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La Alfombra Voladora

Hace muchísimos años, vivía en la India una sabio sultán que tenía tres hijos: Hasán, Alí y Amed, jóvenes inteligentes, que eran el orgullo de su padre.

El hermano del sultán había muerto en una cacería de tigres, dejando huérfana a su única hija: Nurinarda. Ésta fue recogida por su tío, el sultán, y creció junto a los tres príncipes a quienes miraba como a hermanos.
 

Crecieron los príncipes y, por supuesto, Nurinarda era cada día más linda. El afecto de hermanos poco a poco fue convirtiéndose en grande y verdadero amor hacia la bella primita. Ésta por su parte, seguía amando a sus primos por igual, pero con ternura de hermana.
 

Como los príncipes se vieron en difícil problema, consultaron el caso con su padre, el sultán.
 

— Hijos míos, este problema tiene solución y creo haber hallado la vuestra. Debéis viajar por el mundo por espacio de un año por separado y con rumbo distinto. Cada uno de vosotros traerá un regalo para Nurinarda, y ella decidirá a vuestro regreso qué objeto es el que recibe con mayor ilusión. Quien lo haya traído, será su esposo, debiendo los otros dos acatar resignados la elección.
 

Lo prometieron así los tres príncipes, y de inmediato partieron. Después de tres meses de viaje, Hasán llegó a una gran ciudad. Recorrió todos sus bazares y no halló nada que atrajera su atención. Luego se dirigió a una posada para pasar la noche, y al entrar al comedor vio a un mercader que mostraba una alfombra rara, a sus compañeros de mesa.
 

— Esta alfombra es mágica —decía el hombre—, y el que la posea puede volar sobre ella de un lugar a otro del mundo, con solo sentarse y expresar su deseo.
 

— ¿Cómo sabré que no engañáis? —preguntó el príncipe.
 

— Fácilmente podréis probarla. Sentaos sobre ella conmigo y os trasladaré a vuestra casa, donde podréis darme el precio señalado.
 

De inmediato se sentaron en ella y en cuanto Hasán ordenó: “Llévame a mi casa” la alfombra empezó a moverse y aletear; se fue alzando lentamente, se encogió para pasar por la ventana, y ya en el aire, se extendió ampliamente y tomó raudo vuelo, llegando en poco tiempo al palacio del sultán, donde Hasán pagó el precio convenido.
 

Alí, el segundo de los hermanos, a poco de salir se encontró con una caravana que iba a Persia, y a ella se unió, viajando durante dos meses, hasta que llegaron a la capital, donde inmediatamente se dedicó a recorrer los bazares en pos de algún objeto maravilloso para su amada.
 

Inútilmente recorrió las tiendas y ya pensaba dirigirse a otra ciudad, cuando en una callecita vio a un anciano que agitaba un tubo de marfil y plata, mientras pregonaba:
 

— ¿Quién compra el telescopio de los deseos? El que lo compre, podrá ver por él todo lo que desee.
 

Alí quiso comprobarlo, y tomando el telescopio deseó ver a Nurinarda, cosa que logró apenas aplicó el ojo al aparato. Entonces cerró el trato y entregó al anciano cuarenta bolsas de oro. Al día siguiente regresó a la India y llegó, por fin al palacio de su padre.
 

Por su parte, Amed había llegado a la ciudad de Samarcanda, donde empezó a recorrer frenéticamente todos los bazares en busca de un objeto que mereciera la admiración de Nurinarda, y ya había decidido viajar a otra ciudad, cuando a la puerta de una posada encontró un mercader que ofrecía una hermosa manzana.
 

—¿Quién quiere la manzana de la salud? —voceaba—. Esta manzana tiene la propiedad de devolver la salud a quien aspire su fragancia. Y sólo cuesta veinte bolsas de oro.
 

Amed pensó que esto sí era algo digno de tener en casa para ver siempre lozana, sonrosada y sana a Nurinarda. Sacó veinte bolsas de oro y se guardó la manzana. Luego retornó a palacio.
 

Al reunirse los tres hermanos, mostraron sus compras, y, en consulta con su padre, el sultán, decidieron ir por turno ante Nurinarda, comenzando por el mayor, para que ella decidiera cuál era el objeto que más le complacía. Y ya iba a dirigirse Hasán al aposento de su prima, cuando varias damas de compañía vinieron llorando hacia ellos, anunciándoles que la princesa estaba mal.
 

Todos corrieron al dormitorio de Nurinarda y la encontraron delirando, con fiebre alta y los ojos brillantes. Hicieron venir, entonces, al médico de palacio, el cual, tras hacerla una revisión genral, no pudo decir qué enfermedad la tenía postrada. Ante tal incertidumbre, pensaron en hacer venir al médico más famoso del país.
 

¿Cómo saber si, efectivamente, el médico estaba en el sitio indicado? Alí sacó su telescopio, miro por él y vio que, realmente el médico estaba en su consultorio. ¿Cómo traerlo pronto? Hasán montó sobre su alfombra voladora y a poco llegó donde el médico, le hizo subir en ella y, en menos de lo que canta un gallo, estuvo de regreso.
 

