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La Cosa Más Preciosa del Mundo

Hubo, una vez, una dama orgullosa y cruel, que era dueña de una gran flota de navíos. Llamó, un día, a uno de sus capitanes y le dijo:
 

— Capitán, zarpe y búsqueme un gran cargamento de la cosa más preciosa del mundo.
 

— ¿Qué es lo que desea, señora? —Preguntó el capitán.
 

— Capitán, ya te he dado mis órdenes. Sólo hay una cosa que es la más preciosa de todas y vaya a buscarla.
 

El hombre levó anclas, y en altamar llamó a sus oficiales para consultarles acerca de cuál era la cosa más preciosa del mundo. Un oficial opinó:
 

— La cosa más preciosa del mundo es el oro.
 

— ¡Oh, no, mi capitán! —Dijo otro oficial—. Las piedras preciosas son las cosas más preciosas del mundo.
 

— La cosa más preciosa del mundo es el trigo —afirmó otro oficial—, pues con él se hace el pan, y el pan es el alimento universal de todo ser humano.
 

Al capitán le pareció acertada esta opinión y ordenó enfilar proa hacia un país que producía excelente trigo. Una vez llenas las bodegas del barco, emprendió el regreso.
 

Como la orgullosa dama había anunciado a sus amistades que pronto arribaría su barco con un gran cargamento de la cosa más preciosa del mundo, naturalmente, esperaban ansiosas el retorno del navío. Cuando arribó éste, el capitán se presentó a la dama y le dijo con énfasis:
 

— ¡Señora, le traigo un gran cargamento del más hermoso trigo del mundo!
 

— ¡Cómo! — le reprochó la dama—. ¿Un cargamento de trigo? ¡He pedido la cosa más preciosa del mundo y me trae una cosa tan vulgar como el trigo!
 

— Perdón, señora —replicó el capitán—. El trigo no es cosa vulgar. Con él se hace el pan, y el pan, señora, es muy indispensable.
 

— ¡Tonto! ¡Vaya al puerto y arroje el trigo al mar! —exclamó la caprichosa dama.
 

—Si no quiere este buen trigo, señora, obséquiela a los pobres para que sacien su hambre.
 

Como la dama se mostraba terca en su absurda orden, el capitán aleccionó a los pobres para que fueran al puerto a pedirle a su patrona el obsequio del trigo. Minutos después, todos los pobres de la ciudad estaban reunidos en el muelle.
 

La dama llegó y preguntó:
 

— ¡Capitán! ¿Ha cumplido mis órdenes?
 

— Todavía no, señora.
 

— ¡Obedezca, entonces! ¡Eche al mar todo el trigo!
 

— Señora, vea a todos estos pobres. ¡Tienen hambre!
 

— ¡Oh, sí, señora! ¡Tenemos hambre! —gritaron ellos.
 

Pero la insensible dama hizo echar al mar todo el trigo ante la estupefacción de los pobres.
 

— ¡Señora! —Gritó indignado el capitán—. ¡Llegará el día en que sentirá hambre y nadie le dará un pan!
 

— ¡Capitán! ¡Soy la persona más rica de la ciudad! ¿Sentir hambre, yo? ¡Qué absurdo!
 

Ese mismo día recibió ella la noticia de la total destrucción de su flota debido a un pavoroso incendio. Pudo subsistir algún tiempo, hasta que vendió su última joya. Al verse en la ruina, no tuvo más remedio que pedir limosna de puerta en puerta. Pero todos le negaban su ayuda, pues se acordaban que esa dama había sido orgullosa y cruel. La pobre mujer pereció de hambre y de frío.

Autor: Anónimo
La Paz, 05 de Julio del 2014

El Rey de los Avaros

Este era un viejo avaro, que se privaba de comprar un plátano por no botar la cascara.
 

“Piraña”, que así se llamaba el viejo, oyó hablar un día de un colega suyo apodado “Mano Dura”, de quien se decía que era el Rey de los Avaros.
 

