La Hija del Mar

Hubo una pobre viuda que vivía con su pequeña hija en un pueblecito de pescadores. La madre se dedicaba a coser redes, mientras que la hija iba a la playa a
esperar a los hombres de mar, los que, como la querían mucho, siempre le obsequiaban algunos pescados.

Un día en que, como de costumbre, la niña fue a la playa, encontró el mar tan alborotado que ningún bote había salido a pescar, por lo que se apenó pensando que no podría ayudar a su madre llevándole unos pescados.
Sentada sobre una roca a la orilla del mar vio, de pronto, un bulto que era arrastrado por las aguas hacia la playa, la niña se metió en el agua para sacarlo, pero como pesaba mucho, corrió a casa para dar aviso a su mamá.
Madre e hija volvieron a la orilla y entre las dos sacaron el bulto, lo abrieron llenas de ansiedad y, con gran sorpresa, advirtieron el llanto de una criatura, que,
envuelta en tela impermeable, se encontraba dentro del atado.
La viuda exclamó:
¡Ay, hija mía! No teníamos alimento para las dos, y ahora resulta que somos tres.
La niña contestó:
No te desalientes, mamá. Dios es tan bueno, que confío que no nos faltará el sustento. Pobre niñita, ha corrido un gran peligro, y ya que le ha tocado la suerte de venir a nuestro lado, tengámosla con nosotras.
Tanto entusiasmo y bondad puso en sus palabras que convenció a la madre para que se resignase a aceptar una hija más. Y así fue creciendo la niña, alegrando aquella modesta vivienda, en la cual, si era cierto que había estrecheces, en cambio un gran cariño unía a las tres.
Cerca de la aldea había un hermoso castillo que, de ordinario, solía estar deshabitado; pero un día, al despertar los vecinos de aquel poblado de pescadores, vieron puertas y ventanas abiertas, con señales evidentes de que alguien lo había ocupado; mas, nadie sabía cómo ni cuándo había llegado el ocupante. Hasta que uno de los criados del castillo bajó al pueblo en pos de alimentos y dio la casualidad que, hallando a la hija de la viuda en su camino, le dijo:
¿Conoces alguna muchacha en el pueblo que quiera ir al castillo para servir de doncella a mi ama?
Ella dijo:
Si creéis que yo pueda servir, iría con mucho gusto. De esta manera podré ayudar a mi madre.
El criado replicó:
¡Magnífico! Vamos al castillo y estoy seguro que agradarás a mi señora.
Subieron al castillo y, tal como el criado predijo, la señora halló a la joven muy de su agrado. La tomó a su servicio y fue tal el comportamiento y simpatía que despertó la hija de la viuda, que deseaba tenerla a su lado todo el día.
Un buen día, la señora preguntó a su doncella quién era su familia, y ésta explicó que eran ella, su madre viuda y una niñita que, envuelta en una tela impermeable, había arrojado el mar un día. Al oír esto, la señora dio un grito de alegría tal que la doncella se quedó perpleja. L señora exclamó:
— ¿Será posible tanta ventura? Esa niña es mi hija, pues navegando en el barco de mi esposo, del cual era su capitán, nos sorprendió una tempestad tan fuerte, que mi marido nos puso en un bote salvavidas y él se quedó en el navío intentando salvarlo; pero se hundió con él.
Como el temporal arreciaba, envolví a la niña en una tela impermeable y la arrojé al mar. Cuando estaba ya a punto de ahogarme, tuve la suerte de que un barco me salvara. A mi hijita le puse una medalla para reconocerla si subsistía. La niña que salvasteis ¿tenía una medalla?
La muchacha afirmó, enseñándole:
— ¡Sí, señora, llevaba consigo una medalla! A propósito, ¡aquí está! 
La afortunada señora lo reconoció como el auténtico, y desde entonces vivieron todas en el castillo, acabándose de esta manera las estrecheces de la pobre familia.
 
 
La Paz, 05 de Septiembre del 2012
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