El facultativo examinó bien a la princesa y movió la cabeza en gesto de impotencia, como quien dice: “Ya no hay remedio”.
 

Entonces Amed se acordó de su manzana de la salud, hizo que Nurinarda la oliese y, ¡oh maravilla! ésta abrió los ojos y sonrió. De inmediato los colores volvieron a su lindo rostro, y el ánimo y la salud permitieron que la linda princesita se pusiese a caminar recuperada y contenta.
 

Se celebró en palacio una gran fiesta por la salud de Nurinarda. Hubo cinco orquestas que se turnaban para amenizar la reunión, y a ratos, exóticas bailarinas danzaban al compás de encantadoras melodías. A los postres, el sultán llamó a sus hijos y les dijo:
 

— Creo que estaréis de acuerdo que los tres regalos son valiosos. Sin el telescopio, no habríamos localizado al médico. Sin la alfombra, no habríais tenido el facultativo tan pronto en casa. Y sin la manzana, no gozaríamos ahora con el restablecimiento de mi sobrina.
 

— Que decida Nurinarda —dijeron los tres príncipes.
 

— Agradezco la diligencia puesta por los tres para lograr mi recuperación —dijo la princesa—. Pero mi salud se debió a la manzana que trajo Amed.
 

— Tienes razón —sentenció el sultán—. Quien le trajo la salud en su bolsillo, es digno de ser su esposo. Amed será el elegido.
 

Los otros dos hermanos dieron también la razón y convinieron en renunciar a sus pretensiones.
 

Y dicen los anales que nunca hubo una fiesta de bodas tan sonada en aquel país con motivo de la unión de Amed con Nurinarda. Tuvieron muchos hijos, vivieron felices, y todo fue paz y prosperidad en aquel reino.

Publicado por: Ohslho
La Paz, 23 de Noviembre del 2014

Pedrito

Pedrito era el último hijo de un pobre padre que tenía tantos hijos, que los dedos de las manos y de los pies no eran suficientes para contarlos.

Le había nacido un nuevo hijo y no tuvo más remedio que salir a buscar a alguien que aceptara ser su padrino. Como caminaba sumergido en hondas preocupaciones, sin darse cuenta extravió el camino. Cuando se vio en dificultades para volver al hogar, se le apareció un hombrecillo que apenas se levantaba unas cuartas sobre el suelo.
 

— ¿Qué buscas, buen hombre? —le preguntó el enano.
 

—Ando en busca de un padrino para mi último hijo. Tengo tantos, que nadie queda en el pueblo para hacerlo padrino.
 

—Yo oficiaré de padrino de tu hijo —le consoló el hombrecillo—; pero con la condición de que cuando tu hijo tenga siete años, siete meses y siete días, me lo darás para hacer de él un hombre de bien.
 

El afligido padre accedió de buen grado, pues pensó que, con tantos hijos, no les afectaría mucho a él y a su mujer el que se llevasen uno de ellos.

El niño fue bautizado con el nombre de Pedro y el padrino fue grande en obsequios: le compró ropa y juguetes.

Fue pasando el tiempo sin sentir, y cuando ya los padres de Pedrito tenían la esperanza que el padrino se hubiese olvidado del pacto, exactamente a los siete años, siete meses y siete días, apareció el hombrecillo, quien vino a llevarse a su ahijado.
 

Luego de las llorosas despedidas, partieron de la casa el padrino, el padre y Pedrito. Al llegar la noche, llegaron al sitio donde había tenido lugar el primer encuentro con el hombrecillo. En cuanto se detuvieron, abrióse una trampa, dejando abierto un camino subterráneo.
 

El hombrecillo se despidió de su compadre y Pedrito de su padre; y padrino y ahijado desaparecieron por el oculto sendero. Avanzando por él, llegaron al décimo quinto día a un país donde la hierba era de oro, las flores tenían estambres de diamantes y los caballos tenían pelambre de plata.
 

Avanzando días interminables, llegaron, por fin, a las puertas de un castillo cuyas piedras tenían incrustaciones de diamantes. El hombrecillo golpeó con su varita de oro las puertas del castillo y estas se abrieron de par en par, como tácita invitación a que entrasen.

Entonces, el hombrecillo dio una ágil voltereta en el aire, y al caer nuevamente al suelo, se transformó en una bellísima princesa que sonrió dulcemente a Pedro, pues ya no era Pedrito, quien quedó enmudecido de asombro.

— Escúchame, simpático joven —le habló la princesa—. Yo sufrí el hechizo de un perverso mago, para que vagase como un hombrecillo insignificante, hasta que encontrase una persona que tuviese siete años, siete meses y siete días justos. Te he encontrado a ti y si me aceptas por esposa, todo este palacio y este reino serán tuyos.
 

Pedro aceptó gustoso ser esposo de tan bella mujer. Se casaron en brillantes bodas y luego, en lujoso coche tirado por seis blancos caballos, fueron en busca de los padres y hermanos de Pedro.
 

Fueron llevados a vivir en el palacio y, como es fácil comprender, comenzaron a vivir una vida cómoda, lejos de los apremios de la pobreza en que habían vivido por tener numerosa familia.

