El Príncipe Feliz

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Cuando concluyó la ceremonia de bendición de la estatua levantada en una ciudad al Príncipe Feliz, dijo el Alcalde:

— Opino que la estatua es hermosa. Es lo único que hemos podido hacer en memoria del Príncipe Feliz. ¡A quién se le ocurre morirse tan joven, gozando de comodidades en su magnífico palacio! Que descanse en paz y que Dios lo tenga ya en su reino. Amén.

— Amén —contestaron todos los concurrentes al acto, y luego se fueron a sus casas comentando las virtudes del príncipe fallecido y la hermosura de la estatua.

La plaza quedó desierta y las hojas de los árboles, arrastradas por el viento de otoño, acariciaban el rostro de la estatua.

Todo era rara quietud y hacía frío. La estatua quedó sola, alzándose majestuosa en medio de la plaza. Los dos preciosos zafiros que eran sus ojos y un enorme rubí que había en el pomo de la espada, brillaban con vivísimos fulgores.

De pronto, en medio del silencio, se oyó el suave vuelo de una golondrina solitaria. Se posó exhausta sobre un hombro de la estatua del Príncipe Feliz. Apenas hubo acurrucado su cabecita bajo el ala, empezó a caer una fina lluvia sobre ella hasta empaparla.

— ¡Qué raro! —exclamó—. No hay una sola nube en el cielo y, sin embargo, llueve. Debo irme de aquí.

— No te vayas, golondrina— le suplicó la estatua.

— ¿Quién eres y por qué lloras? —le preguntó la avecilla.

— Soy el bronce que conmemora al Príncipe Feliz. Cuando estuve vivo en este mundo, jamás supe lo que era el dolor, pues siempre fui dichoso.

— Con razón te llamaban el Príncipe Feliz —comentó la golondrina.

— Siempre hice el bien a mi prójimo —prosiguió la estatua—, y aún en mi estado de bronce, anhelo seguir haciendo el bien. A propósito, mira: en una choza vive una pobre costurera, que tiene un hijo enfermo con fiebre y pide naranjas. Pero como su madre no tiene dinero, ¿quieres llevarle el rubí del pomo de mi espada?

La golondrina arrancó el rubí y, en raudo vuelo, llegó a la humilde vivienda de la costurera y puso la piedra en su regazo.

Cuando, a la mañana siguiente, la golondrina fue a despedirse de la estatua, ésta le rogó:

— No te vayas, buena amiga y hazme otro favor. Al otro lado de la ciudad hay un joven estudiante que se muere de frío. Arranca uno de mis ojos y llévaselo, pues es un valioso zafiro. Podrá venderlo y obtener así dinero para suplir sus necesidades.

La avecilla arrancó el ojo a la estatua y se lo llevó al estudiante pobre. Éste recibió el zafiro, lo vendió y pudo así salir de su difícil situación.

Cayó la primera nevada. El otoño tendió su blanca alfombra de nieve. Y la golondrina tuvo que acogerse al abrigo de la estatua del Príncipe Feliz. Mientras nevara, era imposible para ella volar hacia el sur a juntarse con sus compañeras.

Cuando pasó la nevada, la avecilla dijo a la estatua:

— Príncipe Feliz: no puedo esperar más. Mis compañeras deben estar ya junto al río Nilo, gozando del cálido sol de África. Tengo pena de irme porque te he tomado cariño, y tus penas las siento como las mías. Pero aquí no puedo pasar el invierno; me moriría de frío.

— ¿Y quién me ayudará a socorrer los dolores de la ciudad, que desde esta altura contemplo continuamente? —preguntóle la estatua—. Mira esa niña que vende fósforos; ha hecho caer al río sus cerillas, y llora porque su padre la golpeará. Te ruego que me arranques el último ojo que me queda y llévaselo.

La golondrina arrancó el otro ojo de la estatua y se lo llevó a la afligida niña.

— ¡Qué cristal tan fino!— exclamó la pequeña.

— Por esta piedra preciosa te darán mucho dinero díjole la avecilla.

Cuando volvió la golondrina a posarse en el hombro de la estatua, díjole ésta:

—Adiós, amiga mía. Muchas gracias por haberme ayudado a hacer el bien. Vete a gozar el ardiente sol de África. Yo seguiré aquí sufriendo con el infortunio de los pobres.

— No me iré —expresó la golondrina—. Ahora que estás ciego, necesitas mi ayuda y yo te la brindaré.

Desdichadamente, una fría mañana amaneció muerta la pobre golondrina al pie de la estatua. Y como el intenso frío hiciera rajar la estatua, fue llevada ésta al horno de una fundición; pero como no podía fundirse su corazón, fue arrojada a la basura, en que yacía la golondrina muerta.

Después de lo ocurrido, dijo nuestro Padre Celestial a un ángel que le llevara las dos cosas más valiosas de la ciudad.

Y el ángel le llevó, sin vacilar, el corazón de la estatua del Príncipe Feliz y el inerte cuerpo de la buena golondrina.

— Elegiste muy bien —dijo el Creador—. La golondrina volará y cantará eternamente en los jardines del Paraíso, y el noble príncipe tendrá un lugar cerca a mi trono celestial.

Autor: Oscar Wilde
Publicado por: Ohslho
La Paz, 20 de Mayo del 2014
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