Hans el Afortunado

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Hans llevaba ya trabajando siete años en el taller y, durante ese tiempo, su conducta fue excelente; y aprendió tan bien su oficio que su patrón le tomó verdadero afecto.

Pero sintió el muchacho deseos de ver a su madre y le pidió permiso a su maestro para que lo dejara partir. El maestro nunca hubiera deseado separarse de él, pero conociendo los motivos del joven, le concedió gustoso el permiso y le dio la paga correspondiente.

Hans ató el puñado de monedas en un pañuelo, y, muy contento, inició el camino a su casa. Iba por el sendero cantando y silbando, completamente feliz y lleno de proyectos. Pero el trayecto era mucho más largo de lo que había imaginado y, poco a poco, fue sintiendo cansancio. El sol apretaba y la bolsa de monedas, que llevaba colgada al extremo de un palo, comenzó a pesarle demasiado.

Una de las veces en que descansaba, vio venir hacia él un hombre montado a caballo. “¡Qué bien me vendría a mí tener un caballo!” —pensó—. “¡Y qué pronto llegaría entonces a casa!” —añadió—.  Cuando el hombre estuvo cerca, decidió hablarle. Explicó al jinete sus problemas, y éste después de meditar unos instantes, dijo:

— Tienes razón, muchacho. Te hace falta un caballo. Te daré el mío a cambio de la bolsa que llevas sobre el hombro.

Hans montó contento en su caballo, pero como jamás en su vida había cabalgado, no le era fácil mantener el equilibrio sobre aquel animal tan grande que, además, era brioso. Pese a todo, se sostenía, hasta que, de pronto, se espantó el caballo ante el vuelo inesperado de un pájaro, y partió a la carrera. Hans, como era de esperarse, cayó al suelo y allí quedó maltrecho y dolorido. Hubiera perdido al caballo, si no hubiera dado la casualidad de que por allí pasara en esos momentos un pastor tirando una vaca, el que logró detenerlo.

— Muchas gracias —le dijo Hans—. Mi caballo no me obedece, y si sigo así, acabará por romperme los huesos.

— Ya lo veo —respondió el pastor—. Eso pasa casi siempre con los caballos. Es mejor tener una vaca; son más tranquilas y, además, te proveen de leche, mantequilla y queso.

A Hans le pareció que tener una vaca era lo ideal. Era más sencillo y, sobre todo, no se las montaba. ¡Ah! Si el pastor quisiera darle la vaca por su caballo… Así se lo dijo, y el pastor, tras fingir reflexionarlo, le contestó:

— Eres un buen muchacho y me apena verte en este conflicto. Salgo perdiendo, pero te cambio mi vaca por tu caballo.

Por supuesto, el pastor había visto la calidad del caballo de un valor muy superior a su vaca. Pero Hans era inocente, y creyó que el pastor había hecho un sacrificio por él.

Hicieron el cambio y mientras el pastor se alejaba montado en el brioso caballo, Hans siguió su viaje tirando de la vaca con su cuerda. Otra vez se puso a silbar contento, no obstante que el viaje era ahora más lento, pues la vaca caminaba despacio.

— Esta vaca será una ayuda para nosotros. Mi madre verá que me he convertido en un nombre de provecho —iba pensando Hans.

Después de caminar algunas horas sintió mucha sed. Como no había cerca ni río ni arroyo donde calmarla, pensó que podría ordeñar la vaca para beber su leche. Llevó el animal al borde del camino dispuesto a emprender la tarea. Pero en su vida había ordeñado una vaca y no tenía la menor idea de cómo hacerlo. Sin embargo, como la necesidad apremia a los hombres, quiso darse maña para ordeñar la vaca. Pero ésta no estaba dispuesta a dejarse ordeñar por quien no sabía hacerlo y le soltó un par de coces, que arrojaron a Hans lejos, por tierra. Allí quedó, adolorido y lamentándose de sus desdichas, hasta que pasó por el sitio un joven carnicero que llevaba un cerdo al mercado. Se acercó a Hans y le ofreció su ayuda, enterándose de lo sucedido.

— No podía ser de otro modo —dijo el carnicero riendo—. Esta vaca es muy vieja.

— No sé qué hacer ahora —repuso Hans—. He dado mi dinero por el caballo y mi caballo por la vaca que no me sirve.

El mozo le ofreció, entonces, cambiarle su cerdo por la vaca vieja, diciéndole que siempre era fácil manejar un animalito pequeño y que, además, al matarlo, podría comer chicharrones, jamón y cuántas cosas más. Hans le dio las gracias y aceptó el cambio de la vaca por el cerdo.

Siguió su camino y se encontró, a poco, con un granjero que le preguntó de dónde había sacado ese cerdo. Cuando Hans se lo explicó todo, el hombre dijo:

— ¡Pobre niño! Este cerdo se lo robaron ayer al juez. Si te ve con él, irás a dar a la cárcel.

Hans se puso a temblar y, desesperado, pidió al hombre que lo ayudara. Éste le ofreció cambiarle el cerdo por un ganso que llevaba bajo el brazo. Hans aceptó, agradecido y feliz, y de esta suerte continuó su camino con el ganso.

Y así llegó a una ciudad, en una de cuyas esquinas un afilador de cuchillos cantaba mientras trabajaba.

— Veo que eres muy feliz —le dijo—. ¿A qué se debe tanta alegría?

El afilador lo miró y admitió que era, efectivamente, un hombre feliz, y que esa dicha era propia de los afiladores de todo el mundo, ya que siempre tenían dinero en su bolsillo. El afilador le preguntó entonces:

— ¿Tú no eres feliz? Creo que eso que llevas bajo el brazo es algo bueno. ¿De dónde lo sacaste?

Hans le contó toda su historia, admitiendo que nada podía hacer tan feliz a un hombre como ser afilador. Entonces, el afilador le ofreció cambiarla la piedra de afilar por el ganso.

Hans aceptó contento el cambio y siguió su camino. Al rato, sintió deseos de beber y, al inclinarse para beber en una fuente cristalina, la piedra de afilar se le cayó al agua y desapareció en la corriente.

—Cuento, sin duda, con la ayuda del cielo. Esta piedra hubiera sido para mí una carga pesada en todo el camino. Ahora me la he quitado de encima. ¿Habrá alguien más afortunado que yo en esta vida? —dijo Hans con alborozo.

Y, cantando alegremente, caminó hasta llegar a los brazos de su madre, que era lo que más anhelaba.

Publicado por: Ohslho
La Paz, 17 de Diciembre del 2014
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