Publicado por: Ohslho
La Paz, 05 de Noviembre del 2014

El Almendro

Hace mucho tiempo, vivían en un hogar una cariñosa madre, un sacrificado padre y un niño que era la delicia de los dos. Como el chico era objeto de los mimos de sus padres, creció muy engreído.

La madre murió víctima de una rara dolencia, y viéndose el padre solo y joven, se casó nuevamente.

El pobre niño sufrió mucho con la muerte de su madre, y mucho más por el mal trato que le daba su madrastra.

Esa situación se agravó cuando el matrimonio tuvo una niña, pues mientras la madrastra complacía todos los caprichos de su hija, al niño le privaba de todo.

Sin embargo, el niño tenía como compensación el cariño de su hermanita, quien compartía con su medio hermano todo lo que ella recibía.

Un día, estaba la madrastra guardando unas manzanas en un baúl, cuando el niño le dijo:

— Mamá, ¿me puedes dar una manzana?

— Ven —le replicó la mujer—; cógela tú mismo.

Como la mala señora vio propicia la ocasión para consumar su aciago deseo, dejó caer la tapa del baúl con tal fuerza, que mató al pobre niño. La pequeña se puso a llorar, pues quería mucho a su hermanito; pero su madre la hizo callar. Arrastró con dificultad el cadáver del niño y lo enterró al pie de un almendro cerca de la playa.

Cuando el marido volvió a casa e indagó por su hijo, su mujer le dijo que lo había mandado de compras a la ciudad y que tardaría en regresar. La niña, por su parte, no hacía otra cosa que llorar y llorar, arrodillada al pie del almendro.

Hasta que, un día, cuando las suaves brisas marinas silbaban su canción entre las ramas del almendro, voló de entre éstas un pajarito, el cual, dando vueltas, cantó:

— Mi madre me mató y por eso mi hermanita llora.

Volando, volando, llegó el pajarito un día a casa de un joyero, quien quedó fascinado al oír la canción del pajarito. Pidió a la avecilla que repitiera su canto, pero ésta puso como condición para repetirlo, que le obsequiara una cadenita de oro, cosa que el hombre le dio de buena gana.

Luego voló el pajarito hacia la tienda del zapatero, y ahí repitió su dulce canción. El hombre quedó prendado de lo que oyó; y la avecilla pidió le obsequiara un par de zapatitos rojos. El zapatero se los dio, y el ave volvió a cantar su dulce canción.

Y, vuela que vuela, llevando en una patita la cadena de oro y, en la otra, los zapatitos, llegó donde el molinero, el que quedó seducido al oír las dulces melodías del pajarito.

— ¡Repíteme tu canción, pajarito! —le pidió el hombre.

— Lo haré si me das la piedra del molino.

El molinero complació a la avecilla, y ésta, después de cantar, voló rumbo a la casa de la madrastra, llevando prodigiosamente los objetos que había pedido. Estaban sentados a la mesa del comedor, el padre, la madrastra y la hermanita, quien seguía llorando inconsolablemente.

— Mi madre me mató y, desde entonces, mi hermanita llora.

La madrastra se tapó los oídos para no escuchar la acusadora canción del pajarito, que se había posado en las ramas del almendro. La avecilla dejó caer la cadenita de oro en el cuello de su padre; los zapatitos rojos junto a la niña, quien se los puso muy contenta, y... ¡pum!, arrojó la piedra del molino sobre la madrastra, que murió aplastada por el peso.

Debajo de la piedra comenzó a gemir un niño; el padre corrió a voltear la piedra y debajo de ella surgió, sonriendo con dulzura, el hijo muerto. El padre, la niña y el niño resucitado, se confundieron en un estrecho y tierno abrazo...

Publicado por: Ohslho
La Paz, 21 de Octubre del 2014

El Pajaro de Oro

En un lejano país del Oriente, hubo un rey que guardaba con orgullo un árbol que producía manzanas de oro.

Este árbol era cuidado especialmente por un labriego. Pero, un día, éste se presentó ante el rey muy asustado.
 

— Majestad —le dijo—, anoche han robado una manzana del árbol. Voy a poner a mi hijo mayor para que haga guardia esta noche, a ver si se repite el robo.
 

Así lo hizo, pero volvió a ser robada otra manzana de oro. Y todas las noches robaban, sin que el hijo del guardián, ni nadie pudiesen evitarlo.
 

Entonces, pusieron como guardián al más joven de los hijos, y éste vio que un pájaro de oro cogía una de las manzanas del árbol prodigioso y se la llevaba. El joven le disparó un flechazo, pero sólo cayó una pluma del pájaro. Mas esta pluma era de oro; el rey, dirigiéndose al labrador, le dijo:
 

— Si quieres que perdone tu descuido, debes traerme el pájaro de oro.
 

El labriego envió a su hijo mayor en pos del pájaro. En el camino se encontró con un zorro, el cual, al ver que le apuntaba, le dijo:
 

— No dispares contra mí, y te daré un consejo. Cuando llegues a la aldea, verás dos posadas. Una, cómoda y agradable; la otra, fea y triste. Alójate en la segunda, aunque sea agradable; yo sé por qué te lo digo.
 

