Gulliver en el País de los Enanos

Gulliver, el gigante viajero, llegó al país de Liliput en una de sus frecuentes correrías. El barco en que hacía la travesía se había hundido, pero como él sabía nadar, pudo ponerse a salvo llegando a la costa. Como se sentía cansado, al poco rato se quedó profundamente dormido.

Cuando despertó, cuál no sería su sorpresa al verse atado y rodeado de una multitud de seres tan pequeñitos como los dedos de una mano. Los enanitos le contemplaban con curiosidad y luego, más decididos, se entretenían en trepar por sus piernas y brazos, tal como si fueran hormigas.

Uno de los hombrecitos, que llevaba bastón porque era anciano, le tocó la nariz con el cayado, haciéndole cosquillas. Estas le provocaron a Gulliver deseos de estornudar, y como se imaginaba lo que podía suceder, trató de contener su estornudo. Pero no pudo, y de pronto se produjo la catástrofe.

— ¡Aaaaaaat… chiiíssss!

Gulliver estornudó con toda su fuerza, y los enanitos, que se paseaban confiadamente por su cuerpo, salieron despedidos a varias leguas de distancia, y los que se quedaron huyeron a sus escondites.

Gulliver hizo un esfuerzo y se soltó de las ligaduras. Se puso de pie y llamó a los enanitos en el propio idioma de éstos, porque conocía todas las lenguas.

— No temáis, amiguitos. Soy un náufrago y necesito ayuda.

Los liliputienses se fueron acercando poco a poco, y viendo que no les pasaba nada, todos salieron de sus casitas.

Claro que no las tenían todas consigo, pues los estornudos del gigante eran para ellos como huracanes y no querían soportarlos otra vez. Pero la confianza volvió en ellos, cuando vieron que el hombrón les sonreía.

Como Gulliver sentía hambre, los habitantes de Liliput le dieron una opípara comida, para lo cual cada uno tuvo que aportar víveres. La comida resultó como un plato chino. Un garbanzo, que los enanitos comían como si fuera un melón, para el gigante era como un grano de sémola. Total, que todos los víveres que para ellos eran para un año, el gigante se los tragó en un santiamén. Luego sintió sed, y todos le trajeron barriles de vino, que eran del tamaño de un dedal.

Saciados su hambre y sed, Gulliver les dio las gracias y se puso a conversar con ellos. Así se enteró de que su rey era Lilipín I, muy justo y bueno, y que estaban en guerra con otros enanitos de un país vecino.

— Yo daré cuenta de vuestros enemigos —les prometió el gigante.

Los enanitos quedaron encantados con su nuevo aliado, y le llevaron a presencia de Su Majestad. Pero ya Lilipín I y su esposa Lilipina, informados de la presencia en la isla de un gigante, venían hacia él en su carroza tirada por seis ratones.

Gulliver les hizo una gran reverencia, y como las gentes se hacían lenguas de la simpatía del gigantón, el soberano se decidió a pedirle consejo.

— Buen amigo, nuestra isla es para ti como si fuera tu casa. Pero tu casa, si fuera atacada, sería defendida por ti, ¿verdad?

Gulliver entendió la indirecta y como ya había tomado cariño a sus salvadores, dijo al rey:

— Esta es como mi casa, es cierto, y como tal voy a defenderla. ¿Dónde están los enemigos de Liliput, que son ya los míos?

En eso sintió un tumulto en la calle y apareció un mensajero despavorido, que comunicó al rey que los ejércitos del reino vecino se acercaban a la isla en una flota enorme.

El rey y Gulliver se dirigieron a la playa, seguidos del pueblo. En el horizonte marino se veía, en efecto, cientos y cientos de barcos que avanzaban hacia la isla.

Los liliputienses se llenaron de temor porque no estaban armados; pero Gulliver los tranquilizó diciéndoles que, para él, esa flota de barcos era nada. Les hizo que aguardaran en el bosque, con su rey al frente, y avanzó hacia el mar. Se metió en el agua y cogiendo uno a uno los barcos llenos de soldados enemigos, naves que para él eran como cascaras de nuez, se fue llenando los bolsillos con ellos. Y cuando no quedó uno solo, Gulliver salió a tierra y llamó a sus amigos, los liliputienses.

El rey y la reina, así como los súbditos, quedaron asombrados de la proeza del gigante.

Finalmente, Gulliver abrió grandes huecos en la arena, con sus enormes manos, y en esos huecos fue depositando los barcos cargados de soldados enemigos. Luego con los pies tapó los huecos con la misma arena, con lo cual todo el ejército invasor murió asfixiado.Los enanitos quedaron muy agradecidos para Gulliver y durante varios días hicieron fiesta en su honor, proclamándole héroe de Liliput.

Gulliver pasó varios años en el país y Lilipín I, quien le nombró generalísimo del ejército que aquél organizó. Pero los enemigos, horrorizados por la triste suerte de su armada, nunca más se atrevieron a provocarlos.

Mas un día arribó a la isla un barco grande, y como Gulliver quería ver a su familia, el rey, con enorme pena, consintió en que se fuera. Los pequeños, entristecidos, le pidieron que volviera en cuanto le fuera posible. Gulliver, dando un adiós general con su mano en alto, se embarcó en la nave que lo llevó a Inglaterra.

Los liliputienses agitaron sus pañuelos como señal de despedida hasta que el barco desapareciere en el horizonte.

Publicado por: Ohslho
La Paz, 19 de Septiembre del 2014
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