El Flautista de Hamelin

Hamelín era una ciudad tranquila, con sus tejados de pizarra y floridos balcones; cruzada por un río y rodeada de altas colinas. 

La ciudad vivía una etapa de paz, hasta que apareció una plaga de ratones que invadió todas las casas. Desesperado el Alcalde, dictó un Bando en el que ofrecía mil marcos a quien lograse librar a la ciudad de tan asquerosa plaga.

Pasaron muchos días sin que nadie se presentase con el remedio, hasta que apareció un extraño personaje, delgado y alto de cuerpo, vestido pobremente con una larga capa que ocultaba sus delgadas manos, en una de las cuales llevaba una flauta.

Así llegó al Municipio y pidió hablar con el Alcalde, para quien traía la salvación de la urbe. El hombre propuso:
 
Señor Alcalde, yo traigo el secreto para libraros de los ratones. Pero soy pobre y deseo saber cuánto me daréis en recompensa.
 
El alcalde contestó:
 
He ofrecido mil marcos a quien nos librase de ellos.
El flautista dijo:
 
Aceptado. Antes del anochecer, hoy mismo, no quedará ni un solo ratón en Hamelín.
 
Y saliendo del Ayuntamiento, el flaco personaje se dirigió a la plaza mayor y allí comenzó a tocar una bella melodía con su flauta.
 
Cuando las gentes ya empezaban a desconfiar del hombre, al fin, apareció un ratoncillo, se acercó curioso al flautista y se sentó a sus pies, muy embelesado. Dentro de poco se asomó otro ratón, luego otro y otro, hasta que vinieron tantos, que fue imposible calcular la cantidad.
 
Todos iban sentándose alrededor del flautista, quien tocaba incansablemente. Cuando hubo cientos de miles de ratones, el hombre se puso de pie y se encaminó resueltamente hacia el río.
 
La gente alertó:
 
¡Va al río! ¡Se ahogará!
 
El flautista, avanzó hacia el río, sin dejar de tocar. Llegó a la orilla y, como si el agua no mojase, siguió avanzando sumergiéndose hasta la cintura. Pero siguió tocando su flauta.
 
Y entonces sucedió algo curioso. Los ratones, atraídos por la música, se metieron al agua tras él y, como no sabían nadar, a medida que iban a la otra orilla, no quedó vivo un solo ratón, pues todos flotaban en el agua panza arriba.
 
El pueblo comenzó a lanzar aclamaciones para el salvador de la ciudad, el cual volvió a cruzar el río y, chorreando sus vestidos y capa, se dirigió al Municipio seguido de todos los pobladores que querían llevarlo en hombros.
 
El Alcalde salió a recibirlo a la puerta, con visible muestras de alborozo. Dijo:
 
Pasa, buen hombre, y, ante todo, seca tus vestidos, come y bebe.
 
Una vez que hubo secado sus ropas nuestro músico, el burgomaestre le hizo entrega de una bolsita de cuero. El hombre la abrió y comprobó que sólo había cien marcos. Entonces reclamó:
 
Señor: ¡esto no es lo convenido! Me ofrecisteis mil marcos y espero que cumpláis.
 
El Alcalde le gritó:
 
— ¡Insolente! ¡Tramposo! ¿Dónde se ha visto tal exigencia sólo por soplar un rato una vieja flauta? ¡Vete ahora mismo y agradece mis cien marcos, si no quieres que te haga expulsar con mis guardias!
 
El hombre salió del Ayuntamiento, diciendo:
 
— ¡Te arrepentirás de lo que has hecho conmigo!
 
Acto seguido el flautista cruzó la ciudad y llegó al parque, donde estaban jugando casi todos los niños del pueblo. Allí se detuvo. Sacó la flauta y comenzó a tocar una bellísima melodía. Los niños detuvieron sus juegos y se quedaron extasiados escuchando la música. Luego, fueron acercándose al hombre que tocaba sin cesar. El resto de niños de la ciudad iba llegando también, hasta que no quedó en las casas ni uno solo.
 
Entonces el flautista empezó a andar lentamente, hacia la salida del parque. El hombre apuró el paso y los niños lo siguieron.
 
La gente adivinó aterrada por lo que comenzaba a suceder con los niños. Empezaron a llamarlos a gritos desde los balcones, terrazas y ventanas, pero en vano. Los niños parecían embrujados y seguían al flautista que se dirigía al río.
 
La multitud gritaba: 
 
— ¡Los va a ahogar en el río! ¡Los va a ahogar en el río!
 
Pero no fue así. Al llegar al río, el hombre torció a su derecha y se dirigió hacia la colina más alta.
 
La gente volvió a gritar:
 
— ¡Están salvados! ¡No van al río!
 
Llegado a la colina el músico comenzó a trepar y todos los niños lo seguían. ¿Todos? ¡No! Un chiquitín cojito que avanzaba saltando sobre su muleta, se iba quedando atrás.
 
Cuando el flautista llegó a la cima de la colina, se abrió un enorme boquete y en él desapareció. Los niños iban desapareciendo también, entre los gritos desgarradores de sus madres y de todos los moradores de la ciudad.
 
El cojito, al llegar a la cumbre, vio que el boquete se cerraba sepultando a sus compañeros. La consternación más grande se extendió por todo Hamelín y, por doquiera, sólo se oían lamentos.
 
El Alcalde se tuvo que fugar, pues todos lo hacían responsable de la desgracia por su tacañería.
 
El cojito fue acogido por las madres como el hijo de todas. Lo colmaban de caricias y regalos: pero él estaba muy triste porque no tenía con quién jugar.
 
Un día subió a la cumbre del cerro y allí, cansado, se sentó sobre la hierba y se puso a recordar los tiempos en que compartía los juegos de los niños desaparecidos. De pronto, vio que algo brillaba ante él. Se levantó penosamente y se acercó al objeto, que resultó ser la flauta del aciago personaje. El cojito la limpió cuidadosamente, la llevó a sus labios y, como tenía buena memoria, trató de tocar la melodía del flautista.
 
Apenas sonaron las primeras notas, notó que la tierra se movía bajo sus pies. Siguió tocando y, ¡oh maravilla!, la colina se abrió poco a poco y, en seguida, apareció uno de sus amiguitos. Luego otro y otro, hasta que todos los niños, sin faltar uno, fueron saliendo; rodearon al cojito y le sonreían felices de haber sido desencantados.
 
En seguida, todos los niños se dirigieron a la ciudad. Los adultos, al verlos, lanzaban gritos de júbilo y echaron las campanas al vuelo. Y todos abrazaban y besaban a sus niños llenos de inmenso entusiasmo.
 
El cojito fue tratado como héroe y, en hombros, fue llevado hasta el Municipio, donde el nuevo Alcalde lo saludó agradecido, haciéndole entrega de mil marcos. 
 
La flauta fue quemada en una fogata hecha en la plaza. 

Y, desde aquel día, Hamelín volvió a ser la ciudad feliz y tranquila, sin ratones y sin tacaños.

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