Pero el joven no le hizo caso y disparó contra el animal, haciéndolo huir al bosque.
 

Y cuando el joven llegó al pueblo, se alojó en la posada, contrariando los consejos del zorro, y encontró distracciones que, olvidando su cometido, no volvió a acordarse del pájaro de oro que buscaba.
 

Entonces, salió en su busca el segundo hijo del labriego, pero le sucedió lo mismo que a su hermano, e igual que él, hospedó en la posada de mejor apariencia. Como ninguno de los hermanos regresaba, el más joven de todos salió en busca pájaro de oro. Al encontrarse con el zorro no disparó contra él.
 

— Monta sobre mi cola y te llevaré al pueblo —le dijo zorro.
 

El zorro, cargado con el joven, pareció volar, y lo la posada incómoda, diciéndole:
 

— Mañana irás al castillo negro y verás que toda servidumbre está dormida. Sobre una mesita está el pájaro oro dentro de una jaula de madera, y a su lado hay otra dorada. Sácalo pero no intentes cambiarlo de jaula.
 

El joven hizo la promesa de seguir las instrucciones, cuando vio la jaula de oro, no pudo resistir la tentación agarrarla. Entonces, el pájaro de oro gritó hasta despertar a la servidumbre, quien condujo al joven a presencia del castillo.
 

— Mañana serás ahorcado —dijo éste— si no me traes el caballo de oro que corre como el viento.
 

El joven se puso en camino y se mostraba indeciso, pues no sabía dónde ir, cuando se encontró con el zorro.
 

— En el palacio blanco encontrarás a todos dormidos, y el caballo tendrá dos sillas, una nueva y otra vieja; pero escoge tú la vieja y verás —le dijo el zorro.
 

A pesar de ello, el joven escogió la nueva, y cuando la puso al caballo, éste relinchó hasta despertar a toda la gente, que cogió al muchacho y lo llevó ante el señor del palacio.
 

— Te haré cortar la cabeza —le dijo— si no me traes a la hija del rey.
 

El joven encontró al zorro cuando salía del palacio, y éste le dijo:
 

— A media noche, la princesa toma un baño. Bésale la mano y ella te seguirá donde quieras; pero no permitas que se despida de sus padres.
 

El joven siguió al pie de la letra las instrucciones del zorro, y pudo así llevarse a la princesa. Al verlos, el zorro les dijo:

— Muy bien; ahora, si me obedeces, tendrás princesita, caballo y pájaro. ¿Cómo? Cuando llegues delante del señor del palacio blanco, pedirás el caballo a cambio de la princesa, y cuando estés montado sobre él, la subes a la grupa y sales a la carrera, sin que nadie logre alcanzarte. Cuando lleguemos al castillo negro, entrarás tú solo con el caballo y dirás que quieres examinar al pájaro para ver si es el verdadero. Cuando lo tengas en tus manos, sales corriendo y te reúnes con nosotros.

Todo salió con éxito, y nuestro joven héroe regresó al palacio del rey, le entregó el pájaro de oro y salvó así a su padre. Luego se casó con la princesita y, cuando el rey murió, como no tenía hijos, le dejó su reino para que lo gobernara.

Publicado por: Ohslho
La Paz, 04 de octubre del 2014

Gulliver en el País de los Enanos

Gulliver, el gigante viajero, llegó al país de Liliput en una de sus frecuentes correrías. El barco en que hacía la travesía se había hundido, pero como él sabía nadar, pudo ponerse a salvo llegando a la costa. Como se sentía cansado, al poco rato se quedó profundamente dormido.


Cuando despertó, cuál no sería su sorpresa al verse atado y rodeado de una multitud de seres tan pequeñitos como los dedos de una mano. Los enanitos le contemplaban con curiosidad y luego, más decididos, se entretenían en trepar por sus piernas y brazos, tal como si fueran hormigas.

Uno de los hombrecitos, que llevaba bastón porque era anciano, le tocó la nariz con el cayado, haciéndole cosquillas. Estas le provocaron a Gulliver deseos de estornudar, y como se imaginaba lo que podía suceder, trató de contener su estornudo. Pero no pudo, y de pronto se produjo la catástrofe.

— ¡Aaaaaaat... chiiíssss!

Gulliver estornudó con toda su fuerza, y los enanitos, que se paseaban confiadamente por su cuerpo, salieron despedidos a varias leguas de distancia, y los que se quedaron huyeron a sus escondites.

Gulliver hizo un esfuerzo y se soltó de las ligaduras. Se puso de pie y llamó a los enanitos en el propio idioma de éstos, porque conocía todas las lenguas.

— No temáis, amiguitos. Soy un náufrago y necesito ayuda.

Los liliputienses se fueron acercando poco a poco, y viendo que no les pasaba nada, todos salieron de sus casitas.

Claro que no las tenían todas consigo, pues los estornudos del gigante eran para ellos como huracanes y no querían soportarlos otra vez. Pero la confianza volvió en ellos, cuando vieron que el hombrón les sonreía.

