La Tinaja Encantada

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Cuando un pobre labrador araba su campo, la reja del arado –que era de madera– tropezó contra un objeto duro y se rompió. Era una tinaja de barro, que el labrador llevó a su casa.
Le contó a su mujer la desgracia, pero ésta empezó a gritar y a insultarle, como si el pobre hombre tuviera la culpa de aquel accidente del arado.
El campesino se preparaba para ir al mercado, y al pasar delante de la tinaja, se le cayeron en ella unas monedas. Se agachó a recogerlas, y cuando lo hubo hecho, vio que en el fondo había otro puñado de monedas exactamente igual. Sacó ese puñado de monedas y comprobó que quedaba otro igual. Así comprendió que la tinaja estaba encantada y que su encantamiento consistía en volver a tener lo mismo que se sacaba de ella. De este modo el labrador se hizo rico. Ordenó a su mujer que no contara a nadie lo sucedido, y la mujer juró guardar silencio.
Pero ella, confirmando el proverbio oriental que dice; “Si no quieres que todos sepan un secreto, no se lo cuentes a tu mujer”, refirió a una amiga íntima lo sucedido, rogándole que no lo dijera a nadie. Esta amiga se lo contó a otra con el mismo oficioso encargo, y así, en cadena, el secreto ya no fue tal, sino una noticia.
De esta manera, lo supo el dueño de la finca vecina y le entabló pleito al labrador, alegando que la tinaja había sido hallada en sus terrenos. El juez oyó a las dos partes y, habiéndose enterado del prodigio de la tinaja, confiscó el objeto del litigio y despidió a los dos litigantes.
El labrador y su vecino anduvieron por todo el pueblo, quejándose amargamente de la codicia del juez. En esto, el padre del magistrado, al regresar del campo, oyó lo que decían las gentes de su hijo. Fue a buscarlo y le increpó duramente su conducta, diciéndole que no comprendía cómo por una miserable tinaja de barro, echaba por los suelos su honra y su fama. Entonces, el juez le contestó:
– Es que no se trata de una tinaja cualquiera. Ven y lo verás.
Y llevó a su padre ante la tinaja, cuyas propiedades milagrosas explicó. Pero apenas había terminado de decirlo, el padre estaba inclinado sobre la tinaja, echando en ella un puñado de monedas y sacando monedas a puñados.
Más, en su afán ambicioso, el viejo perdió el equilibrio y se cayó dentro de la tinaja. Acudió el hijo a sacar a su padre, como era su deber, pero cuando lo hubo sacado, vio dentro a otro anciano exactamente igual a su padre. Lo sacó también, y al punto apareció dentro un tercer padre, a quien el juez tuvo que sacar igualmente. No bien estuvo afuera este tercer padre, cuando ya era un cuarto padre se agitaba quejumbroso en el fondo de la tinaja.
Y el mal juez, desesperado, tuvo que pasarse la vida sacando y sacando padres de la tinaja, porque no era sensato que incumpliera sus deberes de buen hijo…
La Paz, 21 de Diciembre del 2008
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