La Rama de la Felicidad

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En una ciudad vivía un hombre que hacía mangos de paraguas. Sin embargo, lo que ganaba no alcanzaba para alimentar a su mujer y a sus hijos.
Tenían en la casa un pequeño huertecillo que apenas producía alguna que otra hortaliza. Pero en medio de este huerto había un hermoso peral, que solo tenía follaje y estatura, y no producía frutos.
– ¡Qué mala suerte tengo! –se lamentaba, continuamente el pobre hombre.
Una noche sopló un viento fuerte y quebró una de las ramas del peral. El hombre llevó la rama a su taller y distraídamente confeccionó, con ella, unas pequeñas y primorosas peritas para que jugaran sus hijos. La mujer celebró la ocurrencia y exclamó:
– ¡Ahora ya no diremos que el peral del huerto no nos ha dado fruto alguno…!
Al cabo de unos días, nuestro hombre tenía que enviar a la ciudad una partida de paraguas. Y ocurrió que, aquel padre, suprimiendo el botón de la cintilla que sujeta los paraguas, añadió una de las peras que había hecho para juguete de sus hijos.
Esto, sin duda, significó una revolucionaria innovación, no solo en el estilo sino también en el uso del paraguas. Sin embargo el comerciante que recibió los paraguas se extrañó mucho de ese cambio y hasta se molestó un poco. Más, cuando puso a la venta los paraguas, observó que gustó mucho a la gente. Y, sin demora alguna, hizo un nuevo pedido pero, esta vez, con la perita incluida.
Y la moda se extendió tanto que, pronto, se comenzaron a pedir desde la China y otros países lejanos. Fue tanto la cantidad de peritas que debían ser fabricados que tuvo que instalar un taller más grande, con muchos obreros trabajando. Así, el hombre se hizo inmensamente rico.
Un día, uno de sus hijos, viendo que faltaba madera para fabricar las dichosas peritas, se propuso cortar el peral que no sabía dar peras. El padre, instándole, dijo:
– No lo cortes, hijo mío. En ese peral, aunque improductivo, está escondida nuestra felicidad. Si el viento no llega a romper una de sus ramas, a mi no se me hubiera ocurrido hacer con su madera esas peritas de juguete, y jamás hubiéramos salido de la miseria  en que vivíamos.
El hijo, convencido de las palabras de su padre, ayudó a su padre en la construcción de una hermosa mansión para toda la familia. Asimismo, el pequeño huerto, fue llenado de exóticas y perfumadas flores rodeando el famoso peral. Y todas las mañanas, antes de dirigirse a su fábrica, solía inclinarse delante del peral para decirle:
– ¡Ah, picarón, eres tú quien tenía guardada mi felicidad! ¡Y yo que creía que no servías para nada!
El buen hombre expresaba de este modo su gratitud al árbol que, no obstante haber sido improductivo, le había proporcionado lo que más anhelaba el hombre: ¡la felicidad!
Si estás buscando el significado de la felicidad, en esto y aquello, no la encontrarás porque la felicidad no es un objeto ni una idea. Es más, la felicidad no existe. Solo existen personas felices como personas infelices. Las personas felices tienen  momentos felices que les regala la vida. Esos momentos hacen la felicidad. Por tanto, estés donde estés, ¡sé feliz, ahora! Pero no rechaces la infelicidad, porque ella es la aurora del momento feliz.
Ohslho
La Paz, 02 de julio del 2012
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