Como Gulliver sentía hambre, los habitantes de Liliput le dieron una opípara comida, para lo cual cada uno tuvo que aportar víveres. La comida resultó como un plato chino. Un garbanzo, que los enanitos comían como si fuera un melón, para el gigante era como un grano de sémola. Total, que todos los víveres que para ellos eran para un año, el gigante se los tragó en un santiamén. Luego sintió sed, y todos le trajeron barriles de vino, que eran del tamaño de un dedal.

Saciados su hambre y sed, Gulliver les dio las gracias y se puso a conversar con ellos. Así se enteró de que su rey era Lilipín I, muy justo y bueno, y que estaban en guerra con otros enanitos de un país vecino.

— Yo daré cuenta de vuestros enemigos —les prometió el gigante.

Los enanitos quedaron encantados con su nuevo aliado, y le llevaron a presencia de Su Majestad. Pero ya Lilipín I y su esposa Lilipina, informados de la presencia en la isla de un gigante, venían hacia él en su carroza tirada por seis ratones.

Gulliver les hizo una gran reverencia, y como las gentes se hacían lenguas de la simpatía del gigantón, el soberano se decidió a pedirle consejo.

— Buen amigo, nuestra isla es para ti como si fuera tu casa. Pero tu casa, si fuera atacada, sería defendida por ti, ¿verdad?

Gulliver entendió la indirecta y como ya había tomado cariño a sus salvadores, dijo al rey:

— Esta es como mi casa, es cierto, y como tal voy a defenderla. ¿Dónde están los enemigos de Liliput, que son ya los míos?

En eso sintió un tumulto en la calle y apareció un mensajero despavorido, que comunicó al rey que los ejércitos del reino vecino se acercaban a la isla en una flota enorme.

El rey y Gulliver se dirigieron a la playa, seguidos del pueblo. En el horizonte marino se veía, en efecto, cientos y cientos de barcos que avanzaban hacia la isla.

Los liliputienses se llenaron de temor porque no estaban armados; pero Gulliver los tranquilizó diciéndoles que, para él, esa flota de barcos era nada. Les hizo que aguardaran en el bosque, con su rey al frente, y avanzó hacia el mar. Se metió en el agua y cogiendo uno a uno los barcos llenos de soldados enemigos, naves que para él eran como cascaras de nuez, se fue llenando los bolsillos con ellos. Y cuando no quedó uno solo, Gulliver salió a tierra y llamó a sus amigos, los liliputienses.

El rey y la reina, así como los súbditos, quedaron asombrados de la proeza del gigante.

Finalmente, Gulliver abrió grandes huecos en la arena, con sus enormes manos, y en esos huecos fue depositando los barcos cargados de soldados enemigos. Luego con los pies tapó los huecos con la misma arena, con lo cual todo el ejército invasor murió asfixiado.Los enanitos quedaron muy agradecidos para Gulliver y durante varios días hicieron fiesta en su honor, proclamándole héroe de Liliput.

Gulliver pasó varios años en el país y Lilipín I, quien le nombró generalísimo del ejército que aquél organizó. Pero los enemigos, horrorizados por la triste suerte de su armada, nunca más se atrevieron a provocarlos.

Mas un día arribó a la isla un barco grande, y como Gulliver quería ver a su familia, el rey, con enorme pena, consintió en que se fuera. Los pequeños, entristecidos, le pidieron que volviera en cuanto le fuera posible. Gulliver, dando un adiós general con su mano en alto, se embarcó en la nave que lo llevó a Inglaterra.

Los liliputienses agitaron sus pañuelos como señal de despedida hasta que el barco desapareciere en el horizonte.


Publicado por: Ohslho
La Paz, 19 de Septiembre del 2014

El Rey Pico de Loro

Un rey tenía una hija muy bella, pero altanera y orgullosa. El soberano dispuso una gran fiesta en el palacio, y a ella concurrieron los más apuestos príncipes de los reinos vecinos. El rey hizo llamar a su hija para que escogiese marido entre ellos; pero ella los rechazó con desprecio.
 

— ¡Qué tonel! —exclamó, a la vista de un príncipe corpulento.
 

— ¡Vaya una espingarda! —dijo al mirar a un príncipe alto y delgado.
 

— ¡Parece un ladrillo! —dijo por un príncipe que tenía sonrojado su rostro. Y así, a todos los demás. Pero de quien más se burló fue de uno que tenía la barba algo saliente.
 

— ¡Qué cara tan horrible! —Dijo ella riendo—. ¡Tiene la barbilla como el pico de un loro!
 

Y al joven le quedó el mote de “Pico de loro”.
 

El padre de la joven montó en cólera y juró que la casaría con el primer mendigo que se presentara. Dos días después, un infeliz tocador de guitarra fue a la puerta de palacio a pedir limosna. El rey lo hizo conducir a su presencia al mismo tiempo que mandaba llamar a su hija.
 

El mendigo tocó dos piezas y el rey dijo:
 

— Tu música me ha gustado tanto, que te caso con mi hija.
 

Inútil fue que la princesa llorase y gritase; el rey permaneció inflexible.
 

