La Criadita de la Virgen María

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Mientras Jerusalén recobraba su habitual sosiego después de la celebración de la Pascua, en sus extramuros una pastorcita cuidaba unas ovejas.
Sentada bajo un añoso olivo, se disponía a comer observada por su perrito, cuando éste, de pronto, levantó las orejas y comenzó a mover cariñosamente su cola.
La actitud del perrito se debía a que un niño se dirigía hacia ella. Cuando aquél estuvo cerca, se quedó mirándola.
— ¿Cómo te llamas y de dónde eres? —le preguntó la niña.
— Me llamo Jesús y soy de Nazaret —dijo el niño— ¿Y tú?
— Yo me llamo Noemí y soy de Jerusalén —respondió ella —. Soy huérfana y vivo con una tía inválida, ¿sabes? Y tú, ¿tienes padres?
— Sí. Mi Madre se llama María y mi padre José, y es carpintero.
— ¿Y por qué no estás con tus padres?
— Ellos se fueron de viaje de retorno, pero yo me quedé aquí, en la casa de mi Padre.
— ¿Tu padre tiene casa en este lugar?
— Niña —dijo Jesús muy serio—, ¿acaso el templo no es la casa de nuestro Padre?
— Es verdad —dijo Noemí—. ¿Y qué has hecho tanto tiempo en el templo?
— Pues orar y hablar con los doctores.
— ¿Y te has atrevido? Debes saber mucho…
— Regular no más.
— Yo nunca fui a la escuela —replicó la niña—.
— Yo tampoco —dijo Jesús—, pero me ha enseñado mucho mi Madre.
Y la niña, ante el recuerdo de su madrecita muerta, se puso a llorar. Más, el Niño la consoló:
— No llores, Noemí. Bienaventurados son los que lloran, porque serán consolados. ¿Y tú no has ido al templo?
— Sí. ¿Y sabes lo que he pedido a Dios?
— No. Dímelo, amiguita.
— Pues le he pedido tres cosas: Una, que mejore mi tía, porque sufre en cama; otra, que no se muera ninguna ovejita; y la otra…
— Y la otra, ¿cuál es, Noemí? —preguntó Jesús.
— Pues he pedido a Dios que me deje ver al Mesías y sea yo la criadita de la Virgen, su linda Madre.
— Pues, en verdad te digo, se cumplirá tu deseo, porque el que busca encuentra y el que pide recibe…
— ¡Qué bien hablas y qué hermosas palabras dices!
Como ya se ocultaba el sol tras las montañas, el Niño se despidió de la pastorcita, diciéndole:
— Adiós, Noemí. No me olvides, que yo siempre he de recordarte.
— Adiós, amiguito. ¿Volverás nuevamente por la fiesta?
— Desde luego, regresaré.
Pasaron los años y Jesús era ya un hombre, y la pastorcita Noemí, una verdadera mujer.
Un día, Jesús se despidió de su Madre y le dijo que iba a buscar la oveja perdida de Israel.
María se quedó sola, pero, al día siguiente, tocó sus puertas, Noemí, la bella y sufrida pastorcita de Jerusalén, y se quedó en la casa de la Madre de Jesús haciéndole compañía.
Las gentes llamaban a esa hermosa y dulce joven “La Criadita de la Virgen”. Esto le encantaba a Noemí, y se sentía satisfecha y feliz de ayudar en sus quehaceres a la Madre de Dios.
Autor: Anónimo
Publicado en: La Paz, 17 de Abril del 2014
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