La Campana

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Caminando, caminando, llegó hasta un apartado del espeso bosque y descubrió una pequeña casita rodeada de plantas trepadoras. El niño se quedó sorprendido. Colgada cerca del alero, medio escondida entre las hojas de las plantas, había una campanita azul.
— No es posible que ésta sea la campana que busco —se dijo el niño—. Una campana tan pequeña no haría un ruido tan grande.
El niño se alejó de la casita. El bosque se iba llenando de sombras a medida que el sol empezaba a ponerse detrás de las altas montañas.
De pronto: ¡Dang! ¡Ding! ¡Dang! ¡Ding! Sonó, otra vez, la campana.
El sonido de la campana viene de la izquierda —se dijo el niño—. Voy a caminar hacia allí. Siguió caminando y, de pronto, encontró a un niño vestido de blanco.
— ¿También tú buscas la campana? —le preguntó.
El niño vestido de blanco no respondió.
— ¿Quieres ser mi amigo? —Preguntó el niño que buscaba la campana—. Si tú me ayudas, tal vez la encontremos.
— ¿Para qué quieres encontrarla? —Preguntó el niño vestido de blanco—. A ti no te hace falta la recompensa que ofreció el rey.
— ¿Me conoces? —dijo el niño.
— Sí —respondió el pequeño trajeado de blanco—. Sé que eres hijo del rey.
— Soy el príncipe, en efecto —respondió el niño—, pero me gustaría encontrar la campana misteriosa. Me agradaría llevármela al palacio para que todos los súbditos de mi padre pudieran verla y escucharla de cerca.
— Eso está bien —dijo el niño vestido de blanco—. Veo que te preocupas por los demás.
— Sí —afirmó el príncipe—. Cuando yo sea rey, procuraré ser bueno y generoso para ser amado por todos.
El niño con traje blanco se puso muy contento por la respuesta de su compañero.
— Allí está la campana —dijo—. ¿No la ves?
En efecto, sobre sus cabezas, en medio de las nubes y cerca de las estrellas, estaba la campana.
¡Dang! ¡Ding! ¡Dang! ¡Ding! Volvió a sonar la campana.
— ¡La campana! ¡La campana misteriosa! —gritó el pequeño príncipe.
— Yo soy el ángel de tu guarda —dijo el niño vestido de blanco. Tú has encontrado la campana porque eres bueno.
La campana, allá en lo alto, seguía repicando. Y sus sones argentinos parecían decir: “Paz a los hombres de buena voluntad”.
— ¿Podré llevármela al palacio? —preguntó el hijo del rey.
— No —respondió el ángel de la guarda—; está demasiado alta.
— ¡Oh, qué pena! —casi lloró el príncipe.
— Ya no volverás a verla nunca más —dijo el ángel—. Sólo la escucharás si alguna vez faltas a tu promesa de hacer el bien y si incumples tus deberes de soberano.
— Siempre me portaré bien —prometió el hijo del rey.
— Será mejor que esta noche te quedes a dormir en el bosque —dijo el ángel—. El palacio está muy lejos.
El pequeño príncipe se tendió a dormir sobre la hierba y el ángel veló su sueño, ahuyentando a los osos y los jabalíes.
Al día siguiente, un rayo de sol despertó al príncipe. El ángel de su guarda se había vuelto invisible, pero el niño sabía que estaría siempre junto a él, protegiéndolo.
El hijo del rey montó sobre un ciervo y así pudo llegar, en seguida, al palacio.
— ¿Dónde has estado? —le preguntó, preocupado, el rey.
— Buscando la campana —respondió su hijo.
— ¿Y la has encontrado?
— Si —respondió el príncipe—, pero estaba muy alta, cerca de las estrellas y no he podido cogerla.
En el pueblo no volvieron a escuchar más tañidos de la misteriosa campana. Pero el pequeño príncipe no olvidó la promesa que había hecho al ángel.
Cada noche, al rezar sus oraciones, repetía:
— Seré un rey bueno y generoso, y siempre buscaré la felicidad de todos mis súbditos.
Al cabo de muchos años, cuando el príncipe se convirtió en rey, cumplió lo que había prometido.
— No hay otro rey más bueno y generoso —decían todos y, en efecto, con la generosidad del poderoso y la sabiduría de la humildad, el joven rey dio a sus súbditos la felicidad prometida al ángel de su guarda.
Autor: Andersen
La Paz, 11 de Marzo del 2014
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