— Lo he jurado —dijo—  al ver que despreciabas a los más poderosos pretendientes.
 

Llamó al cura y se celebró el matrimonio en el acto. Después de la ceremonia, dijo el rey a su hija:
 

— Aquí no tienes nada que hacer. Tu deber es seguir a tu marido. Así que, ¡buen viaje!
 

El mendigo se llevó a su mujer que, desolada y triste, iba detrás de su marido. Atravesaron un gran bosque y la joven preguntó:
 

— ¿De quién es esto?
 

— Del rey “Pico de loro”.
 

— ¡Ay de mí! ¿Por qué no me habré casado con él? —murmuró.
 

Y así, al pasar por unos inmensos campos cubiertos de mieses, como también por una bonita ciudad, la respuesta era idéntica: “Son del rey ‘Pico de loro’”.
 

Llegaron, por fin, a una cabaña de pobrísima apariencia, y el mendigo se detuvo.
 

— Esta es nuestra casa —dijo el mendigo— ¡Adelante!
 

— Pero no veo tus criados.
 

— ¿Criados! Yo me servía solo; pero, ahora, tú te encargarás de hacerlo. Vamos, enciende el fuego para que hagas la comida, porque tengo hambre.
 

Pero la princesa, que jamás había hecho estos menesteres, no sabía cómo arreglarse, y el mendigo tuvo que terminar haciendo la comida. Después, rendidos por la fatiga, se retiraron a descansar.
 

Al día siguiente, muy temprano, el mendigo la despertó diciéndole:
 

— ¡Vamos, levántate pronto y limpia la casa!
 

Al cabo de unos días, cuando las provisiones se iban agotando, dijo el pordiosero:
 

— No seguiremos esta vida de ociosos. Yo volveré a pedir limosna y tú harás cestos.
 

Luego fue a buscar mimbre y se lo trajo; pero al cabo de un rato, los delicados dedos de la princesa comenzaron a sangrar que daba lástima. Luego el marido le trajo una rueca y cáñamo para que hilase, y los dedos de la princesa volvieron a sangrar.
 

— Verdaderamente  —dijo el hombre— no sabes hacer nada. ¡Valiente negocio he hecho casándome contigo!
 

Finalmente, el mendigo llevó a su mujer para que trabajase como ayudante en la cocina de palacio. Le dijo que al principio no ganaría más que su ración, pero que le apartase la suya. Así se hizo, y la princesa tuvo que ocuparse de los más humildes menesteres del palacio.
 

Luego hubo una gran fiesta para festejar el santo del rey. Queriendo contemplar el lugar donde otro tiempo fuera reina, se ubicó delante de las puertas del salón.
 

Contempló desde allí la fiesta con indecible angustia, maldiciendo su insensato orgullo que le trajo la desdicha.
 

De pronto, un príncipe de dorados vestidos salió de entre los invitados y la invitó a bailar. ¡Cuál no sería su sorpresa al reconocer al rey “Pico de loro”, de quien se había burlado! Quiso huir, pero él la retuvo y le dijo:
 

— No lloréis, princesa y miradme atentamente. ¿No veis que el mendigo con el cual os habéis casado y yo, somos la misma persona? Al oír yo a vuestro padre jurar que os casaría con un mendigo, me disfracé de pordiosero. Hoy, que vuestro orgullo ha desaparecido, vais a dejar de sufrir, pues sois la esposa del poderoso rey “Pico de loro”.
 

La princesa abrazó y besó a su esposo. El padre y toda la corte se acercaron para ver lo que ocurría y, al saber lo sucedido, todos lloraron de emoción.

Publicado por: Ohslho
La Paz, 07 de Septiembre del 2014

Blanca Flor

Rolando era un simpático príncipe, quien, por urgentes razones de Estado, debía contraer enlace.

El joven no sabía a quién elegir para esposa hasta que un día, en que contemplaba las rosas de su jardín, le vino la idea de que debía casarse con una dama que se llamase Blanca Flor. Hizo conocer esta decisión a su madre, la reina, y ésta exclamó:
 

— ¡No conozco mujer alguna que se llame así! ¡Tendrías que recorrer el mundo entero para encontrarla! Tú sabes, además que hay un plazo para solucionar este problema de Estado.
 

El príncipe salió a recorrer muchos países y, cuando hubo perdido la esperanza de hallar a la mujer que anhelaba, se encontró con un pescador, quien al saber el motivo del viaje del joven, le dijo:
 

— Señor, yo os llevaré a la choza de unos pobres leñadores que tienen dos muchachas. Una de ellas, es hija del matrimonio; la otra, es una huerfanita que se han criado. Esta es muy bonita y muy buena y, por eso, la pareja le puso el nombre de Blanca Flor.
 

Al oír esto, el príncipe dio un saltó de alegría y pidió al buen pescador que lo condujera a la choza. Una vez en ella, les dijo a los leñadores.
 

— ¿Es verdad que tenéis una huerfanita que se llama Blanca Flor? Soy el príncipe Rolando y deseo casarme con ella. Venid todos conmigo al palacio, para que mi madre vea a Blanca Flor, precisamente cuando ya se vence el plazo que me ha dado la corte.
 

