El Pato de Oro

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En un remoto país, hubo una agraciada princesa que se llamaba Alegría; pero paradójicamente, era muy triste, no obstante las fiestas que había en palacio de su padre, el rey.
Esta constante tristeza que se reflejaba en el rostro de la bellísima joven, era la preocupación permanente de su padre, quien trataba por todos los medios de alegrarla.
Un día, el rey hizo pregonar un bando por el cual ofrecía la mano de Alegría al joven que fuera capaz de hacerla sonreír. Desde aquel día, los pretendientes llegaron por docenas. Unos hacían las más graciosas piruetas; otros, relataban los más ingeniosos chistes; otros, efectuaban las más inverosímiles pruebas de magia; pero nadie logró arrancar de la joven la más ligera sonrisa.
Una mañana, un joven aldeano, muy bien parecido, se propuso hacer sonreír a la princesa y, al emprender su marcha hacia el castillo real, se encontró con una anciana hada, quien le dijo.
Si quieres hacer reír a la princesa, llévate este pato de oro.
El joven, agradeciendo el obsequio, prosiguió su camino rumbo al palacio, hasta que
llegó a una posada.
El posadero tenía tres hijas. Una de ellas, la más atrevida, cogió una ala de pato, pero se le quedaron sus dedos pegados. Fue la otra hermana en ayuda de la primera y, apenas tocó el hombro de su hermana, quedó también pegada; y lo mismo sucedió con la tercera, que fue en auxilio de sus hermanas.
El joven cogió el pato para seguir su camino y, como las tres hermanas no podían despegarse, no tuvo más remedio que llevarlas en sarta. Al salir al campo, se encontraron con el cura de la parroquia, quien le dijo:
¿Por qué vais detrás de ése joven, haraganas? Mejor estaríais fregando los platos. ¡Ea, idos a casa!
El señor cura cogió a una de las muchachas tratando de apartarla, pero en cuanto la tocó, quedó inmediatamente pegado, y no tuvo más remedio que seguir andando detrás. Un poco más adelante, encontraron al sacristán.
¿Dónde va usted así, señor cura? dijo. ¿Ya no se acuerda que tenemos hoy una boda?
Y quiso detenerle, cogiéndole la sotana, pero quedo también pegado, y así fueron todos detrás del joven del pato de oro. El sacristán se puso a dar gritos de auxilio, y unos labradores al querer ayudarles, quedaron, asimismo pegados.
Todos iban andando, formando la procesión más cómica que jamás se haya visto, y llegaron así a palacio. En cuanto se presentó el joven del pato de oro y sus acompañantes pegados unos detrás de otros, se rió tanto la princesa, que parecía que jamás acabaría su risa. 
El rey, para no cumplir su promesa, pidió al joven un barco que navegara tanto en agua como en tierra. El muchacho solicitó permiso para ir unos instantes al bosque, a lo cual accedió el rey, y en un claro de la arboleda encontró a la anciana hada, a quien expuso la petición hecha por el rey. El hada le dijo que tal barco ya estaba a la orilla del mar, y que si quería sacarlo a tierra, podía hacerlo sin temor, pues tenía adaptadas unas ruedas debajo de la quilla.
Cuando el rey comprobó que la nueva condición había sido cumplida por el joven, no tuvo más remedio que concederle la mano de la princesa.
La cadena humana de los pegados se rompió, y pocos días después se realizó la boda. El joven y la princesa fueron muy felices y la princesa vivió contagiando alegría, haciendo honor a su nombre.
La Paz, 19 de Enero del 2013
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