Historia del Tren

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(‘Toda creencia representa una interferencia’)
En Inglaterra, cuando se terminó de fabricar el primer tren a vapor, toda la jerga creyente comenzó a vociferar en su contra.
Mientras los fabricantes persuadían a la gente, incluso sobornándoles, para que se montasen en el tren, los creyentes –convocado por sus obispos– persuadían a la gente para que nadie lo hiciera, a no ser aquellos que estaban dispuestos a ser llevados al mismísimo infierno. Sus razones eran evidentes, pues argumentaban:
-El vapor, una cosa tan simple, no puede hacer semejantes milagros. Y si la máquina se pone en marcha, eso significa que el diablo está trabajando en alguna parte. El diablo está haciendo funcionar la máquina,
no el vapor. ¿Y qué garantía hay de que una vez que la máquina se ponga en marcha sea capaz de pararse?
Así es como surgieron un sin fin de oposiciones de modo que nadie, por voluntad propia, estaba dispuesta a montarse, pues todos creían que era cierto aquello que afirmaban sus líderes institucionales.
Y como los ingeniosos no supieron ofrecer ninguna garantía de que el tren se parase, decían:
-Si el tren no se para ¿qué será de nosotros, de los que nos montemos en él?
No encontraron el modo de convencer. De modo que tomaron una medida arbitraria de ir a las cárceles y a los reclusorios para escoger unos veinte reos pues, si ellos regresaban a salvos o no, importaba poco o nada ya que, de todos modos, iban a ser ejecutados porque habían cometido delitos imperdonables.
Así que los primeros que experimentaron un viaje, montado en un tren, con todas las comodidades y servicios, fueron los veinte criminales. Y después del tiempo estipulado, para su gracia o desgracia de los ingleses de aquel entonces, los criminales regresaron sanos y salvos luego de haber disfrutado –por primera vez– de un estupendo paseo.
Todos los que habían especulado cosas en torno al tren, quedaron en ridículo y, la gente, poco a poco, comenzó a confiar en la ciencia y sus bendiciones, ya que era un milagro que una simple cosa como el vapor pueda hacer mover semejante máquina.
La realidad es simple. Solo parece compleja a causa de nuestras suposiciones no científicas. Una vez que sabes en qué consiste un mecanismo, se vuelve simple. Pero toda creencia representa una interferencia, un bloqueo o un obstáculo para el desarrollo de la ciencia auténtica de la religión, cuya base es la experiencia individual. La creencia no tiene argumentos científicos en la realidad. Solo exige fe, es decir, creer en, un entrenamiento hasta convencerse a sí mismo de que las cosas han sido siempre así y tendrán que seguir siendo así aunque la experiencia diga otra cosa. Por eso la creencia depende de una mentalidad condicionada. En realidad es una mentira repetida por siglos y generaciones que, a costa de tanta repetición y entrenamiento, adquirió una especie de verdad, una verdad no científica, irreal, propia de la fantasía.
Esa nota característica de la creencia ha hecho que la ciencia se desarrolle –a lo largo de la historia– como reaccionaria frente a los argumentos no científicos de la religión. Y ese carácter reaccionario de la ciencia ha conducido a la humanidad hasta el límite de la autodestrucción. En cambio, la potencialidad de la ciencia subjetiva, es decir, de la religión original, sigue intacta, pero –debido a los matices… adquiridos– ha quedado reducida a la decadente expresión, llamada: superstición. De ahí que, la religión que conocemos en Occidente, no es otra cosa sino una superstición muy hábilmente organizada y expuesta en el mercado.
Si algo parece difícil, no es debido a la realidad, sino debido a la mente cultivada y condicionada que constantemente trama suposiciones, hipótesis, conjeturas filosóficas y teológicas que no son sino resistencias para lo esencial, la experiencia propia. Así que lo básico para recobrar el camino científico de la auténtica religión es la experiencia individual. ¡Pruébalo todo, por ti mismo!
 
Ohslho
San Ignacio de Velasco, 16 de Octubre del 2010
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