Los leñadores, junto con las dos jóvenes y el príncipe, tomaron un barco rumbo al país del apuesto pretendiente. Pero, durante el viaje, la leñadora, vencida por la ambición, determinó suplantar a Blanca Flor con su propia hija. Aprovechando que aquélla dormía, la ató con una cadena y la arrojó al mar. .
 

Por suerte, una ballena se tragó a Blanca Flor y, sin hacerle el menor daño, la condujo a tierra. Cuando fue varada en la playa, un criado del príncipe guiado por el perro engreído de palacio, la encontró, le desató las amarras y la instaló en una cueva, a donde le llevaba alimentos.
 

Mientras tanto, cuando llegaron los viajeros a tierra, Rolando pudo notar que Blanca Flor no era la bellísima joven que había conocido en la choza del bosque. Se lo dijo así a su madre, pero ésta alegó:
 

— Es que el aire salino del mar le ha estropeado un poco su cutis...
 

Cuando llegaron a palacio, el perro del príncipe comenzó a lanzar elocuentes ladridos y hacía continuos intentos de dirigirse hacia la playa, volviendo nuevamente a los pies de su amo, como si quisiera enseñarle algo.
 

— ¿Qué me quiere indicar mi perro? —preguntó el príncipe a su criado.
 

— Quiere decirle señor, que en una cueva de la playa hay una bellísima joven refugiada —explicó el criado.
 

Entonces fueron a la playa siguiéndole al perro y grande fue la sorpresa, y mayor aún la alegría del príncipe, cuando encontraron en la cueva a la legítima Blanca Flor. La estrechó con efusión y, conduciéndola al palacio, la presentó a su madre, la reina, que quedó sumamente encantada con la belleza y el dulce candor de la joven.
 

Los jóvenes se casaron con la venia y contento de la reina, salvando así el grave problema de Estado. Fueron muy felices y perdonaron, a pedido de la buena Blanca Flor, la mala acción de la ambiciosa leñadora, quien, en adelante fue un dechado de modestia y de bondad.


Publicado por: Ohslho
La Paz, 29 de Agosto del 2014

La Princesa Triste

En un paraje encantador junto al mar, vivía una bella princesa rubia, en su hermoso palacio de cristal.
 

Las hadas más diestras le confeccionaban los más bellos vestidos con pétalos de rosa, y la blanca niebla marina peinaba su larga cabellera.
 

Pero la princesita no era feliz, pues en su delicado corazón se anidaba la envidia. Y en una continua tristeza se pasaba las horas tras las amplias ventanas de su palacio, contemplando el vaivén incesante de las olas marinas.
 

Un día divisó en el horizonte un punto blanco, que poco a poco se fue agrandando. Era una carabela con todas sus velas desplegadas al viento, la cual no tardó en llegar a la orilla.
 

Un rato después, pidió audiencia un apuesto marinero.
 

— ¿Qué motivo te trajo hasta mi solitario palacio? —le preguntó la princesa.
 

— Me enteré de vuestra eterna tristeza y me he propuesto que la sonrisa ilumine vuestro lindo rostro —dijo el joven.
 

— Eres osado, marinero. ¿Sabes que los sabios más egregios han intentado lo mismo sin éxito?
 

— Dejadme probar. Si fracaso, podéis disponer de mí.
 

— Demuéstrame tu ingenio, marinero.
 

El joven pidió un día de plazo para pensar y, al día siguiente, volvió a hablar con la melancólica princesa.
 

— ¿Por qué estáis siempre tan triste? —le preguntó.
 

— A nadie se le ha ocurrido preguntármelo.
 

— Pero yo os lo he preguntado.
 

— Pues bien: estoy triste porque no puedo encontrar un joyel incoloro, duro y cristalino, tan puro y transparente como una gota de rocío.
 

— ¿Nada más que por eso?
 

— Tener sólo eso me haría feliz.
 

— Lo conseguiréis, pero vos misma iréis a buscarlo.
 

— ¿Cómo sabré dónde encontrarlo?
 

— Yo os guiaré, princesa.
 

Navegaron varios días en la carabela y arribaron, al fin, a una lejana costa. Luego, el marinero dijo:
 

— Tenemos que separarnos, princesa. Seguid por este camino hasta llegar a la cima.
 

— ¿Y qué haré cuando llegue?
 

— Lo que os dicte el corazón. Si necesitáis mi ayuda, haced sonar este silbato y acudiré al instante.
 

Al quedarse sola la princesa en aquel extraño paraje, se sintió más triste aún y lloró desconsoladamente varias horas. Pero al dejar resbalar las lágrimas por sus mejillas, se dio cuenta que jamás en su vida había llorado; y que su corazón se desahogaba de aquella fea envidia que consumía su alegría.
 

Sonrió de pronto, y sus lágrimas, al caer sobre las rocas de la playa, se convertían en brillantes duras gotas de rocío.
 

— ¡Esto es precisamente, lo que deseaba! —exclamó ella—. Durísimas gotas de rocío para adornar mi cabellera.
 