Quiso comprobarlo por sí mismo, y se trasladó al pueblo donde vivía “Mano Dura”.
 

Cuando tocó la puerta de su cabaña, el as de los avaros acababa de levantarse.
 

— ¡Buen día, amigo “Mano Dura”! —le dijo “Piraña”, como si fuera un viejo amigo suyo.
 

— ¡Bienvenido a mi casa! —Respondió el colega anciano—. Tendrás que disculparme unos segundos, mientras me hago el aseo.
 

— Tómate el tiempo que quieras —replicó “Piraña”.
 

— No mucho, porque el tiempo es oro —dijo, sonriendo irónicamente, “Mano Dura”.
 

El Rey de los Avaros fue al lavabo, hizo caer unas gotas de agua y con ellas se lavó la cara y los ojos. Luego, se peinó los hirsutos cabellos con los dedos de su mano abierta.
 

Terminado el breve aseo, “Mano Dura” se sentó en el suelo sobre la estera, invitando a su visitante a que hiciera lo mismo.
 

— Tú dirás, estoy a tus órdenes —dijo luego al forastero.
 

—He oído hablar de tu inigualable virtud de ahorrar y quiero tomar algunas lecciones de tu ciencia. A cambio, te enseñaré algunos de mis secretos.
 

— Bien —sonrió “Mano Dura”—. ¿Has desayunado? Pues hoy tengo el gusto de invitarte a desayunar. El ahorro nunca debe estar reñido con la cortesía.
 

Y los dos avaros se dirigieron al mercado para servirse un buen desayuno. Pero, al pasar por la panadería, preguntó “Mano Dura” al panadero:
 

— ¿Tiene hoy buen pan?
 

— Tan suave como la manteca —respondió el interpelado.
 

— ¿Qué te parece, amigo “Piraña” —dijo “Mano Dura” a su compinche—, si compramos mejor un poco de manteca en vez de pan?
 

Fueron a comprar la manteca para desayunar. “Mano Dura” dijo a la vendedora:
 

— Buenos días, señora. ¿Tiene Ud. buena manteca?
 

— Tan fina como el aceite —contestó la mujer.
 

— ¿Qué te parece? —Preguntó “Mano Dura” a su camarada—. Puesto que el aceite es tan fino como la manteca podemos comprar aceite.
 

— ¿Es bueno tu aceite? —preguntó “Mano Dura” al aceitero.
 

— Desde luego, y tan puro como el agua —respondió el vendedor de aceite.
 

— ¿Qué te parece, camarada? —Dijo “Mano Dura” a su cofrade—. Puesto que el agua es tan pura como el aceite, vamos a desayunarnos a la fuente cercana.
 

Y a la fuente se fueron los dos avaros, muy satisfechos de haber encontrado un desayuno tan increíblemente económico. Mezclados con asnos, caballos y mulos, se desayunaron en el abrevadero. Bebieron como unos hidrópicos, y luego se despidieron con grandes muestras de afecto los inefables avaros.
 

“Piraña” regresó a su pueblo satisfecho de haber conocido y comprobado que, efectivamente, su colega bien merecía el título de “Rey de los Avaros”.

Autor: Anónimo
La Paz, 17 de Junio del 2014

El Traje Luminoso

Cierto día, Dios llamó a San Pedro y le dijo:

— Baja a la tierra con este traje luminoso y busca a quien le venga a su medida y me lo traes aquí. Yo lo colmaré de dones y le haré feliz.

San Pedro descendió sobre una altísima montaña. Bajó a la llanura y empezó a buscar al hombre digno de ascender al Paraíso. Halló un anciano que vivía en continua oración, y cuando le preguntó por su existencia, el viejo le habló así:

— Odio la vanidad humana y rechazo las lisonjas. Los pobres hombres hechos de barro, sólo me inspiran compasión, porque son víctimas de sus debilidades.

