La Niña de Nieve

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En una rústica vivienda, al pie de una nevada montaña vivían dos viejecitos.

Un día, el viejo Tomás, entrando a la cabaña con un haz de leña, dijo a su esposa que estaba muy triste:

— Sal, mi querida Julia y verás qué gracioso muñeco de nieve han hecho los niños.

Los dos viejos se rieron mucho al ver al muñeco, tan barrigudo y expresivo.

— Estos niños son el mismísimo diablo —dijo el abuelo, aún con la sonrisa en los labios.

— Hagamos nosotros otro muñequito —invitó Julia a su marido—. ¿No ves que de viejos volvemos a ser chiquillos?

Fueron los dos viejecitos a la entrada del bosque y empezaron a amontonar nieve sobre nieve, hasta darle la forma humana como si fueran renombrados escultores.

Cuando concluyeron su obra maestra, los dos ancianos se pusieron a bailar alrededor del muñeco. De pronto, detuvieron su alegre danza para mirar con asombro a su muñeco.

Éste se transformaba, pues le nacieron dos grandes y expresivos ojos azules. La cara se puso rosada, los labios color de grana y le crecieron sedosos y rubios cabellos en la cabeza; y su cuerpo se fue cubriendo con un hermoso vestido encarnado.

El tosco muñeco de nieve se había convertido en una preciosa chiquilla. Tomás y Julia creyeron que estaban soñando; pero no, la niña se movía y les tendía los brazos.

Ellos la acogieron en sus brazos y sintieron el tibio calor de su cuerpo. Luego, la besaron tiernamente, como se besa a un hijo y la condujeron a la cabaña.

Julia echó a la niña en la cama y le comenzó a cantar una dulce canción. Puso a secar su traje en la chimenea y dejó sus lindos zapatitos blancos junto al fuego. Finalmente, los viejecitos se fueron a acostar.

— ¡Ya tenemos una niña, Julia! —dijo, muy bajito, el viejo a su esposa—. Hay que cuidarla muy bien. Se llamará “Nieves”, ya que de la nieve ha nacido.

Al día siguiente, despertaron con cierto temor, pensando que quizá todo era un sueño; pero no, la niña estaba allí, sonriente y luminosa como un ángel. Y los viejos la vieron jugar con los otros niños y se sintieron felices.

Pasó un tiempo y la tierra se cubría de verde porque el invierno se iba. Una mañana, el abuelo observó que la niña se levantó muy pálida.

— ¿Te sientes mal, hijita? —le preguntó, con la inquietud temblando en los ojos.

— Me falta la nieve y creo que me muero —dijo la niña.

El cariñoso anciano llevó, al día siguiente, a la niña hasta la cumbre de la montaña, para que jugara con la nieve que allí abundaba. Pasó otro día y “Nieves” dijo a los viejecitos:

— ¡Ay, abuelitos! Siento que se me deshace el corazón al respirar aire tan tibio. ¡Quiero estar en la nieve!

El viejo llevó a la niña a la cumbre de la alta montaña. De pronto, la pequeña desfalleció. Un tibio rayo de sol hirió su cuerpecito y siguió hiriéndolo, como si fuera una espada. La niña cerró sus inmensos ojos azules y su cuerpo empezó a gotear, como si sudara.

El anciano la tomó en sus brazos y sintió que “Nieves” se estaba deshaciendo. La estrechó más fuerte para darle el calor de su cuerpo, pero todo fue inútil. Sólo había quedado sobre la hierba, un charquito de agua.

El viejo Tomás se santiguó y, con los ojos llenos de lágrimas y cabizbajo, retornó a la cabaña.

— ¡Nos hemos quedado sin niña! —le anunció, tristemente, a su mujer.

Y los dos viejecitos, abrazados fuertemente, lloraron su soledad en silencio.

 

Autor: Anónimo
La Paz, 04 de Enero del 2014
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