ElMendigo del Tatio

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Esta es la historia del mendigo Misho (en quechua significa: el hijo del elegido). Éste mendigo harapiento rondaba día tras día las arcas del rey Honoc, en la Ciudad del Tatio (Tatio viene del vocablo tata-iuuu que en quechua significa: el abuelo que llora). A la entrada de las arcas solía posarse con su caneco y una sonaja en la mano para llamar la atención de los peatones.
 
El Mendigo del Tatio
Vivía en una cueva, a la salida de la ciudad, junto al oscuro camino. Pero, de día, mientras deambulaba alrededor del arca, solía observar los jardines de los vecinos y gozaba de la luz del sol.
 
Había días en que sentía con demasía la pobreza y la mísera vida que llevaba en su propio cuerpo.
A la hora de las comidas iba de casa en casa para mendigar su ración. Era un tipo conocido por todos, inofensivo, cuyo trabajo era solo mendigar día tras día. La gente de la Ciudad del Tatio solía ser muy rica; sus casas eran hechas de oro y plata, como cuenta el mito. Realmente esa gente debió de vivir en una abundancia tal que el mendigo solía recibir de los magnates monedas acuñada en planchas de oro.
Pero aún así los días del mendigo eran tan monótonos que, día que pasaba, por la tarde, su caneco de metal pesaba más de la cuenta. Entonces, al no tener suficientes fuerzas como para trasladar a su cueva, de forma casi mágica, solía dejar en las laderas del arca del rey. Y más tarde venían los bandidos del norte y se llevaban todo el recaudo del mendigo.
Esta rutina acontecía todos los días. De modo que el mendigo no lograba juntar lo necesario como para sobrevivir y se pasaba la vida mendigando.
Sin embargo sucedió una mañana que se abrieron de par en par las puertas del arca del rey. Entonces salió el rey, resguardado por sus guardianes, y se acercó al mendigo y le pidió una limosna. El mendigo se quedó atónito y completamente sorprendido tumbó su caneco. El plato cayó en el suelo y, en él, se abrió una puerta de entrada hacia su propio tesoro. Como el recinto le parecía tan familiar y tan conocido el hombre descendió en ella y el rey, junto a su séquito, se retiró del lugar. Así es como el mendigo se encontró con su propio tesoro.
 
‘Donde estás tú, ahí está tu tesoro, tu corazón’. Entre ser mendigo y ser rey no hay mucha distancia pues, tanto lo uno como lo otro, están a la vuelta de la esquina. Rey y mendigo no es sino como las dos caras de una misma moneda. En la vida solo necesitas conocer el maestro interior para dar con tu tesoro. Ese maestro no está lejos, está donde tú estás. En el lugar donde estás mendigando, justo ahí, está tu tesoro.
 
Ohslho
La Paz, 12 de Noviembre del 2011
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