San Pedro tendió al anciano el luminoso traje y le pidió:

— Toma este traje, buen hombre, y póntelo.

El viejo intentó ponerse el resplandeciente traje, pero le estaba demasiado estrecho y corto. San Pedro siguió, entonces, su camino, y así llegó al castillo de un príncipe alabado por su generosidad. El joven noble habló así de sus virtudes:

— Sé que lo terrenal es pasajero. Que las riquezas, las glorias y los halagos son cosas efímeras. Sé que quien hace el bien al prójimo, no hace más que sembrar para cosechar. Y que más tarde el Divino Juez nos premiará o castigará, según hayamos obrado en esta vida.

— Te ruego, amigo, que te pruebes este traje —pidió San Pedro al príncipe.

El joven hizo denodados esfuerzos para ponerse el ropaje, que parecía bordado con rayos de luna, pero tampoco le venía bien, pues era demasiado estrecho.

San Pedro visitó cabañas, soberbios palacios, ciudades y villorrios, pero a ninguno de los hombres le venía bien el traje.

Ya cansado y resignado con su vano intento, encontró a un pobre leñador, cuyas manos encallecidas mostraban las huellas del trabajo cotidiano.

— ¿A dónde vas con tanta prisa? —le preguntó San Pedro.

— Voy al bosque, a derribar árboles para mi sustento.

— El trabajo ennoblece, y veo que tú amas tu labor.

— No lo creas. Si siguiera mis malas inclinaciones, preferiría no hacer nada.

— Seguramente tu conciencia te impide portarte mal.

— ¿Mi conciencia?... ¡No sé de qué me hablas!... Sólo trabajo para no morirme de hambre, ¿sabes?

San Pedro intentó ascender el escabroso sendero que iba a la cumbre de la montaña, pero el leñador, al verlo tan cansado, se ofreció a llevarlo a cuestas.

— Gracias, amigo. Me has dicho que eres perezoso. ¿Por qué quieres hacer este esfuerzo?

— Yo te ofrezco mi ayuda con alegría —dijo el leñador y, tomándole en sus brazos le llevó hasta la cima. Entonces San Pedro le pidió:

— ¿Querrías probarte este traje?

El leñador se puso el traje, y éste le quedaba perfectamente, como hecho a medida.

— Ven, ven conmigo —díjole el Santo, con alegría—. Tú eres el hijo que Dios aguarda.

San Pedro y el leñador ascendieron al cielo, donde Dios le recibió con júbilo al humilde obrero, porque reconocía su sinceridad, libre de los oropeles de la conveniencia.

Autor: Anónimo
La Paz, 01 de Junio del 2014

El Príncipe Feliz

Cuando concluyó la ceremonia de bendición de la estatua levantada en una ciudad al Príncipe Feliz, dijo el Alcalde:

— Opino que la estatua es hermosa. Es lo único que hemos podido hacer en memoria del Príncipe Feliz. ¡A quién se le ocurre morirse tan joven, gozando de comodidades en su magnífico palacio! Que descanse en paz y que Dios lo tenga ya en su reino. Amén.

— Amén —contestaron todos los concurrentes al acto, y luego se fueron a sus casas comentando las virtudes del príncipe fallecido y la hermosura de la estatua.

La plaza quedó desierta y las hojas de los árboles, arrastradas por el viento de otoño, acariciaban el rostro de la estatua.

Todo era rara quietud y hacía frío. La estatua quedó sola, alzándose majestuosa en medio de la plaza. Los dos preciosos zafiros que eran sus ojos y un enorme rubí que había en el pomo de la espada, brillaban con vivísimos fulgores.

De pronto, en medio del silencio, se oyó el suave vuelo de una golondrina solitaria. Se posó exhausta sobre un hombro de la estatua del Príncipe Feliz. Apenas hubo acurrucado su cabecita bajo el ala, empezó a caer una fina lluvia sobre ella hasta empaparla.

