Blancanieves y Rojaflor

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En una sencilla casita de campo vivía una buena mujer. La casa tenía un pequeño jardín donde crecían dos rosales: uno de ellos daba rosas blancas y, el otro, rosas rojas. Como la viuda tenía dos hijas, tan bonitas como las flores de los rosales, todos las conocían con los nombres de Blancanieves y Rojaflor.

Las niñas eran muy distintas, pues mientras Blancanieves era callada y tranquila, Rojaflor era bulliciosa e inquieta. Llevaban las dos una vida cómoda y apacible en su casita, aunque frecuentemente hacían excursiones por el bosque.
En el invierno, cuando la tierra se helaba y caía la nieve suavemente, se sentaban las tres al amor del fuego, y la madre les relataba antiguas leyendas. Una de esas noches pasó algo muy extraño. Llamaron a la puerta y todas pensaron que se trataba de algún viajero extraviado que pedía posada. Pero, al abrir la puerta, un enorme oso negro asomó su cabezota y pidió permiso para entrar. Las niñas echaron a correr asustadas, pero la madre, compadecida, lo dejó
entrar.
Era un oso manso que se sentó junto al fuego, y como tenía un dulce mirar, las niñas perdieron pronto su temor.
Quitaron de su piel la nieve que lo cubría, y pronto se hicieron amigos. De allí en adelante salía el oso todos los días, volviendo a casa por las noches. Y ya se hizo una costumbre para las tres el tenerlo con ellas. Pero pasó el invierno y los primeros brotes empezaron a verse en los dos rosales.
El oso les dijo:
— Debo irme. Tengo algunos enemigos entre los enanos del bosque y, cuando al llegar la primavera la tierra se ablande, los perversos enanos se las ingeniarán para robarme los tesoros que tengo escondidos. Gracias, y adiós.
El oso partió, no obstante las súplicas de las niñas para que se quedase. Y cuando, por fin, se marchó, al tratar de retenerlo, un trozo de su negra piel quedó prendido en la puerta. Debajo de aquel trozo arrancado a Blancanieves le pareció ver un reflejo de oro.
Un hermoso día de aquel verano, Rojaflor y Blancanieves estaban jugando en el bosque, cuando vieron un pequeño hombrecito de larga barba que gritaba desesperado. Su barba se había metido en la grieta de un tronco caído y no podía sacarla. Rojaflor tomó una tijerita de su bolsillo, cortó la punta de la barba y el enano quedó en libertad. Pero, en vez de darles las gracias, refunfuñó.
— ¡Malvadas! ¡Habéis estropeado mi hermosa barba!
Diciendo esto se alejó, cargando sobre sus hombros una bolsa llena de oro. Las niñas no imaginaron que pronto la aventura se repetiría. En efecto, poco después, vieron al enano que saltaba desesperado a la orilla del lago. Al verlas llegar el furioso enano les gritó:
— ¿Podríais venir a ayudarme? ¡Este horrible pez me va a arrastrar!
Así era. Estaba pescando, y su larga barba estaba enredada en el hilo, del cual pendía un enorme pez. Blancanieves sacó una tijerita de su delantal y, cortando la punta de la barba del enano, lo salvó del difícil trance. Y de nuevo el ingrato enano se alejó protestando, mientras llevaba una bolsa repleta de perlas.
Al cabo de unos días, las jóvenes tuvieron que ir al pueblo cercano y, al pasar por un lugar rodeado de rocas, vieron que un gran pájaro descendía dentro de un círculo de piedras. Al oír voces que pedían auxilio, corrieron ellas hacia allá, y volvieron a encontrar al enano, a quien un águila trataba de llevarse. Las niñas tomaron al enano fuertemente de sus piernas, y el águila huyó impotente. Pero esta vez el enojo llegó al colmo, porque al ajustarlo le habían arrugado el traje. Y se alejó rezongando.
Cuando las dos muchachas volvieron a la ciudad, vieron que detrás de las piedras el enano contemplaba sus joyas desparramadas por el suelo. Cuando vio a las niñas, se puso furioso. Entonces vociferó:
— ¡Me habéis descubierto y os voy a moler a palos!
Pero, antes de que tuviera tiempo de acercarse a las asustadas jóvenes, un gran oso negro se acercó a sujetarlo. El enano tembló de miedo, mientras las niñas reconocían al oso, su amigo. Pero la piel del oso cayó al suelo, y en su lugar apareció un apuesto príncipe. Era el hijo de un rey a quien el malvado enano había encantado para robarle, y cuyo encanto terminaría al morir éste.
El príncipe se casó con Blancanieves y un hermano suyo, con Rojaflor, y los cuatro fueron muy felices, pues, además de las enormes riquezas que poseían, eran dueños de una de las mayores riquezas del espíritu: ¡el amor!
La Paz, 02 de Octubre del 2012
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