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El Árbol con Estrellitas

Aquella noche reinó mucha alegría, tanto en el cielo como en la tierra, porque había nacido el niño Jesús.
 
Cerca de la cueva del pesebre crecían una palmera, un abeto y un olivo.
 
Y estos árboles vieron que los pastores venían a la cueva con regalos que ofrecían al recién nacido.
 
Asimismo, la gente del pueblo se vestía de fiesta y subía al pesebre portando sendos obsequios.
 
La palmera dijo a sus árboles vecinos:
 
— Yo le llevaré la palma más grande que tengo y la colocaré sobre la cuna, para que abanique suavemente al Niño.
 
— Yo le daré el aceite de mis frutos para ungir sus piececitos —dijo el olivo.
 
El abeto nada dijo, porque nada tenía para ofrecer al Niño.
 
La palmera, un poco imprudente, le preguntó:
 
— ¿Y tú no le das nada?
 
— ¿Qué puedo ofrecerle yo? —dijo, acongojado, el abeto.
 
— ¡Cierto que no puedes darle nada! Además, pincharías con tus agujas sus deditos y harías llorar al Niño —dijo la palmera.
 
— Podrías darle resina, pero se pegarían las manos del Niñito —dijo el olivo.
 
El abeto, desconsolado, se puso a llorar y sus lágrimas de resina caían al suelo. Pero un angelito, que escuchó todo, se compadeció del pobre abeto y, hallando otro compañero celestial, le dijo:
 
— Este arbolito está triste, porque no tiene nada que dar al Niño. Ayudémoslo porque posee buen corazón.
 
Los dos angelitos subieron al cielo y fueron encendiendo, una a una, todas las estrellas de diciembre, y el firmamento se puso como una infinita pradera de blancas margaritas...
 
— Tenemos que llevar al Niño las estrellas más bonitas, para que las vea y sonría —dijeron los ángeles.
 
Y tomando mil rutilantes estrellas, bajaron a colocarlas en las tristes ramas del abeto.
 
— ¿Ves qué bonito ha quedado el árbol? —dijo un angelito.
 
El abeto sonrió de gratitud y felicidad. Y, radiante de luz y de dicha, fue avanzando muy despacito, para evitar que se le cayera alguna estrellita, y se puso a la entrada de la cueva.
 
Los azules ojitos del Niño brillaron de alegría al admirar aquel árbol resplandeciente de luces estelares.
 
El Niño Dios sonrió y esta dulce sonrisa fue el mejor premio para el humilde abeto, cuyo buen corazón e inmensa voluntad se vieron satisfechos con creces.
 
Y, desde entonces, las piadosas gentes adornan al abeto en Nochebuena con estrellitas que resplandecen iluminadas por bombillitas multicolores.
 
La palmera, también desde entonces, solo se contenta con dar frutos a los seres humanos. El olivo proporciona sus aceitunas y aceite. Pero no tienen la dicha inefable de adornar la fiesta de Navidad.

La Paz, 19 de Septiembre del 2013

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