El Rey de los Avaros

Este era un viejo avaro, que se privaba de comprar un plátano por no botar la cascara.

“Piraña”, que así se llamaba el viejo, oyó hablar un día de un colega suyo apodado “Mano Dura”, de quien se decía que era el Rey de los Avaros.

Quiso comprobarlo por sí mismo, y se trasladó al pueblo donde vivía “Mano Dura”.

Cuando tocó la puerta de su cabaña, el as de los avaros acababa de levantarse.

— ¡Buen día, amigo “Mano Dura”! —le dijo “Piraña”, como si fuera un viejo amigo suyo.

— ¡Bienvenido a mi casa! —Respondió el colega anciano—. Tendrás que disculparme unos segundos, mientras me hago el aseo.

— Tómate el tiempo que quieras —replicó “Piraña”.

— No mucho, porque el tiempo es oro —dijo, sonriendo irónicamente, “Mano Dura”.

El Rey de los Avaros fue al lavabo, hizo caer unas gotas de agua y con ellas se lavó la cara y los ojos. Luego, se peinó los hirsutos cabellos con los dedos de su mano abierta.

Terminado el breve aseo, “Mano Dura” se sentó en el suelo sobre la estera, invitando a su visitante a que hiciera lo mismo.

— Tú dirás, estoy a tus órdenes —dijo luego al forastero.

—He oído hablar de tu inigualable virtud de ahorrar y quiero tomar algunas lecciones de tu ciencia. A cambio, te enseñaré algunos de mis secretos.

— Bien —sonrió “Mano Dura”—. ¿Has desayunado? Pues hoy tengo el gusto de invitarte a desayunar. El ahorro nunca debe estar reñido con la cortesía.

Y los dos avaros se dirigieron al mercado para servirse un buen desayuno. Pero, al pasar por la panadería, preguntó “Mano Dura” al panadero:

— ¿Tiene hoy buen pan?

— Tan suave como la manteca —respondió el interpelado.

— ¿Qué te parece, amigo “Piraña” —dijo “Mano Dura” a su compinche—, si compramos mejor un poco de manteca en vez de pan?

Fueron a comprar la manteca para desayunar. “Mano Dura” dijo a la vendedora:

— Buenos días, señora. ¿Tiene Ud. buena manteca?

— Tan fina como el aceite —contestó la mujer.

— ¿Qué te parece? —Preguntó “Mano Dura” a su camarada—. Puesto que el aceite es tan fino como la manteca podemos comprar aceite.

— ¿Es bueno tu aceite? —preguntó “Mano Dura” al aceitero.

— Desde luego, y tan puro como el agua —respondió el vendedor de aceite.

— ¿Qué te parece, camarada? —Dijo “Mano Dura” a su cofrade—. Puesto que el agua es tan pura como el aceite, vamos a desayunarnos a la fuente cercana.

Y a la fuente se fueron los dos avaros, muy satisfechos de haber encontrado un desayuno tan increíblemente económico. Mezclados con asnos, caballos y mulos, se desayunaron en el abrevadero. Bebieron como unos hidrópicos, y luego se despidieron con grandes muestras de afecto los inefables avaros.

“Piraña” regresó a su pueblo satisfecho de haber conocido y comprobado que, efectivamente, su colega bien merecía el título de “Rey de los Avaros”.

Autor: Anónimo
La Paz, 17 de Junio del 2014
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