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Cuento de Fantasía

Si una fantasía es un deseo inconcretado, un cuento de fantasía es una ficción cuya facultad es reproducir mentalmente imágenes, cosas pasadas o futuras, pero que no tienen nada que ver con la realidad. Antes de que exista la televisión, las novelas, las películas, el ser humano solía ser muy creativo como para imaginarlas y ponerlas por escrito. Así es como surgieron los cuentos. ¿Os acordaís del cuento de las 'Princesas Bailarinas'? Es un ejemplo de ello pues, éste cuento, tiene aquello que nos gusta, pero muy especialmente a las mujeres, un final feliz que diga: "Se casaron y vivieron felices". Así que vamos al cuento.

Hubo un rey muy bondadoso y querido por su pueblo. Nada hubiera turbado la tranquilidad de su vida y su dicha, si no existiera un misterio que el viejo rey anhelaba descifrar.

El soberano tenía doce hijas muy bonitas, pero muy traviesas. Estaban siempre juntas y dormían todas en el mismo aposento. Por las noches, cuando se retiraban a su dormitorio, el mismo rey cerraba la puerta con llave, después de dar un beso a cada una. Y, sin embargo todas las mañanas las princesas debían estrenar zapatos nuevos, porque los del día anterior estaban destrozados.

Viendo esta situación y ante la sonrisa picara de las princesas, el rey decía

— ¡Pero si no han podido salir!

Entonces el rey publicó un bando ofreciendo una recompensa y la mano de la princesa elegida a quien hallara la solución del problema. Pero si esa persona, al cabo
de tres días, fracasaba, debía morir sin consideración alguna.

Muchos jóvenes intentaron la aventura, y a todos les sucedió lo mismo: durante su guardia caían vencidos por el sueño, y al despertarse veían los doce pares de zapatos destrozados, sin saber por qué. Así que todos morían después pasado los tres días.

Hasta que un joven que volvía al país halló a una anciana cargada con un haz de leña, y, compadecido, se ofreció a ayudarla.

Mientras caminaban hasta la choza de la anciana, el joven, que había oído hablar de las doce princesas, manifestó que estaba dispuesto a probar suerte.

Dijo la anciana:

— Quiero ayudarte, buen joven. Antes de que te acuestes una de las princesas te ofrecerá vino. No tomes ni una gota. Y ponte esta capa que te hará invisible.

El soldado le dio las gracias y se dirigió a palacio, presentándose ante el rey para resolver el misterio de los zapatos. Las princesas se miraron y sonrieron. Por la noche, una de las jóvenes le ofreció una copa de vino.

El soldado hizo como que bebía, pero dejó caer el vino sin que la princesa lo notara. Poco después fingió dormir, dando grandes ronquidos, en tanto que las doce muchachas reían. Murmuraban:

— ¡Pobrecillo! ¿Por qué habrá intentado esta aventura que le costará la vida?

Convencidas de que el joven soldado dormía, calzaron los zapatos nuevos que les habían entregado ese día. Después, la hermana mayor batió las palmas, y una de las camas dejó al descubierto una trampa con una escalera. Pero ellas desaparecieron, que el joven apenas pudo seguirlas. Tan apresuradamente las siguió que pisó el vestido de la última, quien dio un grito, alarmando a sus hermanas:

— ¡Alguien pisó mi vestido!

Entonces replicó la mayor:

— ¡No seas tonta!

Y siguieron su camino.

Al final de la escalera había un camino, y por él llegaron las doce princesas a un hermoso parque. Como el joven tenía puesta la capa invisible, ninguna de las muchachas pudo verlo.

Atravesaron el parque, cuyos árboles tenían hojas de plata. El joven arrancó una ramita, que crujió, y la pequeña volvió a advertir a sus hermanas:

— ¡Alguien nos sigue!

La mayor volvió a increpar:

— ¡No seas tonta! Estás imaginándote sonidos. Es el viento.

Siguieron caminando hasta llegar a orillas de un lago, donde las esperaban doce barcas. Subieron a ellas y el joven alcanzó a tomar la última, junto a la menor de todas. Quien se lamentaba:

— No puedo remar. Mi barca pesa mucho esta noche.

La hermana mayor, una vez más, increpó:

— ¡No seas tonta! ¡Síguenos y calla!

Así que siguieron.

Al otro lado del lago se levantaba un castillo. Una suave música flotaba en el aire, y al desembarcar las doce princesitas se pusieron a bailar. La música era cada vez más viva, y más y más bailaban las jóvenes. Hasta que, por fin, cayeron rendidas, con los zapatos destrozados.

Entraron luego al castillo, donde las esperaba una mesa servida. Pero cuando la más joven quiso beber, el joven había vaciado ya su copa. Asombrada, comunicó el misterio a sus hermanas:

— ¡Alguien ha vaciado mi copa!

La mayor contestó:

— ¡La habrás volcado!

Así pasaron la noche y, cerca del amanecer, volvieron otra vez a las barcas. Luego regresaron al dormitorio. El joven, invisible y ligero, trepó antes que ellas la escalera, y cuando las doce niñas llegaron lo hallaron dormido.

Tres noches seguidas sucedió lo mismo, siempre con los temores de la más pequeña, que sentía que algo andaba mal; y recibiendo la misma respuesta de su hermana mayor: “No seas tonta”.

Por fin, llegó el último día del plazo. El joven compareció ante el rey y contó todo cuanto había visto. El rey, que no salía de su asombro, hizo llamar a sus doce hijas para saber si aquello era cierto. Las muchachas, que habían entrado riéndose, no supieron qué cara poner al saberse descubiertas.

Pero, muy pronto confesaron la verdad. El rey felicitó al joven y le ofreció la mano de una de sus hijas. Él eligió a la menor, se casaron y vivieron felices.

Este cuento, sin duda alguna, fue creado para promocionar el matrimonio cristiano y, por su puesto, como todo cuento bien contado, convencía y se apoderaba de la mente de los oyentes. 

En cuanto un cuento se apodera de la mente puede generar una actitud increible de cambio, de convicción, de perspectiva, de creencia, de clarividencia, etc. Los cuentos tuvieron en el pasado una función pedagógica muy efectiva. Quizá, por eso, gusta a la gente de todas las generaciones. ¿Hasta cuando? No lo sabemos. Solo sabemos que los cuentos nos gustan.


Ohslho
La Paz, 22 de julio del 2012
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