Historia de Aurora

Cierta noche se anunció en la aldea que una niña muy particular iba llegar al seno de una familia noble. Toda la familia preparó su venida con toda clase de detalles, detalles que no pasaron desapercibidos a los ojos de todos los aldeanos.

La noche antes de que la niña naciera, la madre soñó que su hija mayor estaba encadenada a un precioso caballo poni y, la otra, que aún venía en camino, estaba encadenada a un caballo blanco, hermoso y radiante pero que su vestido estaba roto. Este sueño fue tomado por la madre como un presagio singular que delataba el futuro de sus dos hijas. Tomando en cuenta el mentado presagio, la madre, crió a sus dos hijas según le parecía conveniente. 

A medida que las niñas iban creciendo ella observaba todo cuanto sucedía a su entorno. La hija mayor fue haciéndose cada día más joven y más hermosa.
Pronto no se dejó esperar la situación de estar rodeada de galanes y pretendientes. Sin embargo sucedió que, entre los galanes, estaba también un joven de buena presencia, simpático, pero bajo de estatura. Éste, en cuanto frecuentó con la hija mayor, la enamoró tanto que la chica quedó presa de sus brazos. Se casaron y tuvieron sus hijos y formaron un hogar.

La madre, al observar este hecho, se dijo a sí: "mis sueños han sido acertados. Ése caballo poni no era sino presagio del hombre con quien mi hija mayor iba a casarse". Después se preguntaba: ¿y qué será de mi hija menor? ¿Y el caballo blanco y radiante a quien, en mis sueños, estaba atada? ¿Y el vestido roto? Ella interpretó: "debe ser un hombre muy hermoso, como el caballo blanco". ¿Y el vestido roto? ¿Qué significa? Se preguntaba.

La hija menor, quien día a día recibía las instrucciones de su madre, fue creciendo y haciéndose cada vez más bella. Pero, como ella era muy hermosa, la madre no quería que se fijara en uno de los aldeanos ya que, los chicos de la aldea, solían ser de aspecto muy común. La madre esperaba al caballo blanco de su sueño para que se casara con su hija. Es decir, el joven debía ser hermoso y radiante como el caballo del sueño. Pero el anhelado hombre parecía que jamás iba a llegar.

Todos los chicos y chicas de la edad de la hija menor habían conseguido sus parejas y ella siguió esperando, por seguir los consejos de su madre. Sin embargo, entre los muchachos de su edad, había un muchacho realmente feo, que parecía un monstruo, y que hasta entonces no podía conseguir una pareja. Todas las demás muchachas habían conseguido sus esposos menos la hija hermosa de la mentada mujer.

La madre se preocupó en demasía que hasta le fue casi imposible conciliar el sueño. La hija hacía lo propio, pues su madre había terminado convenciéndola que ella debía casarse con un joven esbelto, guapo, hermoso, semejante al caballo de su sueño. Pero ambas se habían olvidado del vestido roto de la hija.

A medida que pasaban los días, los meses y los años, su madre se desesperó junto con la hija. Sin embargo, la hija anhelaba tener un hijo propio; pero, durante esos años de búsqueda y espera, solo había aprendido a posponer sus deseos. Se decía aún: "Aurora, bella como eres, no te mereces un hijo parecido al resto de la aldea. ¿Pero quién podrá hacerme ese favor, para que se cumpla al menos el sueño de mi madre?". Y lloraba su desgracia, acurrucado en las faldas de su madre. La muchacha, empecinada en sí misma, no quería sacrificar su belleza. Su belleza lo era todo y como todos los muchachos de su edad ya estaban desposados, las cosas se hacían más difíciles. Sus días se habían convertido en una verdadera carga pesada.

Una noche, entre los desvaríos de su decepción ante la vida, tomó la decisión de tomar al muchacho feo, y se dijo: "Aurora, no seas tonta. No tienes otra opción. Olvídate de la fealdad y la belleza. Véndate los ojos y deja que él haga su oficio, antes de que el sol se oculte ante tus ojos. Y en poco tiempo, tendrás la dicha de ser madre de un niño".

Cuando, después de tanto bregar, llegas a un punto donde tomas una decisión por tí mismo, dejando atrás todo tipo historias, consejos, sueños, proyectos y demás voces secundarios que no te dejan escuchar tu verdadera voz, te haces responsable de ti mismo. Exactamente ahí, en ese sitio, comienza tu libertad. A partir de ese instante estás sólo, esto es, responsable de ti mismo; libre, tan libre como el viento.

Ohslho
La Paz, 15 de Agosto del 2012
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