Arbol Bonsai

(¡En mi hacienda, los bonsáis son gigantes!)

Kisho era un anciano de muy buenas cualidades: manejaba la espada a la perfección, enseñaba zen, meditación, defensa personal, etc.
Tuvieron siete hijos con su esposa Yuri y, el mayor, se casó con Yukiko y tuvieron un niño al que le llamaron Hiroshi. Éste creció y se instruyó en botánica. Amó tanto a las plantas que su cuarto de dormir los llenó con ellas.
Tenía una verdadera colección de plantas traídas de todo lado.
Pero con el tiempo prefirió criar Bonsáis y aprendió el arte de cultivarlos. El cultivo consistía en conservar el aspecto físico y natural de la planta pero en tamaño reducido, a través de técnicas como el trasplante, la poda, el alambrado, el pinzado, etc. y modelando su forma para crear un estilo que le recordara al Bonsái inmenso que lucía en la hacienda de su abuelo.
Durante varios años dejó de visitar la hacienda de Kisho hasta que, éste, se preocupó y fue a ver a su nieto, el jovenzuelo dedicado a criar bonsáis
en su sala de estudios botánicos.
Cuando el abuelo llegó a la sala de estudios, observó todo cuanto el muchacho había producido y, antes de que dijera algo, el nieto exclamó:
– ¡Abuelo! ¡Bienvenido a mi sala de estudios botánicos! Ahora, esta sala es el lugar más importante de la casa, el lugar de mis favoritos, me recuerda nada menos que a tu hacienda. Con las clases que llevo y la experiencia que he adquirido, he descubierto el secreto de inmortalizar los bonsáis. Como tal, es un arte divino, ¡el arte de cultivar Bonsáis! ¡Ahora estos Bonsáis pueden vivir miles de años!
Kisho, impactado por la hechura de Hiroshi con los cientos de Bonsais que exponía la sala de estudios, dijo:
– ¡Hijo! ¡En mi hacienda, los Bonsáis son gigantes! ¡Brotan del mismo suelo en total libertad!
¡Los Bonsáis en su hábitat son gigantes! ¡Viven su libertad! Pero el hombre ha aprendido el arte de cultivarlos. Es un arte muy raro. Se planta el Bonsái en un tiesto desfondado y le van cortando las raíces. Cuando las raíces salen y tratan de llegar a la tie­rra, las cortan, simplemente las cortan sus raíces. El árbol puede vivir durante miles de años, pero nunca florece, nunca llega a dar fruto. ¡Nunca se realiza plenamente. Parece inmortalizarse!
La inmortalización, en este caso, no es otra cosa que una simple suposición, una apariencia, una ficción. Y esta misma técnica ha sido aplicado a los humanos: se le ha cortado las raíces en relación a todo con el pretexto de la inmortalidad. Pero la inmortalidad nadie puede conceder porque ella es consecuencia del desarrollo pleno de una individualidad.
Al niño se le inculca todo so pretexto de que él no sabe nada. Todas las decisiones toman sus padres, sus profesores, sus líderes, y el niño tiene que ser absolutamente obediente a sus tutores.
En este mundo el niño obediente es el premiado, el elogiado, el respetado. Pero pasará el tiempo, se hará viejo y no habrá crecido, no habrá florecido, no habrá dado frutos; habrá reptado como cualquier miembro de la multitud; y los hijos que engendra no serán sino unos retrasados mentales, eternos empleados de los líderes de este mundo, cuyos votos sólo servirán para subir la palanca de las estadísticas de los charlatanes.
Así se ha destruido toda posibilidad de la fiesta, la danza, la canción, la poesía, que supone la existencia. La gratitud, con respecto a la existencia, que se ha traducido en dominio y sometimiento; la integridad que debía florecer en cada ser humano; la autenticidad que ha sido reemplazado por la hipocresía; la individualidad que ha sido carcomida por los ideales de la multitud, han sepultado toda posibilidad de conexión con la Existencia y la Naturaleza.
Sin embargo, lo básico para el niño de hoy es devolverle la individualidad, la oportunidad de decir sí, cuando es sí; y no, cuando es no. Permitirle pensar por sí mismo, tomar su propia decisión, esto es, devolverle la responsabilidad que le ha sido arrebatado bajo la maravillosa palabra: Obediencia. ¡Dar alas al niño será la obra más loable para el surgimiento de un nuevo ser humano! ¡Cortar las raíces de un niño, sus conexiones con la Existencia, no es sino la obra más detestable que existe!
Ohslho
La Paz, 11 de febrero del 2011
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