— ¡Qué raro! —exclamó—. No hay una sola nube en el cielo y, sin embargo, llueve. Debo irme de aquí.

— No te vayas, golondrina— le suplicó la estatua.

— ¿Quién eres y por qué lloras? —le preguntó la avecilla.

— Soy el bronce que conmemora al Príncipe Feliz. Cuando estuve vivo en este mundo, jamás supe lo que era el dolor, pues siempre fui dichoso.

— Con razón te llamaban el Príncipe Feliz —comentó la golondrina.

— Siempre hice el bien a mi prójimo —prosiguió la estatua—, y aún en mi estado de bronce, anhelo seguir haciendo el bien. A propósito, mira: en una choza vive una pobre costurera, que tiene un hijo enfermo con fiebre y pide naranjas. Pero como su madre no tiene dinero, ¿quieres llevarle el rubí del pomo de mi espada?

La golondrina arrancó el rubí y, en raudo vuelo, llegó a la humilde vivienda de la costurera y puso la piedra en su regazo.

Cuando, a la mañana siguiente, la golondrina fue a despedirse de la estatua, ésta le rogó:

— No te vayas, buena amiga y hazme otro favor. Al otro lado de la ciudad hay un joven estudiante que se muere de frío. Arranca uno de mis ojos y llévaselo, pues es un valioso zafiro. Podrá venderlo y obtener así dinero para suplir sus necesidades.

La avecilla arrancó el ojo a la estatua y se lo llevó al estudiante pobre. Éste recibió el zafiro, lo vendió y pudo así salir de su difícil situación.

Cayó la primera nevada. El otoño tendió su blanca alfombra de nieve. Y la golondrina tuvo que acogerse al abrigo de la estatua del Príncipe Feliz. Mientras nevara, era imposible para ella volar hacia el sur a juntarse con sus compañeras.

Cuando pasó la nevada, la avecilla dijo a la estatua:

— Príncipe Feliz: no puedo esperar más. Mis compañeras deben estar ya junto al río Nilo, gozando del cálido sol de África. Tengo pena de irme porque te he tomado cariño, y tus penas las siento como las mías. Pero aquí no puedo pasar el invierno; me moriría de frío.

— ¿Y quién me ayudará a socorrer los dolores de la ciudad, que desde esta altura contemplo continuamente? —preguntóle la estatua—. Mira esa niña que vende fósforos; ha hecho caer al río sus cerillas, y llora porque su padre la golpeará. Te ruego que me arranques el último ojo que me queda y llévaselo.

La golondrina arrancó el otro ojo de la estatua y se lo llevó a la afligida niña.

— ¡Qué cristal tan fino!— exclamó la pequeña.

— Por esta piedra preciosa te darán mucho dinero díjole la avecilla.

Cuando volvió la golondrina a posarse en el hombro de la estatua, díjole ésta:

—Adiós, amiga mía. Muchas gracias por haberme ayudado a hacer el bien. Vete a gozar el ardiente sol de África. Yo seguiré aquí sufriendo con el infortunio de los pobres.

— No me iré —expresó la golondrina—. Ahora que estás ciego, necesitas mi ayuda y yo te la brindaré.

Desdichadamente, una fría mañana amaneció muerta la pobre golondrina al pie de la estatua. Y como el intenso frío hiciera rajar la estatua, fue llevada ésta al horno de una fundición; pero como no podía fundirse su corazón, fue arrojada a la basura, en que yacía la golondrina muerta.

Después de lo ocurrido, dijo nuestro Padre Celestial a un ángel que le llevara las dos cosas más valiosas de la ciudad.

Y el ángel le llevó, sin vacilar, el corazón de la estatua del Príncipe Feliz y el inerte cuerpo de la buena golondrina.

— Elegiste muy bien —dijo el Creador—. La golondrina volará y cantará eternamente en los jardines del Paraíso, y el noble príncipe tendrá un lugar cerca a mi trono celestial.

