Cabellos de Oro

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Hay una hermosa historia que expresa, claramente, el sueño de los menos afortunados del mundo, los pobres.
Cierta vez había un pobre pastor que vivía en una modesta cabaña en las profundidades de un bosque, con su mujer y su hijo.
El niño tenía los cabellos muy largos y dorados como el trigo, que brillaban cuando la luz del sol se reflejaba en ellos. Por esta razón, le habían dado el nombre de Cabellos de Oro.
Una noche fue al bosque para reunirse con su padre y se extravió, sin poder hallar el camino de regreso a su casa.
Como entonces era otoño, en el bosque había nueces y moras en abundancia de
modo que el niño no carecía de alimento.
Pero él caminó perdido durante tres días y llegó a un lugar salvaje, donde la vegetación era tan frondosa, que apenas podía pasar entre ella. Sin embargo, a cierta distancia, el bosque se fue haciendo más claro; y Cabellos de Oro llegó a la orilla de un lago azul, donde abundaban peces de toda especie.
Algunos pescadores retiraban, entonces, sus redes del agua, y uno de ellos, al ver a Cabellos de Oro, gritó:
— ¡Qué niño tan hermoso! ¡Quedémonos con él, porque necesitamos un muchacho en la barca!
Cabellos de Oro sentía gran tristeza al verse solo y abandonado, entre desconocidos, y perdida ya la esperanza de hallar nuevamente la cabaña de sus padres, aceptó la hospitalidad de los hombres de los pescadores. Se quedó con ellos, y aquel día, aunque bregaron mucho tiempo, no pescaron mucho.
Al fin, el pescador más anciano, cuyo cabello era blanco como la plata, entregó la red a Cabellos de Oro, diciéndole:
— Ahora prueba tú, muchacho; tal vez contigo cambie la suerte.
Enseguida Cabellos de de Oro, sin saber cómo manejar la red, soltó sin extenderla convenientemente y, al querer sacarla, vio que ésta se había enredado en un objeto raro en el fondo. Avergonzado de su inexperiencia, el muchacho apoyó el pie en la borda de la barca y tiró furiosamente de la red, consiguiendo, por fin, sacarla. Grande fue su sorpresa cuando apareció, enredada en las mallas, una corona de oro. Al ver lo ocurrido, el anciano reverenció arrodillado:
— ¡Salve, oh rey!
Y el anciano siguió diciendo:
— Hace cien años que murió el último de nuestros reyes, y, como no tenía heredero, arrojó su corona al mar, ordenando que permaneciera vacante su trono hasta que lo conquistara la afortunada persona que sacase la corona del agua.
Acto seguido los pescadores se encaminaron inmediatamente a tierra y Cabellos de Oro iba en la proa de la barca, ciñendo en las sienes la brillante corona.
De inmediato, cundió la noticia de una a otra embarcación, extendiéndose por mar y tierra. Gran multitud de gente fue a darle la bienvenida, agitando ramas verdes y cubriendo de flores el camino.
Luego al llegar al magnífico palacio que se alzaba en el centro de una rica y noble ciudad, Cabellos de Oro mandó a sus mejores soldados al bosque para traer a sus padres.
Al cabo de una semana, volvieron triunfalmente los emisarios, llevando con ellos al padre y la madre de su rey, quienes no querían creer en la buena fortuna de su hijo, hasta que lo vieron rodeado de muchos cortesanos, sentado en el trono y ciñendo una hermosa corona en su rubia cabeza.
Los padres del joven rey, echándose a los brazos de su afortunado hijo y con lágrimas que corrían por sus arrugadas mejillas, exclamaron:
¡Qué juego más lindo forman tus cabellos con la corona!
A menudo me preguntan, por ejemplo: esta noche he soñado que me estaban regalando un gallo negro en una iglesia y me gustaría saber, ¿qué significa? La gente está preocupada por muchas cosas, especialmente, en Latinoamérica. Como en esta parte del mundo la pobreza es generalizada, la gente sueña con el dinero, con la vida de un rey, con la vida de un presidente de Estado, empresario, etc. Sin embargo, no hay otra forma más estúpida de vivir sino soñando con esto y aquello. Lo que hace falta es una cosa: descubrir que uno es rey, que uno mismo es emperador, que uno es dios en potencia y que, por eso, es posible vivir como dioses en este mundo, aquí y ahora.
Ohslho
La Paz, 19 de julio del 2012
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