Buscar Más Cuentos Populares

Metaforas de Amor

(Historia de Mochita y Chingolo)

Mochita y Chingolo, dos infantes de la misma edad y clase social que, por circunstancias de la vida, vivieron casi siempre juntos: estudiaron juntos, tuvieron casi las mismas aventuras, padecieron los mismos castigos, rompieron casi las mismas reglas cuando pequeños, etc.

Por ejemplo, una tarde –después de clases– Chingolo se encontraba resolviendo un cuestionario de religión. La pregunta decía: ¿Quién mató a los filisteos? Al no saber la respuesta, se dirigió a su madre y planteó la misma pregunta:

-¡Mamá! ¿Quién ganó a los filisteos?

La madre contestó:

-¡Hay hijo! Tú sabes que no me gusta el futbol.

Y Chingolo, dándose cuenta de que a su madre no le interesaba, fue a consultar con Mochita para resolver el cuestionario. Llegado a su casa, se encontraron, se saludaron, y luego comenzaron a jugar un rato al ‘Escondite’. El niño solía estar como en su propia casa, pues de muy pequeño diose
cuenta de que había una cierta afinidad entre las dos familias.

Estando bien metidos en el juego a Mochita se le ocurrió esconderse en el ropero empotrado de su padre y allí, usando una careta de bruja y la peluca con moño, unos zapatos y un vestido raro, esperó a su víctima:

Chingolo recorrió por toda la casa y no pudo dar con Mochita, hasta que se cansó de buscar y se sentó justo al frente del ropero donde la niña estaba escondida. De repente sintió abrirse el ropero y él exclamó:

-¡Ahhh…jaaá! ¡Te encontré!

Pero ella, cuando salió del ropero, también exclamó, fingiendo la voz:

-¡Soy la bruja del 71! ¡Vine a transformarte en una rataaaa!

El niño no lo pudo reconocer, consideró la voz de Mochita, pero el resto le pareció una verdadera vieja bruja, por lo que gritó:

-¡Noooooooo…! ¡Mamaaaaaaaaá!

Y cayó, estrepitosamente de susto.

Mochita inmediatamente la socorrió, se quitó el disfraz y corrió por agua. En eso llegó su padre del trabajo y se sumó para atender a la víctima. Él estaba tumbado y Mochita con los ojos llorosos, solo dijo:

-¡No te mueras Chingolo! ¡Solo era un juego!

Llamaron al médico de casa y con el auxilio de éste, el niño recobró la sanidad. Luego el especialista interrogó:

- Chingolito, ¿te sientes bien?

Suspiró el claval:

- ¿Dr. Verdad que ahora soy una rata?

El Dr. dijo:

-No digas eso. Eres Chingolo, el mismo de siempre. El niño más alegre del mundo.

El pequeño refutó:

-Es que la bruja me lo dijo.

A lo que el médico argumentó:

-No hijo. No eres un ratón, eres Chingolo. Un niño inocente. Lo de Mochita, solo fue un juego, ella se disfrazó de bruja para asustarte… Eso es todo.

Esta verdad, Chingolo no pudo creer y, ya de noche, vino su madre y lo encontró en ese estado, en cama, apenas recuperado. La madre, un tanto molesta por lo que sucedió, determinó que su hijo, por esta razón, romperá cualquier tipo de relación con su amiga, pues un hecho así era imperdonable.

Sin embargo, los infantes, debido a la verdad de lo ocurrido, al inicio parecieron tomar en serio la determinación de la madre del chavalín. Así que solo se dirigían miradas en el ‘Jardín de niños’ sin poder hablar nada. Pero ambos, el uno como la otra, se sentían aún más atraídos. Así que su malestar duró solo uno días y luego volvieron a retomar la amistad que siempre habían tenido desde muy pequeños.

Conforme iba pasando el tiempo, los niños crecieron, se volvieron cada vez más jóvenes y, por cierto, un día, un niño harapiento y pobre se asomó a la casa de Chingolo y, éste, viéndolo fijamente y dándose cuenta de su facha haraposo, fue donde su madre y le dijo:

-Mamá… Voy a regalar mis ropas al chaval que está en la puerta, porque ‘yo ya estoy medio joven’.

La madre –con una sonrisa en la boca– aprobó la propuesta y la consintió. Entonces Chingolo tomó sus ropas –que le quedaban pequeñas– y los regaló al mencionado niño de la calle. Y así fue creciendo cada vez más.

Cuando ya eran más jóvenes, Mochita y Chingolo, comenzaron una nueva aventura. Ella se sentía atraído por él y, él, por ella. Naturalmente, para ellos, comenzó una aventura romántica. Sus padres terminaron consintiendo, a pesar de algunos disgustos, y sin mucho problema decidieron apoyar a sus hijos en lo que decidían. Y así, ambas familias, recobraron las relaciones que habían roto debido a las circunstancias. Los jóvenes también aprendieron a confiar en sus padres y fueron madurando en el amor.

La aventura romántica de los jóvenes se fue intensificando hasta que un día fueron envueltos por las nubes del amor. Compartían sus trabajos y tareas del colegio, de la universidad, incluso las malas rachas en los exámenes, y demás.