Autor: Oscar Wilde
Publicado por: Ohslho
La Paz, 20 de Mayo del 2014

La Princesa Generosa

Cierta vez, una princesa tenía cuanto puede desear una hija de reyes. Era bellísima, vestía los más raros y costosos trajes y adornaba su persona con preciosas joyas. Además, sus padres complacían sin demora sus más insólitos caprichos.
 
Sin embargo, la princesa no se sentía feliz. Y, a cada instante, presa de honda tristeza, se ponía a llorar.
 
Cuando sus padres le preguntaban preocupados por qué se desconsolaba de esa manera, ella contestaba:
 
— Busco la felicidad y no la encuentro.
 
Una mañana, muy de madrugada, la princesa salió del palacio sin ser vista por las damas que estaban a su cuidado ni de los cortesanos. Iba a conocer el mundo y anduvo por campos y bosques. Al sentirse muy cansada, se sentó sobre el tronco de un árbol caído y pensó: “Si yo encontrara la felicidad, con gusto dejaría de ser princesa. No siempre encuentra uno la dicha en medio de comodidades, lujos y poder”.
 
Apenas había acabado de pronunciar estas palabras, vio que se le acercaba una viejecita, ciega y encorvada por la edad, semidesnuda y apoyada en un bastón.
 
— Niña —le dijo la mendiga—, me muero de frío.
 
La princesa se quitó, de inmediato, su manto de armiño y se lo dio a la mendiga.
 
— Toma —le dijo—, te lo obsequio para que te abrigues.
 
— Mis hijos —dijo entonces la anciana— se mueren de hambre. Dame algo para alimentarlos y cubrir sus desnudeces.
 
— ¿Cuántos hijos tienes? —le preguntó la princesa.
 
— Cinco —contestó la viejecita.
 
— Pues bien, toma mi collar de perlas para tu hijo mayor; mis brazaletes brillantes para tu hijo segundo; mi cinturón de piedras preciosas para el tercero; mi bolsa llena de monedas de oro para el cuarto y los anillos de mis dedos para tu quinto hijo. Con estas joyas podrán comprar pan para mucho tiempo.
 
— Gracias, niña generosa —dijo la mendiga—. Tú debes ser una hada, ¿qué me das para recobrar la vista que he perdido?
 
— Mis ojos— contestó, prestamente, la princesa y, con sus delicados dedos, quiso arrancarse los ojos para dárselos a la mendiga.
 
Pero, la llegada oportuna de caballeros y soldados del rey que buscaban a la joven, impidió que la buena princesa sacrificara sus hermosos ojos para dárselos a la anciana ciega. La patrulla llevó a la princesa al palacio real, y sus padres, al verla casi desnuda, creyeron morir de pena. Pero ella, tranquila y serena, les dijo con la sonrisa más graciosa de sus sonrosados labios:
 
— No os compadezcáis, queridos padres. Encontré, por fin, lo que andaba buscando. He hecho un sacrificio para hacer el bien a los necesitados, ese sacrificio, en vez de causarme tristeza, me ha dado la felicidad que yo buscaba.
 
Los reyes abrazaron emocionados a su bella hija y la felicitaron por lo que había hecho para buscarse la propia felicidad.
 
Ante esta ejemplar lección, el rey dedicó gran parte de sus ingresos reales a dar limosna a los necesitados.
 
Organizaba festivales para proporcionar alegría y esparcimiento a sus súbditos. Visitaba a los enfermos, llevándoles no solo el consuelo de sus misericordiosas palabras, sino dinero para sus medicamentos y otras necesidades.
 
Y cuando el tesorero del reino notificó al monarca que sus arcas estaban exhaustas, éste le replicó:
 
— No importa que quedemos sin recursos. Lo principal es que lo que tuvimos, se lo dimos a los menesterosos. Y esto nos ha traído inmensa felicidad.
 
Sin embargo, para tranquilidad del reino, la viejecita mendiga del cuento era una hada que, con su mágica varita, renovó con creces las arcas del tesoro real, y todos fueron felices.

