Los Duendecillos

Girilo era un zapatero muy pobre, que pasaba su vida trabajando de sol a sol sin poder salir de su miseria.


Cuando no le quedó cuero para hacer un par de zapatos, ni dinero para comprarlo, salió a la calle a ver qué se podía hacer. Caminando llegó a la orilla de un río, y entonces, oyó una vocecilla que parecía muy angustiada.

Vio que en las aguas había un pequeño ser en trance de ahogarse y moviendo desesperadamente sus bracitos.

Cirilo se lanzó al río y salvó al que se ahogaba, que resultó ser un duendecillo. Éste, al verse a salvo, echó a correr y se metió en el bosque, sin dar las debidas gracias.

El zapatero regresó a su casa, comió unos mendrugos y una cebolla, que era lo único que había en la despensa. Luego se fue a acostar, encomendándose a la Divina Bondad.

Cuál no sería la sorpresa de Cirilo cuando, a la mañana siguiente, al ir, como de costumbre, a la pequeña habitación donde tenía su taller, se encontró con un hermoso par de zapatos hechos, un gran trozo de cuero y otro de piel fina.

Llamó a su mujer y ésta quedó también perpleja. Cirilo se puso a trabajar más contento que nunca. Vino primero un comprador, que adquirió los hermosos zapatos; y luego otro, que le encargó un par de botas, con lo que aquel día el zapatero y su mujer fueron muy felices y se acostaron dando gracias a Dios.

Cuando, a la mañana siguiente, entró Cirilo en su pequeño taller para hacer las botas encargadas, otra nueva sorpresa le aguardaba. ¡Las botas ya estaban hechas y no sólo un par, sino dos pares flamantes y relucientes!

Sin embargo, el zapatero se sentó a trabajar, como de costumbre. Pero aquella noche él y su mujer permanecieron en vela, para ver si lograban desentrañar aquel misterio.

Pasó mucho tiempo, y ya casi los vencía el sueño, cuando vieron entrar en el taller una partida de duendecillos que, sacando unos martillos microscópicos, empezaron a trabajar.

El zapatero y su mujer, que los habían estado mirando por la puerta entreabierta, se decidieron a abrirla del todo para hablarles, pero los duendecillos, al oír el ruido, se escaparon por una ventana, dejando sobre la mesa un papelito, que decía: 

“Una buena acción no queda sin recompensa”. “De parte del duendecillo salvado del río y de sus compañeros agradecidos”.

— ¡Yo creo que volverán otra vez! —dijo la mujer—. Y yo también quiero ser agradecida. ¿Qué te parece si les hiciese unas caperuzas y unas capitas para el frío? ¡Eso! Se las pondremos como regalo de Navidad.

Hizo, en efecto, unas lindas caperuzas y unas capitas azules, y la noche de Navidad las colocó sobre la mesita del taller. Luego de haber cenado, el zapatero y su mujer dejaron entornada la puerta para ver lo que sucedía.

A eso de la medianoche, aparecieron los duendecillos con unos paquetes que pusieron sobre la mesita. Al ver las caperuzas y las capitas, se las pusieron riendo alborozados cantando bonitos villancicos.

El zapatero y su mujer también cantaron contagiados por aquella alegría. Pero los duendecillos, al oírlos, se volvieron a escapar por la ventana. Y al entrar los esposos al taller, abrieron los paquetes, hallando unos zapatos de raso con hebillas de diamantes y unas chinelas de terciopelo azul celeste adornadas con rubíes.

Cirilo regaló aquellos magníficos calzados al rey y la reina. Como retribución, el rey lo nombró zapatero real y de este modo ya nunca volvió a faltarle trabajo de calidad.

 
Publicado por: Ohslho
La Paz, 19 de febrero del 2015
Compartir con mis amig@s..!Share on Facebook0Share on Google+0Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn0Digg thisPin on Pinterest0Print this page