Delirios de Nietzsche

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Cuando murió su madre, su hermana Elizabeth se hizo cargo de Nietzsche, llevándolo a Weimar junto con sus “archivos”. Es allí donde tuvo sus visiones delirantes en la que pareció ver un crucifijo con un tipo clavado y repugnante. El tipo exhortó:
 
– ¿Qué andas predicando? ¡Debes estar bromeando! La historia tiene un principio y un final.
 
Nietzsche contestó afirmativamente, a pesar de que el tipo se veía completamente airado:
 
– ¡No! No es así. Yo mismo formo parte del eterno volver de las cosas. Vendré otra vez con este sol, con esta tierra, con esta águila, con esta serpiente, pero no a una vida nueva o una vida mejor. Vendré eternamente de nuevo a esta misma vida e idéntica vida en lo más grande y también en lo más pequeño, para enseñar de nuevo el ‘eterno retorno’ de las cosas…
 
El interlocutor interrumpió:
 
– ¡Basta! ¡No sigas! Todo el mundo sabe que Dios tiene en sus manos la historia. ¿Acaso pretendes refutar a Dios?
 
Nietzsche contestó:
 
– ¡No pretendo refutar o no a Dios! ¿Qué sentido tendría? Simplemente ¡Dios ha muerto! Y el eterno retorno de las cosas es un hecho.
 
El contrincante, rechinando los dientes, espetó:
 
– ¡Oh! ¡Deja de atormentarme! ¿Quieres?
 
Nietzsche se limitó a decir:
 
– Sí, tal vez estoy exagerando. 
 
Pero viendo que mucha gente estaba de su lado, entre amigos y conocidos, exclamó sarcásticamente dirigiéndose hacia ellos:
 
– ¡Sí, lo hemos matado! ¡Vosotros y yo! ¡Somos los asesinos de Dios! Pero ¿cómo hemos podido hacerlo?
 
Entonces el tipo de la cruz se desclavó y se ensañó contra él, agarrándole del cuello y diciendo a gritos:
 
– ¿Qué Dios ha muerto? ¿Qué Dios ha muerto?
 
Y Nietzsche, con una voz ahogadiza, contestó:
 
– ¿Eh? Yo no dije eso. Estás tergiversando mis palabras. ¡Dije que Dios se estaba muriendo…!
 
El otro, estirando sus piernas y lleno de furia, le propinó un punta pie en el cuello, vociferando:
 
– ¿Qué Dios se está muriendo? ¿Qué Dios se está muriendo…?
 
Nietzsche, como queriendo allanar las cosas, contestó:
 
– ¿Eh? Lo que quiero decir es que está enfermo. Que está… ¡Ay! –Gimió al sentir la patada del adversario–. 
 
El interlocutor comenzó a enfadarse aún más. Increpó:
 
– ¿Qué Dios tiene mal aspecto? ¿Parece enfermo…? –Concluyó dándole otro zapatazo pero ésta vez en el ombligo–.
 
Y Nietzsche, entre desvaríos, se retractó:
 
– ¡Dios goza de buena salud! ¡Maldición!
 
El otro quedó conforme y afirmó:
 
– En efecto. Así es.
 
Tras escuchar la respuesta del contrincante, Nietzsche pareció volverse en razón y, como si fuera de un sueño, recobró un poco de lucidez. 
 
Debió de ser el 3 de Enero de 1889 ya que, el día 6, escribió una carta a Jacob Burckhardt, en la que decía: “me gustaría mucho más ser profesor de universidad en Basilea que Dios; pero no me he atrevido a llevar tan lejos mi propio egoísmo como para desistir a la creación del mundo…” 
 
Burckhard, ante semejante declaración, le pidió a un amigo de Nietzsche, Franz Overbeck, que vaya a verlo. Entonces éste, llevándose las cartas que empezaba a mandar, fue a consultar con un psiquiatra y viajó a Turín. De Turín trasladó a Nietzsche hacia Basilea, a una clínica para trastornos nerviosos, donde se le diagnosticó clínicamente “parálisis progresiva”.
 
Ohslho
Burlington, 13 de febrero del 2004
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