Damián, el Turbulento

El mal genio de Damián, el Turbulento, lo convertía, a veces, en una fiera, cometiendo faltas tan graves, que tardaba mucho tiempo en recobrar la tranquilidad.

Pero Damián, en estado normal, era un hombre bueno, laborioso y caritativo. 

Su caballo tordillo tan pronto recibía tiernas caricias de su amo como palos recios, y su inseparable pistola unas veces estaba cuidadosamente limpia, como otras andaba por el empolvado suelo, enmohecida y sucia.

Damián, el Turbulento, conocía, su defecto, pero por más que luchaba por enmendarse, no lo podía conseguir y siempre era víctima de violentos ataques de ira, que lo convertían en un ser cruel e injusto.

Nuestro hombre tenía su rancho en medio de la llanura y, como todo buen hombre, vivía de su trabajo, arreando animales, esquilando ovejas o transportando en las lentas carretas los sacos de trigo hasta las estaciones del ferrocarril.

Por su mal genio. Damián era temido en muchas leguas a la redonda, y no bien la gente se daba cuenta de que empezaba a enfurecerse, corría despavorida a sus viviendas, temiendo ser víctima de los desmanes de tan violento hombre.

Los parientes y amigos le aconsejaban que se moderase, pero era inútil. Damián, lloroso, prometía enmendase, pero a los pocos días, por lo más fútil, daba rienda suelta a su mal humor, creando situaciones que muchas veces se convertían en tragedias.

Pero, como todo en este mundo tiene su castigo, a Damián, el Turbulento, le llegó la hora y pagó sus culpas de una manera extraña y misteriosa.

Una tarde, después de prometerle a su madre corregirse de tan temible defecto, galopaba en su caballo en dirección a una lejana estancia, cuando el animal se espantó de una perdiz que salió volando de entre sus patas.

La furia de Damián invadió de inmediato su cerebro y entre grifos de loco, le dio tal paliza al caballo, que éste cayó resoplando de dolor sobre la verde hierba.

Damián, ciego de rabia y sin darse cuenta, en su locura repentina, de la injusticia que cometía, sacó su pistola y, apuntando a la cabeza del noble animal, presionó el gatillo con la evidente intención de matarlo.

Pero, cosa rara, la bala no salió, y el gatillo cayó sobre el cartucho con un ruido seco.

— ¡Maldita arma! —Gritó Damián blandiéndola por los aires—. ¡No me sirves para nada y aquí te quedarás para enmohecerte entre la hierba!

Y diciendo esto, arrojó la pistola, que al golpear fuertemente sobre el suelo, disparó la bala que antes se había negado a salir, y entre el gran estrépito del fogonazo, Damián, el Turbulento, cayó herido, al perforar su brazo el frío plomo vengador, lo que le costó muchos días en cama.

Para Damián, ésa fue la mejor lección de su vida, mucho más elocuente que las palabras de consejo de sus parientes y amigos, y nunca jamás volvió a ser dominado por el mal genio, que, indudablemente, lo hubiera llevado por sombríos caminos. Y, en adelante, fue un hombre sencillo, pacífico y bueno.

Publicado por: Ohslho
La Paz, 12 de marzo del 2015
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