La Camisa del Hombre Felíz

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Eran los tiempos aquellos en que poderosos señores eran dueños absolutos de dilatadas tierras y sostenían ejércitos para defenderlas.
Uno de estos terratenientes fue el conde Zugof quien, además de indolente, era muy avaro. Éste, no contento con las enormes propiedades que poseía, decidió hacerse de las haciendas de un vecino suyo. El vecino, siendo tan bondadoso y caritativo, solía usar el dinero que recibía de los feudatarios para remediar sus necesidades.
Este buen hombre, cuyo nombre era Ivanhoe, no poseía ejército alguno para la defensa de sus tierras. Antes bien, sabía que todos sus colonos le tenían una especial estima ya que el deseo de ellos era recibir una orden de Ivanhoe.
Este señor supo un día noticias de los planes del feroz conde Zugof. Los
colonos de Ivanhoe se ofrecieron para salir armados al campo y luchar contra el ambicioso invasor, pero Ivanhoe les dijo:
— Me apena bastante la ambición del conde Zugof. Sin embargo, no deseo que por mi causa se derrame sangre. Que vaya mi administrador al castillo de Zugof y le diga que le doy todas mis tierras, a condición de que no haga daño a mis colonos. Después de esto, que me señale un sitio y allí me iré a vivir.
Al fin se hizo lo que Ivanhoe deseaba. Su emisario llegó a la presencia del avaro Zugof y éste, después de oírle, ordenó orgulloso:
— Decid a quien fue vuestro dueño que, puesto que no tiene autoridad para mandaros, le enviaré a los montes de este gran condado mío que hoy extiendo, para que allí cuide de los cerdos.
El mensajero retornó lleno de tristeza y comunicó a su amo la decisión del indolente Zugof. Los colonos protestaron y manifestaron sus renovados deseos de luchar contra el invasor. Pero Ivanhoe los convenció para que permanecieran tranquilos y, luego de despedirse de ellos, se encaminó a su destierro.
Entretanto, el malvado Zugof, para celebrar su nueva conquista, organizó una cacería. Pero al perseguir un venado, su caballo tropezó y él cayó al suelo, quedando privado del conocimiento. Y así fue conducido a su castillo. Allí recobró el sentido, pero no la salud. Y así pasaron varios meses hasta que, cierto día, un médico dijo que volvería a estar bien si se ponía la camisa de un hombre feliz.
Se mandaron mensajeros por todas partes en busca de tal prenda y, uno de los emisarios, cuando descansaba tendido en el bosque, oyó una voz, la del buen Ivanhoe, que decía:
— Los árboles me dan sus frutos; las fuentes cristalinas apagan mi sed; y este bello paisaje deleita mi espíritu. ¿Qué más pedir? ¡Bien puedo considerarme un hombre feliz!
El mensajero que oyó esto corrió al palacio y dijo a su amo:
— Señor: ¡acabo de encontrar al hombre feliz! Vive en el bosque que se ve desde este castillo.
El conde mandó que le llevaran al bosque lo más pronto posible, y se dirigió donde estaba el hombre feliz. ¡Cuál no sería su sorpresa al reconocer al buen Ivanhoe, a quien, inmisericorde, había despojado de todos sus bienes!
No repuesto todavía de su sorpresa, exclamó: 
— ¡Oh! ¿Eres tú el hombre feliz?
El otro contestó afirmativamente:
— Sí.
— ¡Dame, entonces, tu camisa, para que yo me la ponga! ¡Te daré, a cambio, la mitad de mis riquezas!
El noble desterrado levantó dignamente los ojos y descubrió su cuerpo. Vaya sorpresa, ¡no tenía camisa!
El malvado conde tuvo que retornar a su castillo. Se puso cada vez más enfermo y, rumiando sus remordimientos, murió en una noche tenebrosa. Tras la muerte del conde Ivanhoe fue proclamado dueño absoluto de aquellas tierras y vivió ayudando a todos.
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