Posteriormente se aventuraron a formar un ‘hogar’ entre los dos, siendo aún bastante jóvenes, la familia de ambos estuvo de acuerdo, no opusieron objeción alguna. Así ambos terminaron la carrera ‘Literatura y Artes’. Después tuvieron un niño muy bello, resultado de su amor apasionado, y con lo que todo se pintaba un maravilloso recorrido de amor y amistad.

Mochita, bella como era, entre sus andanzas conoció a un pintor joven y guapo, que vivía de su trabajo. Y viendo que algunas muchachas acudían asiduamente al pintor, ella también decidió formar parte del juego. El pintor le resultó un tipo muy encantador y original, por lo que Mochita terminó enamorándose. Ella sabiéndose segura de sus sentimientos, dijo a Chingolo:

-El muchacho que conocí y que conoces de vista, es pintor, vive de su trabajo. Me encanta su modo de ser. Le propuse posar para él, ya que quiero tener una pintura de mi propia belleza en el living. Un poco de vanidad no está mal ¿Verdad Chingolo? –Preguntó ella–.

Chingolo, en silencio, aprobó y comprendió la situación, y no halló mal alguno en ello. Así que se limitó a decir que la idea le parece magnífica aunque, en realidad, la muchacha estaba enamorada del joven pintor, pues ya había comenzado una nueva aventura.

Así que Mochita fue a posar para el pintor y, éste, en poco tiempo cumplió con el trabajo. Sin embargo, a partir de entonces –como la pose implicó mucho más de lo que se podía suponer– Mochita cambió radicalmente de horizonte. Consiguió nuevas alas para volar. La fuerza de la naturaleza, la fuerza salvaje, la fuerza del amor, provocaron que la muchacha declare su verdad a Chingolo. Y así fue.

Ya casi, en sus últimos días de su aventura, ambos decidieron hablar sobre el asunto que había comenzado a florecer. Iban de camino, hacia el norte, recordaron sus aventuras de pequeños, las jugarretas de Chingolo para con su madre, el susto dedicado por parte de Mochita a su amigo, los triunfos y fracasos de ambos, los castigos que habían padecido juntos, las risas compartidas, los abrazos y demás cosas.

Hasta ahí había llegado la aventura de estar junto y, como si fuera por primera vez, rieron juntos, se abrazaron, en momentos compartieron incluso lágrimas, se tomaron de la mano, bailaron como siempre, compartieron un beso dulce mutuamente y, sin dolor ni sufrimiento, se separaron, con profunda gratitud y agradecimiento por los momentos vividos, pues comprendieron que el camino había llegado a un cruce y, Mochita, tuvo que marcharse –al día siguiente– con el pintor hacia otro país y, tal como comprendió la situación, Chingolo, también decidió encaminar su vida por otro sendero.

La familia de ambos imaginaba ya un amor consumado, como se solía decir, un ‘Matrimonio seguro’ entre Mochita y Chingolo, todo se pintaba por ese lado, pues habían compartido una historia juntos. Sin embargo, en este caso, no había sido así, ambas familias tuvieron que comprender el recorrido y la separación como parte de la vida.

Así que Mochita se fue con el pintor y formó una gran familia en el extranjero, y fue feliz. Chingolo, en cambio, se quedó en la ciudad y contrajo una familia muy admirable, aunque con algunos altibajos. Pero cada cual floreció a su manera, y nadie interfirió en su camino, dejaron que la naturaleza fluye en ellos. De tiempo en tiempo, tanto Mochita como Chingolo, a través de mensajes de correos electrónicos, videos y fotos, etc., continuaron compartiendo sus alegrías, tristezas y encantos vividos, cada cual, al interior de lo suyo.

La amistad perduró siempre entre los dos. Ambos florecieron juntos, ambos recorrieron una historia de amor, y cada cual floreció a su manera al final. Así fue parte de la historia de Chingolo y Mochita, una verdadera metáfora de la Amistad, esa Amistad que está más allá del amor.

La amistad es el florecimiento de dos almas juntas, compartiendo su belleza, su fragancia, su amor, su lamento, su alegría y su encanto. La amistad es la fragancia vislumbrada por las polaridades que se fusionan eternamente en la Existencia. La amistad no es un contrato, es la fragancia de la Existencia Infinita y Eterna.

La amistad es la hermosura del ‘estar solo’ o ‘estar con otros’. No es una relación de contrato o cumplimiento de un deber, por eso no crea dependencia. En el amor hay relación, uno depende del otro; pero en la amistad se disuelve la relación y, por eso, la amistad no puede convertirse en una relación.

Del Amor (relación) brota la Amistad (disolución del amor). En la amistad cada uno permanece como individuo. No hay deber, no hay contrato, no hay objetivo, no hay expectación, no hay demandas, sino que cada cual permanece enraizado –individualmente– en la Madre Existencia. Por eso la Amistad es natural, porque es la fragancia de la Totalidad Infinita.

El amor es un camino de relación, de dependencia del uno con el otro y viceversa, cuyo florecimiento es la Amistad y, Amistad, es la fragancia de la Suprema Libertad del individuo.

Ohslho
La Paz, 27 de Septiembre del 2011

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Gracias por tu Comentario

BUSCAR MÁS CUENTOS POPULARES

 
Rediseñado por: CPC | Producciones: Ohslho