El Hombre del Polo

Aquella animosa tripulación se había empeñado en arrancar secretos al Ártico, en las inhóspitas regiones del gélido Polo Norte.
Navegaban en una excelente embarcación especial y todos los marineros sonreían optimistas, incluso Dino, el pequeño grumete, pensando en el blanco paisaje polar.
Sin embargo, sus sonrisas se helaron, cuando se encontraron en medio del Océano Glacial Ártico. Se había desencadenado una furiosa tempestad y el viento frío los dejó sin respiración. De un desbordante optimismo, se había pasado a la posibilidad de perder la vida.
Cuando Dino leía un libro de oraciones, el barco se estremeció bruscamente y el pequeño grumete rodó por el piso de su camarote. En ese momento, oyó fuertes gritos afuera:
— ¡El barco ha chocado y hace agua! ¡Tenemos que abandonarlo!
Dino subió precipitadamente a cubierta y vio a los tripulantes saltar a los témpanos y huir enloquecidos por el pánico. Él hizo lo mismo, y pronto tuvo que correr y saltar de un témpano a otro, con el libro de oraciones apretado contra su pecho.
Cuando se acordó de sus compañeros y miró a su alrededor, no los vio por parte alguna. ¡Se habían perdido en el helado desierto!
— Hace un frío terrible —se dijo Diño— y buscaré cobijo para poder pasar esta noche. En caso contrario, me quedaré tan rígido y helado como un trozo de hielo. .
Mientras así pensaba, dirigía sus pasos hacia una blanca montaña, con la esperanza de encontrar una cueva donde guarecerse. Estando ya en sus proximidades, surgió ante él la impresionante figura de un esquimal, cubierto por completo de gruesas pieles.
Era la primera vez que Diño veía un esquimal y recordó que alguien dijo que era gente que comía carne cruda… Pero, ¿qué clase de carne? Ah, eso era lo que más le preocupaba al grumete en ese instante.
— ¡Jo, jo, jo! —Rió roncamente aquel hombre—. ¡Quien no es esquimal, es enemigo del esquimal! ¡Eres mi prisionero, enano!
— No soy enano, sino un niño —replicó Diño, sereno—, Y el libro que llevo en mis manos dice que todos los hombres deben tratarse como hermanos, incluso los esquimales.
Aquellas palabras sonaron a cosa nueva en los oídos del esquimal, y como éste era muy curioso, pensó:
— Tengo tiempo para matar a éste intruso. Ahora debe aclararse lo que acaba de decirme, pues no lo he entendido. ¡Me han interesado tus palabras! —dijo, luego, en voz alta—. Ven conmigo a mi cueva, niño.
Cuando llegaron al hogar del esquimal, todos se acomodaron en el piso de hielo, sobre gruesas pieles de oso, para escuchar al extraño niño. Éste comenzó diciéndoles:
— Todas las razas de la Tierra son hermanas: negros, blancos, amarillos, cobrizos… todos son hermanos. Dios, el creador, así lo ha querido y así debe ser.
El esquimal rogó a Dino que le hablase de Dios. Y el grumete, como un inspirado predicador misionero, les explicó cómo fue creado todo el mundo y después cómo sufrieron los hombres con el diluvio universal, en castigo a su maldad. Luego, les contó cómo vino al mundo el Niño Jesús, el Salvador de la humanidad.
Los esquimales lo escucharon atentamente y lo referido por Dino no sólo les encantó, sino que los transformó, de modo que cuando terminó de hablar, ya nadie pensaba en matar a otro hombre, ya que todos eran hermanos.
El esquimal jefe de familia se puso en pie, invitó al muchacho a subir a su trineo para conducirlo a un lejano poblado. Antes de despedirse, el hombre del polo hizo prometer a Dino que lo visitara siquiera una vez al año, para que les contara bellas historias del Niño Jesús, sus milagros, su pasión y su cruento sacrificio en la Cruz, en su noble intento de salvar a la humanidad…
 
Publicado por: Ohslho
La Paz, 28 de Febrero del 2014
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