La Cosa Más Preciosa del Mundo

Hubo, una vez, una dama orgullosa y cruel, que era dueña de una gran flota de navíos. Llamó, un día, a uno de sus capitanes y le dijo:

— Capitán, zarpe y búsqueme un gran cargamento de la cosa más preciosa del mundo.

— ¿Qué es lo que desea, señora? —Preguntó el capitán.

— Capitán, ya te he dado mis órdenes. Sólo hay una cosa que es la más preciosa de todas y vaya a buscarla.

El hombre levó anclas, y en altamar llamó a sus oficiales para consultarles acerca de cuál era la cosa más preciosa del mundo. Un oficial opinó:

— La cosa más preciosa del mundo es el oro.

— ¡Oh, no, mi capitán! —Dijo otro oficial—. Las piedras preciosas son las cosas más preciosas del mundo.

— La cosa más preciosa del mundo es el trigo —afirmó otro oficial—, pues con él se hace el pan, y el pan es el alimento universal de todo ser humano.

Al capitán le pareció acertada esta opinión y ordenó enfilar proa hacia un país que producía excelente trigo. Una vez llenas las bodegas del barco, emprendió el regreso.

Como la orgullosa dama había anunciado a sus amistades que pronto arribaría su barco con un gran cargamento de la cosa más preciosa del mundo, naturalmente, esperaban ansiosas el retorno del navío. Cuando arribó éste, el capitán se presentó a la dama y le dijo con énfasis:

— ¡Señora, le traigo un gran cargamento del más hermoso trigo del mundo!

— ¡Cómo! — le reprochó la dama—. ¿Un cargamento de trigo? ¡He pedido la cosa más preciosa del mundo y me trae una cosa tan vulgar como el trigo!

— Perdón, señora —replicó el capitán—. El trigo no es cosa vulgar. Con él se hace el pan, y el pan, señora, es muy indispensable.

— ¡Tonto! ¡Vaya al puerto y arroje el trigo al mar! —exclamó la caprichosa dama.

—Si no quiere este buen trigo, señora, obséquiela a los pobres para que sacien su hambre.

Como la dama se mostraba terca en su absurda orden, el capitán aleccionó a los pobres para que fueran al puerto a pedirle a su patrona el obsequio del trigo. Minutos después, todos los pobres de la ciudad estaban reunidos en el muelle.

La dama llegó y preguntó:

— ¡Capitán! ¿Ha cumplido mis órdenes?

— Todavía no, señora.

— ¡Obedezca, entonces! ¡Eche al mar todo el trigo!

— Señora, vea a todos estos pobres. ¡Tienen hambre!

— ¡Oh, sí, señora! ¡Tenemos hambre! —gritaron ellos.

Pero la insensible dama hizo echar al mar todo el trigo ante la estupefacción de los pobres.

— ¡Señora! —Gritó indignado el capitán—. ¡Llegará el día en que sentirá hambre y nadie le dará un pan!

— ¡Capitán! ¡Soy la persona más rica de la ciudad! ¿Sentir hambre, yo? ¡Qué absurdo!

Ese mismo día recibió ella la noticia de la total destrucción de su flota debido a un pavoroso incendio. Pudo subsistir algún tiempo, hasta que vendió su última joya. Al verse en la ruina, no tuvo más remedio que pedir limosna de puerta en puerta. Pero todos le negaban su ayuda, pues se acordaban que esa dama había sido orgullosa y cruel. La pobre mujer pereció de hambre y de frío.

Autor: Anónimo
La Paz, 05 de Julio del 2014
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