La Alfombra Voladora

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Hace muchísimos años, vivía en la India una sabio sultán que tenía tres hijos: Hasán, Alí y Amed, jóvenes inteligentes, que eran el orgullo de su padre.

El hermano del sultán había muerto en una cacería de tigres, dejando huérfana a su única hija: Nurinarda. Ésta fue recogida por su tío, el sultán, y creció junto a los tres príncipes a quienes miraba como a hermanos.

Crecieron los príncipes y, por supuesto, Nurinarda era cada día más linda. El afecto de hermanos poco a poco fue convirtiéndose en grande y verdadero amor hacia la bella primita. Ésta por su parte, seguía amando a sus primos por igual, pero con ternura de hermana.

Como los príncipes se vieron en difícil problema, consultaron el caso con su padre, el sultán.

— Hijos míos, este problema tiene solución y creo haber hallado la vuestra. Debéis viajar por el mundo por espacio de un año por separado y con rumbo distinto. Cada uno de vosotros traerá un regalo para Nurinarda, y ella decidirá a vuestro regreso qué objeto es el que recibe con mayor ilusión. Quien lo haya traído, será su esposo, debiendo los otros dos acatar resignados la elección.

Lo prometieron así los tres príncipes, y de inmediato partieron. Después de tres meses de viaje, Hasán llegó a una gran ciudad. Recorrió todos sus bazares y no halló nada que atrajera su atención. Luego se dirigió a una posada para pasar la noche, y al entrar al comedor vio a un mercader que mostraba una alfombra rara, a sus compañeros de mesa.

— Esta alfombra es mágica —decía el hombre—, y el que la posea puede volar sobre ella de un lugar a otro del mundo, con solo sentarse y expresar su deseo.

— ¿Cómo sabré que no engañáis? —preguntó el príncipe.

— Fácilmente podréis probarla. Sentaos sobre ella conmigo y os trasladaré a vuestra casa, donde podréis darme el precio señalado.

De inmediato se sentaron en ella y en cuanto Hasán ordenó: “Llévame a mi casa” la alfombra empezó a moverse y aletear; se fue alzando lentamente, se encogió para pasar por la ventana, y ya en el aire, se extendió ampliamente y tomó raudo vuelo, llegando en poco tiempo al palacio del sultán, donde Hasán pagó el precio convenido.

Alí, el segundo de los hermanos, a poco de salir se encontró con una caravana que iba a Persia, y a ella se unió, viajando durante dos meses, hasta que llegaron a la capital, donde inmediatamente se dedicó a recorrer los bazares en pos de algún objeto maravilloso para su amada.

Inútilmente recorrió las tiendas y ya pensaba dirigirse a otra ciudad, cuando en una callecita vio a un anciano que agitaba un tubo de marfil y plata, mientras pregonaba:

— ¿Quién compra el telescopio de los deseos? El que lo compre, podrá ver por él todo lo que desee.

Alí quiso comprobarlo, y tomando el telescopio deseó ver a Nurinarda, cosa que logró apenas aplicó el ojo al aparato. Entonces cerró el trato y entregó al anciano cuarenta bolsas de oro. Al día siguiente regresó a la India y llegó, por fin al palacio de su padre.

Por su parte, Amed había llegado a la ciudad de Samarcanda, donde empezó a recorrer frenéticamente todos los bazares en busca de un objeto que mereciera la admiración de Nurinarda, y ya había decidido viajar a otra ciudad, cuando a la puerta de una posada encontró un mercader que ofrecía una hermosa manzana.

—¿Quién quiere la manzana de la salud? —voceaba—. Esta manzana tiene la propiedad de devolver la salud a quien aspire su fragancia. Y sólo cuesta veinte bolsas de oro.

Amed pensó que esto sí era algo digno de tener en casa para ver siempre lozana, sonrosada y sana a Nurinarda. Sacó veinte bolsas de oro y se guardó la manzana. Luego retornó a palacio.

Al reunirse los tres hermanos, mostraron sus compras, y, en consulta con su padre, el sultán, decidieron ir por turno ante Nurinarda, comenzando por el mayor, para que ella decidiera cuál era el objeto que más le complacía. Y ya iba a dirigirse Hasán al aposento de su prima, cuando varias damas de compañía vinieron llorando hacia ellos, anunciándoles que la princesa estaba mal.

Todos corrieron al dormitorio de Nurinarda y la encontraron delirando, con fiebre alta y los ojos brillantes. Hicieron venir, entonces, al médico de palacio, el cual, tras hacerla una revisión genral, no pudo decir qué enfermedad la tenía postrada. Ante tal incertidumbre, pensaron en hacer venir al médico más famoso del país.

¿Cómo saber si, efectivamente, el médico estaba en el sitio indicado? Alí sacó su telescopio, miro por él y vio que, realmente el médico estaba en su consultorio. ¿Cómo traerlo pronto? Hasán montó sobre su alfombra voladora y a poco llegó donde el médico, le hizo subir en ella y, en menos de lo que canta un gallo, estuvo de regreso.

El facultativo examinó bien a la princesa y movió la cabeza en gesto de impotencia, como quien dice: “Ya no hay remedio”.

Entonces Amed se acordó de su manzana de la salud, hizo que Nurinarda la oliese y, ¡oh maravilla! ésta abrió los ojos y sonrió. De inmediato los colores volvieron a su lindo rostro, y el ánimo y la salud permitieron que la linda princesita se pusiese a caminar recuperada y contenta.

Se celebró en palacio una gran fiesta por la salud de Nurinarda. Hubo cinco orquestas que se turnaban para amenizar la reunión, y a ratos, exóticas bailarinas danzaban al compás de encantadoras melodías. A los postres, el sultán llamó a sus hijos y les dijo:

— Creo que estaréis de acuerdo que los tres regalos son valiosos. Sin el telescopio, no habríamos localizado al médico. Sin la alfombra, no habríais tenido el facultativo tan pronto en casa. Y sin la manzana, no gozaríamos ahora con el restablecimiento de mi sobrina.

— Que decida Nurinarda —dijeron los tres príncipes.

— Agradezco la diligencia puesta por los tres para lograr mi recuperación —dijo la princesa—. Pero mi salud se debió a la manzana que trajo Amed.

— Tienes razón —sentenció el sultán—. Quien le trajo la salud en su bolsillo, es digno de ser su esposo. Amed será el elegido.

Los otros dos hermanos dieron también la razón y convinieron en renunciar a sus pretensiones.

Y dicen los anales que nunca hubo una fiesta de bodas tan sonada en aquel país con motivo de la unión de Amed con Nurinarda. Tuvieron muchos hijos, vivieron felices, y todo fue paz y prosperidad en aquel reino.

Publicado por: Ohslho
La Paz, 23 de Noviembre del 2014
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