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Cuento Corto de Amor

(Mochita y Chingolo)
La calle estaba oscura y, Chingolo, como en sus noches de bohemio, intentó acercarse a una simpática muchacha que, de casualidad, iba por el andén. Había llegado el momento oportuno de conquistar la niña de sus sueños, pero al verla tan cerca se le desvaneció las ganas, incluso, de dirigirle una sola palabra.

Mochita iba apresuradamente y, para la buena suerte del muchacho, padeció una mala pisada debido al empedrado tortuoso de la travesía. Ella cayó dolorida y sus zapatillas, que cubrían sus delicados pies, se rompieron. Entonces se detuvo y, para el muchacho, había llegado
la ocasión de acercársele.

Cuando el muchacho accedió al lugar se limitó a decir:

- ¡Buena Mosa! ¡Hermosa como la luna! Permíteme socorrerla. ¿Está usted tan ocupada en sus zapatillas? Pues aquí llegó un zapatero. ¡Déjeme ayudarla!

Ella, que llevaba cubierto el rostro, sollozó diciendo:

- ¿Quién es usted?

Chingolo contestó:

- ¡Eso no importa! Ahora es el momento de arreglar sus zapatillas. Tienes que caminar mucho. La noche se nos viene encima.

El joven afanosamente se las arregló con las zapatillas y ella, viendo que sus actitudes pareciéronle familiares, intervino:

- ¿Ud. conoce mi casa?

El contestó:

- Por su puesto. Es usted la buena moza que cuida a una viejecita cual si fuera su propia niña, ¿verdad?

Ella asintió:

- Sí, es verdad.

Los ojos de la moza nunca habían brillado tanto como esa noche. Las miradas se volvieron tan significativas para ambos y la vida comenzaba a florecer. Los sentimientos se entrecruzaban, no hubo más palabras, solo miradas. La luna sonreía y comenzaba a cubrirse con su manto oscuro.

Empezó la caminata. Irrumpieron las risas, iban y venían, de un lado para otro, otra vez las miradas, luego las lágrimas, nuevamente las risas, parecían dos chiquillos jugando sin ton ni son.

Después de un relajado caminar, ella, tomó la mano del muchacho, la apretó. ‘No es fantasía, es real’ –suspiró–. Un fuego devorador encendió la mecha de los corazones, y su calor se apoderó de sus cuerpos, mientras las nubes comenzaban a derramar rocíos de agua, aguas de otra dimensión.

Al fin, envuelto de éxtasis, Chingolo deliró:

- ¡Mira Mochita! ¡Mira la luna! ¡Mírela! Con ella, ni el más oscuro nubarrón puede. ¡Está bella! ¡Mírela!

Sin duda, eran delirios, y la moza estaba tan impactada al reconocer la voz de Chingolo. Se quitó el velo y, por fin, vio al príncipe con quien siempre había soñado, el que había proferido su nombre. Claro así le decía la abuela, así le decía la gente, Mochita.

Luego se escuchó una música, un éxtasis, un ritmo de las lejanas tierras del amor. Los rostros se vistieron de risas y ternuras, se cuajaron las narices, se mezclaron las manos, cual si fueran una sola carne. Una música esencial cubrió los cuerpos y, al compás de la lluvia, se fundieron el uno en el otro y viceversa. Los deseos habían concluido, y un aura de éxtasis los empapó a los dos. La lluvia cayó a cántaros y los corazones a latir juntos. Los segundos, los minutos, las horas habían desaparecido.

La música esencial y su torrente embriagador los cubrió con sus alas. ¡Y bailaron bajo la lluvia!

La vida tiene tantas cosas hermosas. Incluso, bailar bajo la lluvia, no es otra cosa que una celebración. ‘Bailar bajo la lluvia’ significa que el hombre no sólo es matemática, ni sólo lógica. ‘Bailar bajo la lluvia’ significa que el ser humano es música, fiesta, poesía, regocijo. ¡La expresión más grata ante la existencia es celebrarla por el hecho de existir!

Ohslho
La Paz, 17 de Febrero del 2011
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