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Lluvia de Estrellas

Hace muchísimos años, una ciudad fue víctima de los estragos de una espantosa epidemia. Algunos hogares quedaron vacíos, pues todos sus componentes murieron. Todo era desolación, hambre y dolor por la ciudad.


Pero entre las personas que lograron salvarse de la epidemia estaba una pobre pero lindísima niñita de corta edad, la cual perdió a todos sus familiares y, por tanto, se encontraba en la más triste orfandad. Sólo tenía las ropas que sobre su cuerpecito llevaba y un pan que le dio un alma caritativa.


La pequeña se disponía a comerse el pan, cuando se le acercó un niño harapiento quien, mirando con deseo el pan, exclamó:


— ¡Dame, por favor, un pedazo de tu pan, porque me muero de hambre!


La niña, sin acordarse de su propia hambre, entregó al rapazuelo el pan, y él se
lo agradeció con lágrimas en los ojos.


Al poco tiempo pasó junto a la pequeña una niñita de su misma edad que iba tiritando de frío porque iba desnuda. Viéndola en tal estado, la niñita huérfana se quitó el abriguito que llevaba y cubrió con él a la otra.


Avanzó otro trecho y halló acurrucado, bajo un árbol, para defenderse del frío, a otro niño que casi estaba desnudo. La compasiva niñita se quitó las ropas y cubrió con ellas el cuerpo aterido de aquel pobrecillo.


Siguió la pequeña su camino y llegó a la entrada de un bosque. Al penetrar en él, contempló a un pobre anciano ciego. Sobre el cuerpo de aquel pobre hombre no había más que escasos harapos, que apenas cubrían sus heladas carnes.


Al verlo la niña en aquel estado lloró de pena pues, sobre su desnudo cuerpecito, no llevaba nada con qué poder abrigar al anciano. Pero se acordó, de repente, que aún le quedaba puesta la gorrita de lana. Luego le dijo:


— Abuelito, te voy a poner mi gorra de lana. Con ella no se te enfriará la cabeza.


El viejecito, temblando de emoción ante aquel hermoso acto de caridad y abnegación, dio un beso en cada mejilla de la niña, exclamando:


— Dios premiará, hija mía, tu noble acción. Eres un ángel de bondad y las buenas obras siempre son premiadas.


Se despidieron los dos, yendo cada cual por su camino.


La niña se internó en el bosque, buscando algún tronco hueco donde guarecerse para pasar la noche ya que, como iba desnuda, sentía las dentelladas del frío.


Empezaron a divisarse ya las primeras estrellas de la noche y, la niña, arrodillándose en el suelo, juntando sus manitas, elevó al cielo su mirada suplicante. La pobre se acordaba de sus buenos papas que tanto la habían querido y mimado, y sus ojos se llenaron de lágrimas, mientras murmuraba:


— ¡Mamá..., papá..., velad por vuestra hija!


De pronto, la niña vio caer cerca de sí un hermoso objeto brillante, luego otro, y otro, y otro.


Alzó la vista hacia el firmamento y vio que eran brillantes estrellas que se desprendían del cielo para caer a sus pies. Y, ¡oh, prodigio! Cuando llegaban al suelo, se convertían en monedas de oro. Y seguían cayendo más y más, hasta llenar un claro del bosque. La niña, asombrada, no salía de su estupor; pero comprendiendo que era un milagro, dio las gracias al cielo, que de ella se apiadaba por medio de aquella lluvia de espléndidas estrellas que se transformaban en monedas al tocar el suelo.


Para la caritativa niña se acabaron las miserias y las tristezas; pero la mayor riqueza que Dios le dio fue esa inclinación natural y constante de hacer el bien a sus semejantes.

Hnos. Grimm
La Paz, 08 de Diciembre del 2012

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