Hacia la Luz

Dentro de un pozo hondo y algo oscuro, del cual sacaban agua las gentes del pueblo, vivía una familia de sapos, a la cual, el cubo de sacar agua, daba, de vez en cuando, algunos sustos.

Cierto día, el sapo menor de la familia empezó a sospechar que el mundo era más grande que el pozo. Como expresara su deseo de subir hacia la claridad de arriba, el abuelo le dijo:

– ¡Guárdate de ello! Y huye del cubo cada vez que baje, si no quieres morir aplastado.
Pero el deseo podía más que el miedo en aquel sapito, y no pensaba otra cosa que en salir del pozo.
La luz le atraía sin conocerla, y al ver que el balde bajaba, se sintió como fascinado y saltó dentro de él.
– ¡Que animal tan feo! ­–dijo un mozo–, al verter el agua de cubo, y trató de aplastar al sapito con el pie; pero el animal esquivó el golpe y fue a esconderse entre unas ortigas.
Después que se le pasó el susto, alzó la cabeza y, a través de las ramas, miró al sol. Estuvo dos horas extasiándose con la luz, y tras recordar que debía explorar el mundo, se fue saltando hasta un polvoriento camino.
Al llegar a una zanja llena de lirios silvestres, se quedó contemplando una bandada de mariposas, que al sapito le parecían flores aéreas.
– ¡Oh, si yo pudiera volar como ellas, cuan feliz sería!
Se quedó en la zanja durante ocho días y, a su vez, halló abundante y sabroso alimento. Al noveno día, dijo:
– ¡Adelante!… Debo ir más lejos.
Y continuó su marcha, mirando con frecuencia al cielo, extasiándose cómo se aparecía el sol y extendía su luz por el inmenso espacio azul. La oscuridad de la noche le hacía pensar que el mundo podía ser un gran pozo, y la luna un brillante cubo de metal que subía de la tierra al cielo.
Esta idea despertaba en él el deseo de una nueva ascensión hacia el espacio azul. Pero al ver el sol, al día siguiente, exclamaba:
– ¡Oh, este es el cubo que va a lo alto! ¡Cómo reluce! 
– Ahora baja. Iré hacía allá a saltar dentro de él. Deseo subir cada vez más –decía luego, al ver descender el sol.
Siguió avanzando hasta llegar, por fin, a una huerta.
– El mundo es grande y bello. ¡Qué fresca verdura, y qué sitio tan cómodo! –dijo para sí, el sapito.
– ¿A quién se lo dices? –replicó una oruga, que tenía su nido en una col–. Este es el paraíso. Mi hoja es la mayor de todas, y con ella puedo prescindir del resto del mundo.
– ¡Cloc, cloc! -Se oyó cerca de allí. Era una bandada de gallinas que picoteaban por el suelo. Una de ellas vio a la oruga y de un picotazo le tiró al suelo. La oruga, después de culebrear un rato, se enroscó, mientras la gallina lo miraba primero con un ojo y después con el otro, esperando ver en qué paraba aquella serie de contorciones.
– ¡Acabemos! -dijo la gallina y adelantó el pico para engullirse la oruga.
Pero el sapito compadecido de la oruga, dio un salto. Ante tan fea aparición, se espantó la gallina y se fue a otro sitio, cacareando.
– Esa oruga no me gusta. Tiene unos pelos que me harían cosquillas en la garganta.
– ¿Viste mi astucia? ¡Qué bien me libré de ese monstruo! -dijo la oruga, apenas se vio libre.
El sapito la felicitó y expreso su complacencia por haber espantado a la gallina con su fealdad.
– ¡Yo sola me defendí y espanté a la gallina con mis contorciones! -replicó la oruga-. Por lo demás tienes razón: Eres muy feo. Sigue tu camino, que yo me quedo en mi col, que es mi bien y mi tesoro.
El sapito avanzó saltando y, al oír un aleteo, levantó la cabeza y vio un par de cigüeñas que tenían su nido en el tejado de las casas del campo.
Habitando bajo aquel tejado dos buenos amigos, poeta el uno y naturalista el otro. Paseábanse, a la sazón, por el huerto y el naturalista al ver al sapo, dijo:
– ¡Mira este sapo! Voy a enfrascarlo en alcohol.
– ¿No tienes ya otros ejemplares en tu museo? ¡Pobre animal! ¡Déjalo que goce de la vida! replicó el poeta.
– ¡Pero no es tan extraordinariamente feo!
– Si tuviésemos, siquiera, la seguridad de hallar en su cabeza la piedra preciosa…
– ¿También crees tú en esas sandeces? dijo el sabio.
– Respeto y admiro, por lo menos, esa creencia del vulgo. ¿Por qué el sapo, ese horrible animal, no puede tener en la cabeza algún destello de luz? Esopo y Sócrates eran feos, pero su ingenio brilla cada día más, a través de los siglos.
Distraído por la conversación del poeta, pasó de largo el naturalista, y así pudo librarse el sapito de un triste fin.
En esto, se oyó un aletear en el tejado. Era una cigüeña madre, que daba una ocasional lección a sus polluelos.
– ¡Qué fatuos y presumidos son los hombres! decía. Oíd aquellos dos que charlan sin cesar…  ¡Pero bonito idioma el de los hombres! A una jornada de vuelo, ya no se entienden unos a los otros. Nosotros sí nos entendemos, así procedamos de la región del norte, como los confines del África.
– ¡Qué bien discurren esas aves! pensaba el sapo. ¡Y qué admirablemente vuelan! 

La cigüeña madre hablaba a sus pequeñuelos del Egipto, de las aguas de Nilo y de su incomparable limo, que es, les decía, un hervidero de ranas.

– Egipto… el Nilo… decía el sapito ¡Cuánto me gustaría visitar esos países! ¡Si una de estas cigüeñas quisiera llevarme!… en verdad mucho me ha valido esta eterna aspiración que siento hacia lo bueno y lo bello. Sin ella estaría aún en el oscuro fondo del pozo.
De repente, la cigüeña se arrojó sobre él. Lo cogió bruscamente con el pico, y aunque el sapito sintió un agudo dolor en la espalda,  ¿qué le importaba?
– La cigüeña pensaba él me llevará a Egipto. Y sus hijitos chispeaban de alegría. Pero el ave cerró el pico ¡cuac, cuac! Y el pobre sapo moría estrujado. Es decir, moría únicamente su parte fea y terrenal.
– Iré a conocer Egipto…  el Nilo –pensó todavía el sapito, en el último destello de la luz que brilló en su cabeza.
La Paz, 03 de Abril del 2013
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