El Jardín del Paraíso

Este era un inteligente príncipe, que había estudiado mucho de Geografía, de modo que conocía exactamente dónde se encontraban todos los lugares del mundo.
Lo único que atormentaba al príncipe era no poder precisar la ubicación del Paraíso Terrenal, no obstante haber revisado muchos libros. Por eso, decía a menudo:
– Si yo hubiera estado en el Paraíso Terrenal, Adán y Eva no habrían pecado.
Como este modo de pensar acusaba cierta soberbia del príncipe, Dios le dio una lección. Un día, en que paseaba por el bosque, se desencadenó una violenta tempestad. Completamente mojado, encontró una gruta, a cuya entrada estaba sentada una mujer de gran estatura, que le dijo:
– Pasa adelante  y toma asiento al lado del fuego.
El joven replicó:
– Aquí hay mucha corriente de aire.
– ¿Corriente de aire? –río la mujer–. La cosa se agravará cuando vengan mis cuatro hijos, que son los vientos.
Confirmando sus palabras, se presentó el viento Norte.
– Vengo del Ártico –dijo–. He visto a los hombres cazar morsas, y a los osos blancos luchar por su existencia.
– Vengo de la augusta soledad de los bosques –dijo el viento Oeste, que acababa de entrar–. Por discreto no les cuento sus íntimas historias…
– Cuando cruzaba el desierto –dijo el viento Sur cuando entró–, me he encontrado con una caravana, a la que he sepultado para siempre con montones de arena.
– ¡Eso es crueldad y te voy a castigar metiéndote en un saco de cuero!
– dijo la madre, y como lo anunció, lo hizo.
– ¿Fuiste al Jardín del Paraíso? –preguntó luego–, cuando entró el viento Este.
– No he podido ir; mañana lo haré –contestó el hijo.
El príncipe lo suplicó, entonces, que lo llevara consigo. El viento Este le dijo con mucho gusto, pero que debía ir a dormir, por lo pronto.
Cuando el príncipe despertó a la mañana siguiente, hacía ya el tiempo volaba sobre la espalda del viento Este. Cruzaban sobre exóticos países, cuando el viento exclamó:
– ¡Abrígate!
El joven se envolvió con su capa y en ese instante ingresaron a una oscura galería, en la que soplaba un viento frio. Luego, entraron en una amplia gruta llena de luz. Era el Paraíso Terrenal, en  medio del cual discurría un rio de claras aguas.
De pronto emergió del follaje una bellísima hada, seguida de muchas mujeres vestidas de vaporosos trajes y que llevaban  una estrella en la frente.
– Seguidme –les dijo el hada–. Os llevaré a mi palacio.
Dentro del palacio les mostró una cristalera, en la que se veían representados todos los hechos acaecidos en el orbe; un lago de cristalinas aguas, surcado por un bote, desde el cual podían verse fascinantes países.
– ¿Quieres quedarte aquí para siempre?… ¿Sí? –dijo el hada–. Para eso tendrás que salir airoso de una prueba. Esta noche, cuando brillen las estrellas en el cielo, te pediré que vengas conmigo al pie del árbol del Bien y del Mal. No debes seguirme, por más que yo insista. Si desobedeces, serás expulsado, para siempre de este hermoso lugar.
El príncipe dio su palabra de seguir sus instrucciones; pero en la cena bebió deliciosos vinos, perdió la cabeza y cuando la bella hada lo invitó a seguirla, el joven fue tras de ella, sin tener fuerza para resistirse… De inmediato, rugió un tremendo trueno y el hada y el Paraíso Terrenal desaparecieron. Cuando volvió en sí, el príncipe se vio en la gruta de los cuatro vientos.
– ¿Y tú afirmabas que no pecarías en el Paraíso Terrenal? –le reprocho riendo la alta mujer.
La Paz, 25 de Mayo del 2013

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