Publicado por: Ohslho
La Paz, 12 de Mayo del 2014

El Jarro de la Sabiduría



Hace muchísimos años, vivió un hombre que pretendía ser muy sabio y su fama se había extendido por toda la comarca. Se llamaba Sabino.
 
Para conocerle y pedirle consejo, las gentes emprendían penosos viajes, sin importarles las mortificaciones ni los peligros del camino.
 
Pero sucedió que aquellas gentes comenzaron a observar una indebida conducta. Sabino resolvió castigarlas privándolas de las luces de la sabiduría. Las escondería de tal modo, que ninguno pudiera hallarlas.
 
Con tal fin, guardó en un jarro de arcilla no sólo su propio saber, sino también la sabiduría que estaba esparcida por todos los ámbitos del mundo, y decidió ocultar la vasija en un lugar seguro.
 
EI sabio tenía un hijo, listo como él, el cual, al ver las idas y venidas que hacía su padre con aquel jarro, pensó.
 
— ¡Algo importante habrá dentro!
 
Y, desde ese momento, vigiló atentamente los movimientos de su progenitor. Al día siguiente lo vio levantarse y caminar sigilosamente por la casa, con el jarro bien apretado contra su pecho.
 
Luego, salió de la casa, sin advertir que había sido descubierto por su hijo. Atravesó la aldea y no se detuvo hasta llegar a un grupo de altísimas palmeras, cuyas copas parecían tocar el cielo.
 
El joven vio que su padre comenzaba a trepar por la más esbelta y alta palmera, llevando el misterioso jarro colgado al cuello por una cuerda y pegado al pecho.
 
La intención del sabio era esconder el jarro de la sabiduría en la alta copa de aquella palmera, a fin de ponerlo lejos del alcance de los hombres. ¡Ah, pero qué dura y peligrosa era la ascensión!
 
El sabio trataba de no mirar hacia abajo para no marearse con la altura y seguía subiendo penosamente. Pero le preocupaba los movimientos del jarro, pues éste no cesaba de danzar de un lado hacia el otro, y tan pronto golpeaba contra la dura corteza de la palmera, como contra su pecho.
 
Pero el hombre trepaba y trepaba indiferente a los acelerados latidos de su cansado corazón, y a la distancia, cada vez más creciente, que lo separaba del suelo.
 
El sabio tenía un defecto: era muy caprichoso. Y llegó el momento en que, tan alto había subido, que su hijo apenas lo pudo distinguir desde abajo.
 
— ¡Escucha lo que te digo, padre! —le gritó con todas sus fuerzas—. ¡El jarro que llevas colgado delante del pecho te impide moverte libremente y peligra romperse! ¿Por qué no te lo colocas a la espalda?
 
Al oír aquellas palabras de su hijo, el sabio se sobresaltó, pues creyó que nadie lo había visto. Sin embargo, pasado el primer instante de estupor, meditó sobre lo que acababa de decirle su hijo. ¡Oh, sí, su joven e inexperto hijo tenía razón! ¿Cómo no se le había ocurrido a él, siendo tan hábil, llevar el jarro colgando sobre su espalda?
 
— Te lo diré algo, hijo mío —gritó desde arriba—: Estaba seguro de haber encerrado en este jarro toda la sabiduría del mundo. Pero mi hijo me dice algo y descubro que esto que me aconseja contiene mucha sabiduría. Ha tenido que ser mi hijo quien me indique cómo debo proceder.
 
Las últimas palabras fueron casi gemidos del pobre hombre. Con desesperados movimientos se arrancó el jarro del cuello y lo arrojó violentamente al suelo.
 
El recipiente, que contenía la sabiduría del mundo, describió una extraña parábola en el aire y fue a estrellarse contra unas rocas, rompiéndose en mil pedazos.
 
