El Almendro

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Hace mucho tiempo, vivían en un hogar una cariñosa madre, un sacrificado padre y un niño que era la delicia de los dos. Como el chico era objeto de los mimos de sus padres, creció muy engreído.

La madre murió víctima de una rara dolencia, y viéndose el padre solo y joven, se casó nuevamente.

El pobre niño sufrió mucho con la muerte de su madre, y mucho más por el mal trato que le daba su madrastra.

Esa situación se agravó cuando el matrimonio tuvo una niña, pues mientras la madrastra complacía todos los caprichos de su hija, al niño le privaba de todo.

Sin embargo, el niño tenía como compensación el cariño de su hermanita, quien compartía con su medio hermano todo lo que ella recibía.

Un día, estaba la madrastra guardando unas manzanas en un baúl, cuando el niño le dijo:

— Mamá, ¿me puedes dar una manzana?

— Ven —le replicó la mujer—; cógela tú mismo.

Como la mala señora vio propicia la ocasión para consumar su aciago deseo, dejó caer la tapa del baúl con tal fuerza, que mató al pobre niño. La pequeña se puso a llorar, pues quería mucho a su hermanito; pero su madre la hizo callar. Arrastró con dificultad el cadáver del niño y lo enterró al pie de un almendro cerca de la playa.

Cuando el marido volvió a casa e indagó por su hijo, su mujer le dijo que lo había mandado de compras a la ciudad y que tardaría en regresar. La niña, por su parte, no hacía otra cosa que llorar y llorar, arrodillada al pie del almendro.

Hasta que, un día, cuando las suaves brisas marinas silbaban su canción entre las ramas del almendro, voló de entre éstas un pajarito, el cual, dando vueltas, cantó:

— Mi madre me mató y por eso mi hermanita llora.

Volando, volando, llegó el pajarito un día a casa de un joyero, quien quedó fascinado al oír la canción del pajarito. Pidió a la avecilla que repitiera su canto, pero ésta puso como condición para repetirlo, que le obsequiara una cadenita de oro, cosa que el hombre le dio de buena gana.

Luego voló el pajarito hacia la tienda del zapatero, y ahí repitió su dulce canción. El hombre quedó prendado de lo que oyó; y la avecilla pidió le obsequiara un par de zapatitos rojos. El zapatero se los dio, y el ave volvió a cantar su dulce canción.

Y, vuela que vuela, llevando en una patita la cadena de oro y, en la otra, los zapatitos, llegó donde el molinero, el que quedó seducido al oír las dulces melodías del pajarito.

— ¡Repíteme tu canción, pajarito! —le pidió el hombre.

— Lo haré si me das la piedra del molino.

El molinero complació a la avecilla, y ésta, después de cantar, voló rumbo a la casa de la madrastra, llevando prodigiosamente los objetos que había pedido. Estaban sentados a la mesa del comedor, el padre, la madrastra y la hermanita, quien seguía llorando inconsolablemente.

— Mi madre me mató y, desde entonces, mi hermanita llora.

La madrastra se tapó los oídos para no escuchar la acusadora canción del pajarito, que se había posado en las ramas del almendro. La avecilla dejó caer la cadenita de oro en el cuello de su padre; los zapatitos rojos junto a la niña, quien se los puso muy contenta, y… ¡pum!, arrojó la piedra del molino sobre la madrastra, que murió aplastada por el peso.

Debajo de la piedra comenzó a gemir un niño; el padre corrió a voltear la piedra y debajo de ella surgió, sonriendo con dulzura, el hijo muerto. El padre, la niña y el niño resucitado, se confundieron en un estrecho y tierno abrazo…

Publicado por: Ohslho
La Paz, 21 de Octubre del 2014
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