El Ruiseñor

En el maravilloso país de la China existió, hace mucho tiempo, un emperador que tenía una hija llamada Litay Fo. El monarca era sordo y, por lo tanto, no apreciaba las delicias de la música ni el trinar de los pájaros. 
Una tarde, en que Litay Fo se paseaba por los exóticos jardines del palacio escuchó, sorprendida, el canto de un pajarillo que jamás antes había oído.
En efecto, desde la rama más alta de un loto en flor, un ruiseñor hacía maravillosos requiebros con sus trinos. La hija del rey, al escuchar los trinos del pajarillo, le dijo:
Qué bien cantas.
El ave contestó:
Soy un humilde ruiseñor que deseaba verte hace tiempo. Mis hermanos me advirtieron que no osara entrar en este palacio, porque el emperador sólo mima a los pájaros de vistoso plumaje y, en cambio, desdeña a las
aves canoras, pero yo estaba seguro de que tú no me rechazarías.
Entonces la princesa le advirtió que, desde ese momento, serían amigos, con la promesa de volver siempre, a la misma hora, para verle y escuchar su lindo canto.
De la misma manera, el pequeño ruiseñor le prometió volver todos los días a posarse en la rama del loto en flor, y cantar para ella las más dulces melodías.
Una vez, el ruiseñor llegó con mucho retraso a la cita, y tiritando de tal forma, que Litay Fo llegó a compadecerse de él.
Parecía muy enfermo el pobrecillo, y era necesario resguardarlo del frío riguroso del invierno. Luego dijo la princesa china:
Mi pequeño amigo, desde mañana nos veremos en mi dormitorio, donde el calor te reconfortará.
El ave constestó:
Tienes un buen corazón, Litay Fo. Desde mañana te entonaré mis mejores cánticos, pues te los mereces.
Ya iban viéndose algunas semanas en el dormitorio de la hermosa chinita, cuando una mañana entró, inesperadamente, el emperador. Viendo que el pajarillo descansaba feliz entre las manos de su hija, el emperador la reprendió diciendo:
— ¡Litay Fo! ¿Cómo te has atrevido a hacer entrar a tus habitaciones a este sucio pajarraco? Mira a tu alrededor y admira la belleza del plumaje de mis pájaros.
La princesa bajó la cabeza y contestó humildemente:
Perdóname, padre. No quiero a tus pájaros, aunque son bellos, porque son mudos.
El monarca pareció no comprender a su hija y, en un arrebatado impulso, sacó su pañuelo de seda y con él espantó al pobre ruiseñor, que tuvo que huir con gran pena.
Litay Fo empezó, desde entonces, a languidecer de soledad y tristeza. Ya no salía a pasear por la playa en las noches de luna, ni iba a echarse en el prado, entre sus flores preferidas. Se encerró en su habitación y no quiso recibir a sus amigos que venían al palacio a interesarse por su salud. Tampoco quizo probar bocado alguno y se enfermó gravemente.
Entonces, el monarca salió a recorrer los más extraños países, en busca de los más raros regalos que halagaran a su hija. Regresó al cabo de un año, para depositar a sus pies los lindos obsequios. Todo fue en vano, pues ella sólo deseaba la compañía de su amigo, el ruiseñor.
El emperador se puso nuevamente en camino, pero esta vez para traer a su hija el más famoso de los médicos.
Ya en palacio, dijo el médico al emperador:
— Majestad: ya nada puedo hacer por vuestra hija; pero, en cambio, sí podría curar vuestra sordera. Pero, para lograr esta cura, necesito aplicar a vuestros oídos el corazón caliente y palpitante de un ruiseñor.
Entonces el monarca ordenó:
— ¡Que busquen, de inmediato, un ruiseñor! ¡Aunque sea aquél antipático que eché del cuarto!
Salieron varios emisarios en pos del ruiseñor amigo de Litay Fo y lo encontraron pronto. Ya en presencia del médico, éste le explicó que era menester arrancarle el corazón para curar la sordera del emperador.
El ruiseñor dijo:
— Podéis disponer de mí; yo sé que Litay Fo se sentirá feliz cuando vea que su padre ha recobrado su oído. Hay muchos ruiseñores en el mundo y pronto encontrará otros amigos mejores que yo.
Los ojos del emperador estaban anegados de lágrimas al apreciar la gran bondad del ruiseñor. No permitió que se le matara, aunque su sordera fuera eterna.
Desde entonces, el ruiseñor volvió a verse con Litay Fo y el emperador comprendió, al fin, que la belleza sola no es lo que más vale en el mundo, sino la abnegación.
La Paz, 08 de enero del 2013
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