El Traje Luminoso

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Cierto día, Dios llamó a San Pedro y le dijo:

— Baja a la tierra con este traje luminoso y busca a quien le venga a su medida y me lo traes aquí. Yo lo colmaré de dones y le haré feliz.

San Pedro descendió sobre una altísima montaña. Bajó a la llanura y empezó a buscar al hombre digno de ascender al Paraíso. Halló un anciano que vivía en continua oración, y cuando le preguntó por su existencia, el viejo le habló así:

— Odio la vanidad humana y rechazo las lisonjas. Los pobres hombres hechos de barro, sólo me inspiran compasión, porque son víctimas de sus debilidades.

San Pedro tendió al anciano el luminoso traje y le pidió:

— Toma este traje, buen hombre, y póntelo.

El viejo intentó ponerse el resplandeciente traje, pero le estaba demasiado estrecho y corto. San Pedro siguió, entonces, su camino, y así llegó al castillo de un príncipe alabado por su generosidad. El joven noble habló así de sus virtudes:

— Sé que lo terrenal es pasajero. Que las riquezas, las glorias y los halagos son cosas efímeras. Sé que quien hace el bien al prójimo, no hace más que sembrar para cosechar. Y que más tarde el Divino Juez nos premiará o castigará, según hayamos obrado en esta vida.

— Te ruego, amigo, que te pruebes este traje —pidió San Pedro al príncipe.

El joven hizo denodados esfuerzos para ponerse el ropaje, que parecía bordado con rayos de luna, pero tampoco le venía bien, pues era demasiado estrecho.

San Pedro visitó cabañas, soberbios palacios, ciudades y villorrios, pero a ninguno de los hombres le venía bien el traje.

Ya cansado y resignado con su vano intento, encontró a un pobre leñador, cuyas manos encallecidas mostraban las huellas del trabajo cotidiano.

— ¿A dónde vas con tanta prisa? —le preguntó San Pedro.

— Voy al bosque, a derribar árboles para mi sustento.

— El trabajo ennoblece, y veo que tú amas tu labor.

— No lo creas. Si siguiera mis malas inclinaciones, preferiría no hacer nada.

— Seguramente tu conciencia te impide portarte mal.

— ¿Mi conciencia?… ¡No sé de qué me hablas!… Sólo trabajo para no morirme de hambre, ¿sabes?

San Pedro intentó ascender el escabroso sendero que iba a la cumbre de la montaña, pero el leñador, al verlo tan cansado, se ofreció a llevarlo a cuestas.

— Gracias, amigo. Me has dicho que eres perezoso. ¿Por qué quieres hacer este esfuerzo?

— Yo te ofrezco mi ayuda con alegría —dijo el leñador y, tomándole en sus brazos le llevó hasta la cima. Entonces San Pedro le pidió:

— ¿Querrías probarte este traje?

El leñador se puso el traje, y éste le quedaba perfectamente, como hecho a medida.

— Ven, ven conmigo —díjole el Santo, con alegría—. Tú eres el hijo que Dios aguarda.

San Pedro y el leñador ascendieron al cielo, donde Dios le recibió con júbilo al humilde obrero, porque reconocía su sinceridad, libre de los oropeles de la conveniencia.

 
Autor: Anónimo
La Paz, 01 de Junio del 2014
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