La Flor de Lilolá

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Hubo un rey y una reina que tenían tres hijos varones. El soberano iba perdiendo la vista, pero, ninguno de los médicos del reino pudo curarlo. Más, un día llegó un extranjero que vio al rey y le dijo que sólo lo curaría con la flor de Lilolá.

Entonces el hijo mayor montó a caballo y salió en pos de la maravillosa flor. Al cabo de un tiempo, el joven vio una casita en medio del campo. Llamó y salió una viejecita, que le dijo:

— ¿A dónde vas por estos parajes llenos de fieras?

— ¡Voy de paseo! —contestó el joven.

— Anda con Dios, hijo —dijo la anciana, que era la Virgen.

El joven caminó mucho y no veía más que montes, sin hallar una flor. Al cabo de mucho tiempo, se perdió. Su padre, viendo que tanto tardaba, se entristeció. Y el hijo segundo decidió salir en pos de su hermano. Salió con su caballo, halló a la viejecita y le ocurrió como a su hermano mayor, a quien encontró, al fin. Los dos juntos no hacían más que tomar y dejar caminos, perdiéndose en todos.

Como tardaban tanto, el menor salió en busca de la flor de Lilolá y de sus hermanos. Llegó a la misma casita de la viejecita y ésta le dijo:

— ¿Dónde vas por estos caminos tan malos?

— ¡Ay, buena mujer! ¿No ha visto usted pasar a mis hermanos, que buscan la flor de Lilolá para curar a mi padre, que se está quedando ciego? —preguntó el joven príncipe.

— Hijo mío, tus hermanos son muy malos y siguen caminando sin encontrar la flor de Lilolá. Pero escucha, pues tú eres bueno: mira aquel monte, sube y, tras de una roca blanca, encontrarás la flor que buscas.

El joven fue corriendo y, tras la roca blanca, encontró la flor de lilolá. Cogió dos flores, se puso una en cada bolsillo, y al volver, muy contento, vio venir caballos con dos hombres, que eran sus hermanos.

— He hallado la flor de lilolá —les dijo, muy contento.

— ¿A ver? —inquirió el mayor.

— Mirad —dijo el joven, y sacó de su bolsillo la flor.

El mayor, lleno de envidia, interrogó:

— ¿Crees tú que serás el heredero?

Y los dos hermanos mayores le arrebataron la flor, lo mataron y enterraron bajo la arena que había junto a un río.

Llegaron a palacio y al preguntar el padre por el menor dijeron que no sabían nada de él. El rey cogió la flor de lilolá, se la pasó por los ojos y recuperó la vista.

Pero sucedió que, en el sitio donde enterraron al menor, surgió un cañaveral. Y al pasar un pastor con sus ovejas, vio moverse una caña plateada. La cogió, se hizo una flauta y se la llevó a los labios. Al instante, la flauta comenzó a cantar:
Pastorcito, pastorcito,
no me toques ni me dejes de tocar;
mis hermanos me enterraron
en la arena,
por la flor de lilolá.

El pastor se llevó la fruta maravillosa para irla enseñando por los pueblos. Así anduvo por muchos sitios ganando dinero, hasta que llegó a oídos del rey, quien mandó que el pastor fuese a palacio. Tocó la flauta el pastor y la flauta cantó lo mismo de siempre. Entonces el soberano quiso tocarla. Se la llevó a la boca y oyó cantar:

Padre mío,
no me toques ni me dejes de tocar
mis hermanos me mataron
y en la arena me enterraron,
por la flor de lilolá.

El rey mandó llamar a la reina y le dijo que soplase la flauta. Al instante, la flauta comenzó a cantar:

Madrecita, madrecita,
no me toques ni me dejes de tocar;
mis hermanos me enterraron
en la arena,
por la flor de lilolá.

El rey hizo llamar al hijo mayor y le mandó que tocase la flauta. Se negó, pero el monarca lo obligó. Tocó la flauta y ésta cantó:

Hermano, mal hermano,no me toques ni me dejes de tocar;me mataste tú y el otro,por la flor de lilolá.

Tocó el segundo hijo, y la flauta volvió a cantar:
Hermano, mal hermano,
no me toques ni me dejes de tocar;
me mataste tú y el otro,
por la flor de lilolá.

El rey mandó al pastor que le enseñase el sitio donde cortó la caña. Apenas llegados, apareció la viejecita que era la Virgen, y les dijo:

— Cavad ahí —y señaló el sitio.

Cavaron donde salió la caña y encontraron al menor debajo de la arena, vivo y sano. Como le había quedado una flor en el bolsillo, no podía morir, aunque hubiera estado mil años enterrado.

El rey volvió a palacio con su hijo menor y decidido a hacer degollar a sus malvados hijos mayores pero aquél le rogó tanto que los perdonara, que el padre accediera, por lo que mandó encerrarles en un castillo, por el resto de sus días.

Entregó su corona al hijo menor, que llegó a ser un rey de los más buenos, justo y generoso. 
Del Folclore Español
La Paz, 14 de Agosto del 2013
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