El Agua de la Vida

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En un lejano país, un viejo rey se enfermó gravemente. Ningún médico pudo acertar en su curación, lo cual fue motivo de una gran tristeza para su pueblo y para sus tres hijos. Pero una tarde, en que paseaban los tres jóvenes por el jardín, vieron un misterioso anciano, que les dijo:

— Vuestro padre se curará si bebe el agua de la vida; pero es muy difícil llegar hasta ella.

Luego desapareció, dejando pensativos a los tres príncipes. Muy pronto, el mayor partió en pos del agua maravillosa, pero a poco de recorrer el camino, se le cruzó un enanito que le preguntó dónde iba. El joven siguió de largo, sin contestar.

— Algo malo tiene que sucederte —le anunció el enano.

Y así fue. Al atravesar un desfiladero, las montañas se estrecharon tanto, que al príncipe le fue difícil salir.

Como tardaba éste en regresar, partió del palacio el segundo príncipe en busca del agua de la vida. Halló al enanito en el camino y al no recibir respuesta a su pregunta, predijo al joven el mismo destino que su orgulloso hermano. Y el segundo hijo del rey quedó, a su vez, atrapado en el desfiladero.

Cuando vieron en palacio que el segundo príncipe tampoco volvía, partió el menor. Encontró al enano en el sendero y al ser preguntado por éste a dónde iba, el joven contestó que el objeto de su viaje era hallar el agua de la vida para curar a su padre, que estaba gravemente enfermo.

— Gentil joven —dijo el enanito—, tus finos modales me mueven a ayudarte. En un palacio encantado, guardado por feroces leones, hay una fuente de la que brota el agua de la vida. Con esa varita que te doy, abrirás la puerta del castillo.

Entonces se abalanzarán sobre ti los leones; les das estos panes que te doy y quedarán quietos. Recoge, en seguida, el agua maravillosa y huye, porque a las doce en punto se cerrarán las puertas y no podrías salir.

Todo sucedió como lo predijo el enanito. El príncipe llegó al castillo, tocó la puerta con la varita, y al abrirse aquella, se abalanzaron sobre él los leones, a los que calmó con los panes. Al recorrer la mansión, encontró una bella joven.

— Gracias por haber venido —le dijo ella—. Soy una princesa encantada y sólo podré gozar de la libertad, cuando un joven príncipe venga a llevar el agua de la vida para curar a su enfermo padre. Lleva, pues, el agua de la vida, que tomarás de una fuente que hay al extremo de un túnel. Pero trata de volver a tiempo, porque a las doce ya no podrás salir, ni yo tampoco podría gozar de la libertad que ansío.

El príncipe halló el sendero subterráneo y a su extremo la fuente prodigiosa. Llenó un botellón con esa agua y emprendió el regreso hasta el salón donde lo aguardaba la princesa. ,

— ¡Llegas a tiempo, porque faltan pocos minutos para que de las doce! —exclamó la princesa, llena de emoción.

El joven príncipe cogió de la mano a la hermosa joven y, al trasponer el umbral de la puerta del castillo, dieron las doce todos los relojes de la mansión.

El joven príncipe subió a la joven que había desencantado a la grupa de su corcel, y con tan graciosa y delicada compañía llegó al palacio de su padre, el rey, quien gritó de alegría al ver a su hijo menor, pues creyó que también había corrido la triste suerte de sus hijos mayores.

El rey enfermo, apenas bebió los primeros tragos del agua de la vida, sintió una visible reacción. Le volvieron los colores al rostro, la vivacidad a sus ojos y el discernimiento a su inteligencia. ¡Estaba, pues, curado!

El príncipe se casó con la hermosa princesa desencantada y tuvieron lindos hijos, que fueron el orgullo y consuelo del anciano rey.

Publicado por: Ohslho
La Paz, 26 de febrero del 2015
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