La Indiferencia

Khishka fue un venerable maestro de cuantos a él acudían. Sus ojos irradiaban un destello de paz y un aura de alegría solía rodear su entorno.
Al atardecer de un día, un tal Eliosh, que tenía que rendir una de las últimas pruebas para consagrarse como su discípulo pleno y derecho, fue donde Khishka y, éste, ordenó la siguiente prueba:
– Ve al cementerio y comienza allí a gritar toda clase de glorias y halagos a los muertos.
Eliosh fue apresuradamente al cementerio más cercano y, solo pudiendo hallar un silencio absoluto,  gritó:
– ¡Dichosos vosotros que ya descansáis! No tenéis que preocuparos de las cosas de nosotros, los vivos. ¡Descansad en paz! ¡Y toda la gloria y honor que os tributo, sea para vosotros motivo de regocijo allí donde os encontréis! ¡Yo os estimo, os admiro, y os alabo donde vaya porque os lo merecéis!
Pero, solo se escuchó un silencio absoluto. Y entonces regresó junto a Khishka, quien preguntó:
– ¿Qué te respondieron los muertos a quienes ofreciste glorias y halagos?
Eliosh contestó:
– Nada, solo pude escuchar un silencio sepulcral.
Khishka replicó:
– Si así fue, ahora ve al mismo cementerio y lanza toda suerte de insultos e improperios contra los muertos.
Eliosh, obediente con el maestro, fue al cementerio e insultó a los muertos como se le venía en gana. Pero, ningún muerto reaccionó. Solo se escuchó el mugir de un silencio absoluto. Entonces regresó donde el maestro, y éste preguntó:
– ¿Cómo reaccionaron los muertos a tus insultos?
El discípulo contestó, una vez más:
– Nada.
Y Khishka Concluyó:
– Si quieres ser mi discípulo debes ser como los muertos, indiferentes a los halagos e insultos de otros. Ahora ve y aprende la virtud de un muerto.
La indiferencia a los halagos e insultos de otros es el requisito primordial para escalar las alturas más sublimes del alma.
Ohslho
La Paz, 03 de julio del 2012
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