Naturalmente, la sabiduría escapó del jarro, y así fue cómo se desparramó por los cuatro confines del orbe. Sólo debemos culpar al viento si a unas regiones de la Tierra llegó en mayor proporción que a otras, y si unos hombres la poseen en mayor o menor grado que los demás.

Publicado por: Ohslho
La Paz 30 de Abril del 2014

La Criadita de la Virgen María

Mientras Jerusalén recobraba su habitual sosiego después de la celebración de la Pascua, en sus extramuros una pastorcita cuidaba unas ovejas.
 
Sentada bajo un añoso olivo, se disponía a comer observada por su perrito, cuando éste, de pronto, levantó las orejas y comenzó a mover cariñosamente su cola.
 
La actitud del perrito se debía a que un niño se dirigía hacia ella. Cuando aquél estuvo cerca, se quedó mirándola.
 
— ¿Cómo te llamas y de dónde eres? —le preguntó la niña.
 
— Me llamo Jesús y soy de Nazaret —dijo el niño— ¿Y tú?
 
— Yo me llamo Noemí y soy de Jerusalén —respondió ella —. Soy huérfana y vivo con una tía inválida, ¿sabes? Y tú, ¿tienes padres?
 
— Sí. Mi Madre se llama María y mi padre José, y es carpintero.
 
— ¿Y por qué no estás con tus padres?
 
— Ellos se fueron de viaje de retorno, pero yo me quedé aquí, en la casa de mi Padre.
 
— ¿Tu padre tiene casa en este lugar?
 
— Niña —dijo Jesús muy serio—, ¿acaso el templo no es la casa de nuestro Padre?
 
— Es verdad —dijo Noemí—. ¿Y qué has hecho tanto tiempo en el templo?
 
— Pues orar y hablar con los doctores.
 
— ¿Y te has atrevido? Debes saber mucho...
 
— Regular no más.
 
— Yo nunca fui a la escuela —replicó la niña—.
 
— Yo tampoco —dijo Jesús—, pero me ha enseñado mucho mi Madre.
 
Y la niña, ante el recuerdo de su madrecita muerta, se puso a llorar. Más, el Niño la consoló:
 
— No llores, Noemí. Bienaventurados son los que lloran, porque serán consolados. ¿Y tú no has ido al templo?
 
— Sí. ¿Y sabes lo que he pedido a Dios?
 
— No. Dímelo, amiguita.
 
— Pues le he pedido tres cosas: Una, que mejore mi tía, porque sufre en cama; otra, que no se muera ninguna ovejita; y la otra...
 
— Y la otra, ¿cuál es, Noemí? —preguntó Jesús.
 
— Pues he pedido a Dios que me deje ver al Mesías y sea yo la criadita de la Virgen, su linda Madre.
 
— Pues, en verdad te digo, se cumplirá tu deseo, porque el que busca encuentra y el que pide recibe...
 
— ¡Qué bien hablas y qué hermosas palabras dices!
 
Como ya se ocultaba el sol tras las montañas, el Niño se despidió de la pastorcita, diciéndole:
 
— Adiós, Noemí. No me olvides, que yo siempre he de recordarte.
 
— Adiós, amiguito. ¿Volverás nuevamente por la fiesta?
 
— Desde luego, regresaré.
 
Pasaron los años y Jesús era ya un hombre, y la pastorcita Noemí, una verdadera mujer.
 
Un día, Jesús se despidió de su Madre y le dijo que iba a buscar la oveja perdida de Israel.
 
María se quedó sola, pero, al día siguiente, tocó sus puertas, Noemí, la bella y sufrida pastorcita de Jerusalén, y se quedó en la casa de la Madre de Jesús haciéndole compañía.
 
Las gentes llamaban a esa hermosa y dulce joven “La Criadita de la Virgen”. Esto le encantaba a Noemí, y se sentía satisfecha y feliz de ayudar en sus quehaceres a la Madre de Dios.

Autor: Anónimo
Publicado en: La Paz, 17 de Abril del 2014

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