Los Dos Viejos

Un hombre, que había tenido noticias de que existía un pueblo cuyos habitantes eran más viejos que Matusalén, decidió ir a conocerlos.

Cuando paseaba por una de sus calles, vio en la puerta de una casita a un viejecito de más de cien años, el que lloraba a lágrima viva.

— ¿Por qué llora así? —le preguntó.

— Mi padre me ha dado una buena paliza —dijo el viejo.

— Pero, ¡cómo! ¿Vuestro padre vive aún?

— ¿Claro que sí! Si no lo crees, pasa adentro.

Pasó adentro y vio a un viejo, más viejo, más viejo aún que el que lloraba en la puerta. Preguntóle con todo respeto:

— Señor, ¿podría decirme por qué habéis pegado a vuestro hijo? Creo que por su edad, debería estar eximido de las zurras.

— Cierto, hijo mío. Pero le zurré al mocoso porque ha faltado a mi padre.

— ¡Dios santo! ¿Pero es que vuestro padre vive aún?

— ¡Ya lo creo! Pasa al jardín si deseas verlo cultivando sus flores, que cuida y quiere tanto.

Fue al jardín y encontró a un anciano en medio de bellas flores. Su cabeza parecía un ovillo de blanquísima lana.

— ¡Alabado sea Dios! —saludó el visitante—. Sin ofensa, quisiera saber qué edad habéis alcanzado.

El viejecito se alisó la blanca y luenga barba… Se veía, a las claras, que trataba de recordar con gran esfuerzo.

— Han pasado tantísimos años que, en verdad, no recuerdo.

Pero el cura que me bautizara, recordará con más facilidad…

— ¿Pero el cura que os bautizara vive aún?

— ¿Ya lo creo que vive! ¿Y por qué no?

El turista salió algo mareado de la casa de los tres ancianos y se dirigió a la casa del cura de la parroquia. Llamó a la puerta y salió a abrirle el mismo cura, a quien, después de saludar, le dijo.

— Pues… mirad padre… Yo vine a visitar este pueblo por su fama de tener hombres muy ancianos que aún trabajan.

— No solamente trabajan, sino que juegan al fútbol… Si queréis convenceros, id al campo de deportes y encontraréis dos equipos de viejos jugadores, entrenando.

— ¿Es cierto eso, padre?… ¿Y podríais decirme la edad que tenéis?

— ¡No tendría ningún inconveniente, hijo mío! Pero mi memoria ya falla y debo consultar con los libros de nacimiento.

Pero los libros están cerrados en un armario y las llaves se las ha llevado mi tía, que está sembrando papas en el campo.

— ¿Vuestra tía vive aún y trabaja?

— ¡Ya lo creo! Si deseas verla, el campo dista media legua de aquí.

Cuando llegó a la chacra, vio, en medio de otras ancianas una que parecía la bisabuela de Matusalén. Era tía del cura del pueblo. Tras saludarle atentamente, le preguntó:

— ¿Podría decirme, venerable anciana, qué edad tiene?

— Si tienes empeño en saberlo, puedes ir a la casa de mi anciana nodriza, quien estoy segura que se acordará —dijo la viejecita mostrando su desdentada boca.

El hombre se mesó los cabellos. ¿Es que jamás terminaría la cadena de personas a quienes preguntar. Pero no tuvo más que ir a la casa de la nodriza, mas ésta había ido a visitar a su madre.

La anciana nodriza salió y también nuestro amigo salió de este engorro, y nosotros de este verosímil cuento. ¿No lo creéis? Pues id al pueblo, a cuyos habitantes quizá encontraréis disputando un reñido partido de balompié…

 

Publicado por: Ohslho
La Paz, 04 de febrero 2015
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