La Sabia Ignorancia Socrática

A tempranas horas de la mañana, con un fervor apasionado, el joven Querefonte golpeó secamente la puerta de la casa del maestro.
Sócrates abrió la puerta y vio al joven, que era algo tímido y apocado, demasiado jovial y chispeante. Preguntó:
– ¿Qué sucede contigo?
Querefonte clavó los ojos en los del viejo, gesticulando y balbuceando, se quedó callado. Entonces Sócrates insistió:
– ¡Vamos muchacho! ¿Qué es lo que sucede? ¡Habla de una vez por todas!
El joven, completamente atolondrado, pareció caer en razón, y dejándose caer sobre el marco de la puerta, y aún jadeando, sollozó:
– ¡Sócrates! ¡He ido a Delfos! ¡He ido al oráculo a consultar a la Pitia y me ha dicho algo increíble!
El anciano asintió:
– Me alegro por ti. Pero, ¿a qué viene esa euforia que traes contigo? ¿Qué puede haberte dicho la Pitia que sea tan auspicioso? ¿Harás un viaje? ¿Recibirás una herencia?
Y el muchacho contestó:
– ¡No, Sócrates, no es eso!
Siguió el Maestro:
– ¿Y entonces qué? ¿Has conocido a alguna hermosa muchacha que estás tan contento? ¿O es que por ventura has tomado vino puro a estas horas?
El muchacho, negando afanosamente con la cabeza, alzó lentamente la cabeza. Luego, cayendo en razón, miró el dulce rostro del anciano y tragándose la saliva para apaciguar sus nervios, dijo:
– ¡He ido a Delfos, Sócrates, a preguntar a los dioses quién es el hombre más sabio de toda la Hélade…! ¡Y me ha dicho que tú lo eres…! 
El sabio parpadeó algo aturdido, y se dijo: ¿Yo, el hombre más sabio entre todos los griegos? Y, no obstante, pensó que era una broma o un desajuste del joven. Luego emitió:
– ¿Qué osadías son esas mi buen Querefonte? ¿Desde cuándo importunas a los dioses con esa clase de asuntos? ¡Vamos, dime! ¿Por qué aturdes a los dioses con tu descarada curiosidad?
El joven, mirándole boquiabierto, algo tieso ante la reacción del viejo, tartamudeó:
– ¡Pero Sócrates, por todos los dioses! Creí que semejante anuncio te agradaría. ¿Qué mayor regocijo que saberse el hombre más sabio en toda la Hélade?
Y Sócrates, bajando la cabeza y cerrando los ojos, exclamó:
– ¡Ay de la inexperiencia de los jóvenes, ay de su consabida inmaduréz! Lo que dices no es motivo de júbilo, aunque entiendo que tú lo consideres así. Pero piensa que para un viejo como yo, semejante anuncio no es más que una carga.
Querefonte, sintiéndose casi desencantado, balbuceó:
– ¡Pero Sócrates! ¿Me has escuchado bien? He dicho que los dioses… ¿No te importa la sentencia del Oráculo?
Sócrates replicó:
– ¡No he dicho que no me importa! Pero creo que a veces la Pitia se equivoca.
Querefonte contestó:
– ¿Cómo dices? ¡Son los dioses que hablan a través de ella!
Entonces Sócrates respondió:
– Es cierto. Pero no he dicho que los dioses se equivocan. Lo que creo es que en algunas ocasiones los sacerdotes y augures que interpretan el mensaje pueden hacerlo de un modo antojadizo. 
Dicho esto se acercó más a Querefonte, y palmeando el hombro del joven, agregó: 
– Y ahora, mi buen Querefonte, olvida toda esa cuestión y vete a casa. De seguro que tendrás mejores cosas en qué ocuparte.
El muchacho, soltando una rechifla, murmuró:
– ¡Viejo desquiciado!
Y se marchó en dirección del Ágora.
Rato después, un aura de especial manifestación cubrió a Sócrates. Entonces el sabio preguntó:
– ¿Quién eres?
Contestó la sombra:
– Soy el dios.
Y cuestionó Sócrates:
– ¿El dios? Pero, ¿qué haces aquí? ¿Por qué te presentas ante mí a esta hora?
Entonces la sombra anunció:
– Te he elegido, Sócrates. Estoy aquí para anunciarte una misión entre los mortales.
El hombre contestó:
– ¿Una misión? ¿Qué clase de misión?
El dios contestó:
– Sí, una misión. Una misión que consiste en purgar el espíritu de los hombres. Habrás de visitar todos los sitios públicos, recorrer calles, casas, barrios; hablarás con políticos, jóvenes, viejos, labradores, esclavos, libres, extranjeros y conciudadanos. Hablarás con ellos sin hacer caso al frío, al hambre, al calor, a la fatiga, y desnudarás sus almas para que ellos, por tu intermedio, se descubran a sí mismos.
Sócrates murmuró:
– ¿He oído bien? ¿Tú, el dios, apareces ante mí para encomendarme semejante misión?
La sombra afirmó:
– Sí, Sócrates. Así es.
El sabio replicó:
– Me pides algo que no puedo hacer. Apenas soy un viejo ignorante y hosco, un anciano cuyo saber no es nada.
El dios sentenció:
– No he dicho que fuera sencillo tal misión. No estoy aquí para concederte un don, sino para imponerte un deber inexorable que tendrás que cumplir.
Sócrates objetó: 
– ¿Y por qué yo, precisamente?
Contestó la sombra:
– Porque yo te elegí. Como ves: unos son zapateros, otros costureros, otros artesanos. Tú, Sócrates, has sido puesto sobre esta ciudad para andar por las calles, para ir de casa en casa persuadiendo a los atenienses de no preocuparse por sus fortunas, sino antes bien de atender al cuidado de sus almas.
Sócrates se quedó en silencio y se apoderó de él una infinita oscuridad. Luego escuchó cómo su corazón latía por la invasión de la duda. En ese momento, de nuevo, se escuchó la voz del dios, que continuó diciendo:
– Tú, Sócrates, como una antorcha, cuya luz se derramará sobre el espíritu de los hombres y no instruirás a nadie en los secretos de la poesía, la retórica y la gramática.
Sócrates discrepó y preguntó:
– No comprendo. ¿Qué habré de enseñar entonces?
El dios contestó:
– Tu tarea no será enseñar, sino la de hacer que cada hombre, cada mortal, se convierta en maestro de sí mismo. 
Entonces Sócrates cuestionó:
– Dime, ¿Por qué me encomiendas ese ingrato deber?
El dios contestó:
– Porque los mortales, Sócrates, han olvidado la obligación de pensar y conocerse a sí mismos.
Dicho esto, un aura sutil cubrió al sabio y la sombra se desvaneció poco a poco, calladamente. Y entonces, Sócrates, algo obnubilado aún, salió a caminar por las sombrías calles de Atenas.
Esta historieta conserva viva y pura la reverencia de la humanidad a Sócrates, cuyas frases paradigmáticas son: ‘solo sé que nada sé’, porque él se sabía como el único hombre que sabía que no sabe nada; y el ‘cónócete a tí mismo’, el imperativo del Pórtico de Delfos, como lo básico para que cada mortal sea maestro de sí mismo. 
 
 
Ohslho
La Paz, 30 de junio del 2012
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