palacio, recibieron con alborozo al autor de sus días.
Las mayores se alegraron mucho más cuando recibieron sus costosos vestidos.
— Querida hija —se disculpó el rey con su hija menor—, no he podido encontrar las frutas que deseas.
— Paciencia —dijo, resignada, la joven.
Al tiempo, se presentó el enano empujando un carretón. El rey, al verlo, recordó su promesa. Suplantó con una criada a su hija menor. Pensaba el soberano: “Este enano creerá que esta muchacha es mi hija menor y se marchará pronto”. Pero el enano era muy listo y, volcando el carretón donde los pajes habían acomodado a la criada, empezó a gruñir iracundo:
— ¡A ésta no la quiero! ¡Yo he pedido a la princesita!
Entonces, el rey hizo que su hija menor se vistiese como una pordiosera, creyendo que el hombrecillo la rechazaría al hallarla repugnante. Pero el enano acogió a la niña con visibles muestras de júbilo, la colocó en su carretón y se alejó canturreando:
He hallado la más bella flor,

del jardín de mi ilusión.

La princesita lloraba inconsolable su triste destino y, a su paso, hasta las piedras se conmovían.
Tras de avanzar largo tiempo, el enano detuvo su carro ante una rústica cabaña. Luego, le gritó a la doncella:
— Baja, cariño mío, que ya estamos en casa.
La niña, siempre sollozando, descendió del vehículo. El enano le dio un poco de pan negro y luego la hizo echarse sobre un sucio y maloliente colchón de paja.
— Duerme, preciosa; mañana estarás más tranquila —le dijo el hombrecillo, y la princesita, muerta de fatiga, cayó en un profundo sueño.
Al día siguiente, cuando los rayos del sol iluminaron la vivienda, vio, al despertar, que estaba acostaba en un maravilloso lecho. Bellísimas doncellas le trajeron ropa blanca y un bonito traje. Luego, la condujeron a una amplia sala, donde un apuesto joven la esperaba.
— ¿Quién eres? —le preguntó ella, sonrojada de emoción y de asombro.
— Soy el rey del País de las Flores. ¿Te gusta mi reino?
Quiero que seas mi esposa.
La princesa no se atrevió a responder, pero conducida del brazo por el joven, llegó hasta el comedor, donde fue invitada a sentarse ante una mesa llena de manjares. Como la jovencita no pudo probar bocado alguno, el rey le dijo:
— Comprendo tu sorpresa. Ven conmigo a mi huerto.
Del brazo del joven, la princesa llegó a un huerto lleno de árboles frutales. Al pasar al lado de un viñedo, los apetitosos y rosados racimos dijeron:
— Cómenos, bellísima princesa. Estamos listos para regalar tu fino paladar.
Y al pasar frente al árbol cargado de melocotones, éstos le sonreían complacientes. Finalmente, cuando se detuvo al lado del cerezo, sus frutos, rojos y relucientes, comenzaron a tintinear como campanitas de plata.
El simpático rey, al ver que la princesa no salía de su asombro, le habló así:
— ¿Ves? Lo que tu padre no pudo darte, te lo doy yo.
Pero también te entrego algo más valioso: mi corazón que late de amor por ti. Un mago perverso me condenó a ser un repelente enano, hasta que una noble niña hubiese expresado el deseo de obtener las uvas que hablan, los melocotones que sonríen y las cerezas que tintineen. Eres, pues, mi libertadora y mereces mi gratitud y cariño. ¿Quieres ahora casarte conmigo?
— Sí, quiero casarme contigo, porque eres bueno y veo que me amas —dijo la princesa, tendiendo al joven sus manos.
Los dos prometidos fueron a visitar al rey, padre de la niña, para anunciarle su boda.
Y ya podemos imaginarnos la enorme felicidad que bullía en el corazón del viejo monarca, al ver que su hija predilecta era también feliz, inmensamente feliz.
Del folclore Ruso
La Paz, 28 de Septiembre del 2013
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