El Rey Pico de Loro

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Un rey tenía una hija muy bella, pero altanera y orgullosa. El soberano dispuso una gran fiesta en el palacio, y a ella concurrieron los más apuestos príncipes de los reinos vecinos. El rey hizo llamar a su hija para que escogiese marido entre ellos; pero ella los rechazó con desprecio.

— ¡Qué tonel! —exclamó, a la vista de un príncipe corpulento.

— ¡Vaya una espingarda! —dijo al mirar a un príncipe alto y delgado.

— ¡Parece un ladrillo! —dijo por un príncipe que tenía sonrojado su rostro. Y así, a todos los demás. Pero de quien más se burló fue de uno que tenía la barba algo saliente.

— ¡Qué cara tan horrible! —Dijo ella riendo—. ¡Tiene la barbilla como el pico de un loro!

Y al joven le quedó el mote de “Pico de loro”.

El padre de la joven montó en cólera y juró que la casaría con el primer mendigo que se presentara. Dos días después, un infeliz tocador de guitarra fue a la puerta de palacio a pedir limosna. El rey lo hizo conducir a su presencia al mismo tiempo que mandaba llamar a su hija.

El mendigo tocó dos piezas y el rey dijo:

— Tu música me ha gustado tanto, que te caso con mi hija.

Inútil fue que la princesa llorase y gritase; el rey permaneció inflexible.

— Lo he jurado —dijo—  al ver que despreciabas a los más poderosos pretendientes.

Llamó al cura y se celebró el matrimonio en el acto. Después de la ceremonia, dijo el rey a su hija:

— Aquí no tienes nada que hacer. Tu deber es seguir a tu marido. Así que, ¡buen viaje!

El mendigo se llevó a su mujer que, desolada y triste, iba detrás de su marido. Atravesaron un gran bosque y la joven preguntó:

— ¿De quién es esto?

— Del rey “Pico de loro”.

— ¡Ay de mí! ¿Por qué no me habré casado con él? —murmuró.

Y así, al pasar por unos inmensos campos cubiertos de mieses, como también por una bonita ciudad, la respuesta era idéntica: “Son del rey ‘Pico de loro’”.

Llegaron, por fin, a una cabaña de pobrísima apariencia, y el mendigo se detuvo.

— Esta es nuestra casa —dijo el mendigo— ¡Adelante!

— Pero no veo tus criados.

— ¿Criados! Yo me servía solo; pero, ahora, tú te encargarás de hacerlo. Vamos, enciende el fuego para que hagas la comida, porque tengo hambre.

Pero la princesa, que jamás había hecho estos menesteres, no sabía cómo arreglarse, y el mendigo tuvo que terminar haciendo la comida. Después, rendidos por la fatiga, se retiraron a descansar.

Al día siguiente, muy temprano, el mendigo la despertó diciéndole:

— ¡Vamos, levántate pronto y limpia la casa!

Al cabo de unos días, cuando las provisiones se iban agotando, dijo el pordiosero:

— No seguiremos esta vida de ociosos. Yo volveré a pedir limosna y tú harás cestos.

Luego fue a buscar mimbre y se lo trajo; pero al cabo de un rato, los delicados dedos de la princesa comenzaron a sangrar que daba lástima. Luego el marido le trajo una rueca y cáñamo para que hilase, y los dedos de la princesa volvieron a sangrar.

— Verdaderamente  —dijo el hombre— no sabes hacer nada. ¡Valiente negocio he hecho casándome contigo!

Finalmente, el mendigo llevó a su mujer para que trabajase como ayudante en la cocina de palacio. Le dijo que al principio no ganaría más que su ración, pero que le apartase la suya. Así se hizo, y la princesa tuvo que ocuparse de los más humildes menesteres del palacio.

Luego hubo una gran fiesta para festejar el santo del rey. Queriendo contemplar el lugar donde otro tiempo fuera reina, se ubicó delante de las puertas del salón.

Contempló desde allí la fiesta con indecible angustia, maldiciendo su insensato orgullo que le trajo la desdicha.

De pronto, un príncipe de dorados vestidos salió de entre los invitados y la invitó a bailar. ¡Cuál no sería su sorpresa al reconocer al rey “Pico de loro”, de quien se había burlado! Quiso huir, pero él la retuvo y le dijo:

— No lloréis, princesa y miradme atentamente. ¿No veis que el mendigo con el cual os habéis casado y yo, somos la misma persona? Al oír yo a vuestro padre jurar que os casaría con un mendigo, me disfracé de pordiosero. Hoy, que vuestro orgullo ha desaparecido, vais a dejar de sufrir, pues sois la esposa del poderoso rey “Pico de loro”.

La princesa abrazó y besó a su esposo. El padre y toda la corte se acercaron para ver lo que ocurría y, al saber lo sucedido, todos lloraron de emoción.

Publicado por: Ohslho
La Paz, 07 de Septiembre del 2014
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