El Leñador y el Ogro

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Un leñador, viéndose achacoso y viejo, decidió pagar sus deudas y así morir en paz. Tenía tres hijos que jamás le habían ayudado. A ellos les ordenó que cortasen madera en el bosque, para venderla y liquidar sus deudas.

El hijo mayor, tras mucho rezongar, fue al bosque a cortar algunos árboles. Pero apenas descargó unos hachazos, surgió de la espesura un ogro que se abalanzó sobre él.

– ¡Si cortas mis árboles, te mataré! –rugió el ogro.

El joven arrojó el hacha, echó a correr más veloz que una liebre, llegó jadeante a casa y contó lo que le había sucedido. El padre le dijo que era un cobarde y que a él jamás le habían asustado los ogros.

El segundo hijo fue también al bosque y le ocurrió exactamente lo que al primero. De modo que, cuando el ogro dijo:

– “¡Te mataré si sigues cortando mis árboles”, el muchacho echó a correr como su hermano, sólo que más veloz.

Su padre le reprochó por su cobardía y repitió que él en su juventud jamás se había amedrentado ante un ogro.

Al tercer día se alistó para ir al bosque el menor de los hermanos. No se enfadó lo más mínimo por la burla que le hicieron sus hermanos, y sólo pidió a su madre que le llenara el zurrón con pan y un queso. Provisto esto, el joven se puso en camino rumbo al bosque.

Llevaba un buen rato derribando árboles, cuando surgió el ogro de la espesura, quien gritó:

– ¡Si cortas mis árboles, te mataré!

Pero el muchacho no se amedrentó; cogió el zurrón y sacó el queso, al cual oprimió con tal fuerza, que hizo escurrir su suero, ante el asombro del ogro.

– ¡Si no te estás quieto, te estrujo como a esta piedra blanca! –gritó el joven.

El monstruo, creyendo que era piedra lo que el joven estrujaba entre sus manos, gimió suplicante:

– ¡Ten piedad de mí y yo te ayudaré en lo que pueda!

El rapazuelo lo perdonó con aquella condición, y como el ogro era diestro en derribar árboles, abatió varias docenas durante el día. Al llegar la noche, dijo el ogro:

– Será mejor que vengas a mi casa, pues la tuya está lejos.

El joven accedió, y cuando llegaron a casa del ogro, éste se puso a encender fuego, mientras aquél se aprestaba a traer agua para cocinar las patatas. Pero los dos cubos pesaban mucho y no pudo moverlos. Entonces dijo al ogro:

– ¡No vale la pena llevar estos dedales! Mejor traeré al pozo aquí.

– ¡Oh, no, por favor! –suplicó el ogro–. No puedo quedarme sin el pozo. Enciende tú el fuego y yo iré por agua.

Cuando el ogro trajo el agua, cocinaron las patatas. Luego dijo el muchacho:

– Te apuesto lo que quieras que yo como más que tú.

– ¡Aceptado! –dijo el ogro, pues creía fácil ganarle pero el sabido joven se ató el zurrón sin que el monstruo se diera cuenta, y echó en él más papas que a su boca.

Cuando el zurrón estuvo lleno, hizo en él un corte con un cuchillo.

– Ya no puedo más! –gritó el ogro, luego de un rato.

– ¡Si puedes soportar como yo, hazte un agujero en el estómago! –le aconsejó el listo muchacho.

El ogro se hizo un corte en el vientre, pero expiró por la hemorragia. El joven cogió todo el oro del finado y regresó campante a casa. Su padre liquidó con este oro todas sus deudas y vivieron, desde entones, gozando de bienestar.

Publicado por: Ohslho
La Paz, 13 de enero del 2015
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