El Arbol Magico

(Una Metáfora del Amor)

 
Era un antiguo y mágico árbol, cuyas ramas se extendían hacia las alturas del cielo. En la estación de las flores y frutos solían llegar a él mariposas, abejas, picaflores, de todos los tamaños y colores.
 
Sus ramas, como manos extendidas, bendecían a todos los que acudían a sentarse bajo su sombra entre ellos un niño. El niño jugaba bajo su sombra todos los días tanto que, con el correr del tiempo, el gran árbol se encariñó con el pequeño. Las ramas, como es natural, eran altas pero se inclinaban hacia el chaval para que éste pudiera coger sus flores y frutos.
 
El niño juguetón y travieso se acercaba a él, cogía las flores para jugar, y lucir una corona de flores en sus danzas infantiles, tomaba los frutos para comer, a veces dormía en su regazo, actuaba como un rey en su dominio, fue creciendo y, pronto, aprendió a trepar sobre él para balancearse en sus ramas, y el árbol se llenaba de inmensa alegría al sentir que el niño descansaba sobre sus sarmientos.
 
Conforme fue creciendo el pequeño recibió el peso de nuevas tareas y, con ellas, surgió en él la ambición. Tuvo que pasar exámenes, consiguió amigos con quienes conversar y curiosear, y dejó de frecuentar con el árbol. Pero el árbol le esperaba con ansias, desde su alma le llamaba: “¡Ven, ven, te estoy esperando! Se sentía triste cuando el niño no venía. Sin embargo, el niño, como fue creciendo más y más, solía visitar cada vez menos al árbol pues, ahora, se hallaba absorto con asuntos mundanos.
 
Un día, cuando el muchacho pasaba muy cerca de él. El árbol le dijo:
 
-Te espero siempre, pero ya no vienes. ¿Qué te sucede?
 
El muchacho respondió:
 
-¿Y por qué debería venir? ¿Acaso tienes algún dinero para darme? No, ¿verdad? Ahora, yo, estoy buscando dinero.
 
El árbol, sorprendido, interrogó:
 
-¿Vendrás únicamente si te doy algo?
 
El muchacho contestó:
 
Por su puesto. En otro caso ¿para qué tendría que visitarte? Pero, como veo que eso no te será posible, iré donde haya dinero. Necesito dinero.
 
El árbol pensó unos instantes y declaró:
 
-No vayas a ningún otro lado. Recoge mis frutos y véndelos en el mercado, y obtendrás dinero con ello.
 
El chaval se entusiasmó e inmediatamente se trepó al árbol y cogió todos los frutos. El árbol se sintió contento, aun cuando algunas ramas y varillas se rompieron; aun cuando cayeron algunas hojas al suelo.
 
Luego, por mucho tiempo, el muchacho no regresó. Pues, ahora, tenía dinero y estaba ocupado en hacer más dinero con las ganancias obtenidas. Entre tanta ocupación, se había olvidado totalmente del árbol. Pasaron los años y el árbol se ponía cada vez más triste, pero anhelaba el regreso del muchacho como una madre ansía el regreso de un hijo perdido. Una agónica esperanza se apoderó del árbol.
 
Sin embargo, después de muchos años, el muchacho, que ahora era ya un hombre, vino a ver al árbol.
 
El árbol, al ver al chico, exclamó:
 
-¡Ven, mi niño, niño de mi alma. Ven, abrázame!
 
El joven contestó:
 
-¡Déjate de sentimentalismos! Eso es cosa de niños y de madres. Yo ya no soy un niño.
 
Pero el árbol le invitó:
 
-¡Ven! Balancéate sobre mis ramas. Danza. Juega conmigo una vez más.
 
El muchacho respondió:
 
-¿Qué? ¡Déjate de cosas infantiles! Ahora deseo construir una casa, pues pronto me casaré. ¿Acaso Tú puedes darme una casa?
 
El árbol dijo:
 
-¿Una casa? Yo vivo sin una casa. Pero si eso es lo que quieres, puedes disponer de mis ramas y con ellas construir tu casa.
Sin esperar mucho, el hombre trajo un hacha y cortó todas las ramas del árbol. El árbol quedó ahora no más que un tronco desnudo, pero esto no le causaba ningún fastidio o cosa parecida, al contrario, se sintió tremendamente contento aunque todos sus miembros fueron cortados.
 
El hombre se llevó consigo todas las ramas, construyó su casa y los días se convirtieron en años.
 
Ahora el tronco comenzó una larga espera; esperó y esperó. Deseaba gritar, hablar, enviar un mensaje a través del viento que soplaba, pero no tenía suficientes fuerzas como cuando estaba completa. Pero, aún así, en su alma solo latía una plegaria:
 
-¡Ven, ven, niño de mi alma!
 
Pero no ocurría nada. El tiempo pasó, y el hombre era ahora un anciano. Una vez estaba pasando por allí y se detuvo junto al árbol.
 
El árbol preguntó:
 
-¿Qué más puedo hacer por ti? Has venido después de mucho tiempo.
 
El anciano replicó:
 
-¿Qué más puedes hacer? Quiero viajar al extranjero para ganar más dinero, pero el problema es que necesito un bote para viajar.
 
Y con alegría el árbol dijo:
 
-Pero, eso no es un problema, querido hijo. Corta mi tronco y haz un bote con él. Estaré muy contento de ayudarte a que viajes a países lejanos a ganar más dinero. Pero, por favor recuerda que siempre estaré esperando tu regreso.
 
Sin pensarlo dos veces, el hombre trajo una sierra, cortó el árbol, fabricó un bote y se fue.
 
El árbol se quedó convertido en una pequeña cepa, sin nada que ofrecer, pero una alegría infinita inundó todo su ser aunque, a su vez, comenzó también una espera larga, una espera que espera el regreso de su amado.
 
Así es el amor. No hay palabras para explicar. El amor lo da todo, hasta lo último. El amor es siempre un dar hasta las últimas consecuencias. No se reserva nada, simplemente, lo da todo.
 
Ohslho
La Paz, 22 de Septiembre del 2010
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