Y recogiendo el rocío, la princesa sonrió por vez primera en su vida. Loca de alegría, tocó el silbato llamando al joven marinero. Llegó presto éste, y al estrechar la mano que le tendía la princesa, se convirtió en un apuesto príncipe.
 

Contó luego a la asombrada princesa que había sido encantado por una maligna hada del mar. Sólo recuperaría su verdadero estado cuando una bella princesa —que jamás hubiese llorado— estrechase su mano agradeciéndole un favor.
 

La princesa que vivió triste, ahora sonreía. Se casó con el príncipe y fueron tan felices, tanto que ella jamás quiso regresar a su palacio de cristal...

Publicado por: Ohslho
La Paz, 22 de Agosto del 2014

El Gato con Botas

Cierta vez, hubo un molinero pobre que tenía tres hijos. Sintiéndose mal, reunió a sus hijos y les dijo que iba a hacer testamento.
 

— A ti —dijo al mayor—, como eres el más fuerte, te daré el molino. Con él podrás ganarte el pan, como lo hice yo. A ti —dijo al segundo—, te dejo el burro. Si sabes cuidarlo, puedes ganarte la vida honradamente, llevando cargas. En cuanto a ti —dijo al tercero—, sólo puedo dejarte el gato. Tú eres el más listo de mis hijos y algún provecho le sacarás.
 

Cuando murió el padre, el hijo menor cogió el gato y se dispuso a recorrer el mundo.
 

— Puedo serte muy útil, mi amo —le dijo el gato.
 

— No sé en qué —dijo el muchacho—, pero, en fin, si tú lo dices será porque lo sabes, ¿no es así?
 

— Así es mi amo. Dame un saco y unas botas. Ya verás cómo no te arrepentirás.
 

Y luego se encaminó a un coto cercano poblado de conejos, y allí, a la sombra de un arbusto, se tendió a descansar.
 

Pero antes, puso el saco abierto a cierta distancia, lo llenó de hierba fresca y ató a la boca una cuerda que él mismo se sujetó a una pata. Un confiado conejo se acercó pronto y metió el hocico en la trampa, empezando a comer, momento que aprovechó el gato para tirar de la cuerda y encerrar al inocente. Luego se lo echó al hombro y se dirigió a palacio, donde pidió ser llevado ante el rey, porque le traía un regalo.
 

El soberano, que era muy aficionado a los conejos, lo recibió feliz.
 

— De parte de mi amo, el marqués de Carabas, le traigo este conejo vivo —díjole el gato al soberano.
 

El rey le encargó que llevase sus saludos y agradecimientos a su rumboso amo.
 

Dos días después trajo el gato unas perdices, siempre a nombre de su amo, el marqués de Carabas. Esta vez, emocionado el rey, hizo dar al gato un buen banquete.
 

Así siguió llevándole regalos, que, según él decía, eran de parte de su amo. Hasta que, un día, se enteró que el rey había organizado un fin de semana en la orilla del río, a cuya fiesta acudiría la princesa, hija del rey, que era muy hermosa.
 

Entonces, el gato con botas corrió a casa de su amo, y explicándole lo que había preparado, le dijo:
 

— Sigue mi consejo y asegurarás tu porvenir. No tienes más que irte a bañar al río, en el lugar que yo te indicaré. Lo demás corre de mi cuenta; pero no olvides que desde hoy eres el marqués de Carabas.
 

El joven fue al río y se zambulló en el lugar señalado por el gato. De pronto, se oyeron las cornetas del séquito real que se acercaba, momento que aprovechó el gato para gritar con todas sus fuerzas:
 

— ¡Socorro! ¡Favor! ¡Que se ahoga mi amo, el marqués de Carabas!
 

Al oír esto el rey, que se acordaba de los regalos que el marqués le hizo, detuvo el séquito y envió a sus caballeros para que lo salvaran. Mientras, un paje fue a palacio a traer vestidos de caballero. Se vistió con ellos y se presentó ante el rey y su bellísima hija, quienes lo acogieron con júbilo y simpatía. La princesa lo invitó a subir a su carroza y sentarse a su lado.
 

El gato echó a correr y fue donde los campesinos, a quienes les dijo:
 

— Amigos míos, el rey pasará por aquí dentro de poco. Ha jurado mandar a la guerra a todos los campesinos, si no le decís que sois súbditos del marqués de Carabas.
 

Cuando el rey pasó y les preguntó de quién eran esos campos, los hombres se apresuraron a contestar: “De nuestro señor, el noble marqués de Carabas”. El gato pensó, entonces, conseguir a su amo un castillo.
 

Por el camino supo que había un ogro, llamado Ujujú, que poseía un hermoso castillo. Corrió hasta allí y pronto estuvo tocando en la puerta del castillo del ogro.
 

Salió a recibirlo un criado y el gato dijo que era emisario del marqués de Carabas. Fue atendido por el ogro, quien lo invitó a cenar y le ofreció hospedaje por una noche.
 

— Le agradezco, gran señor —dijo el astuto gato—; pero antes, desearía satisfacer mi curiosidad. Hasta el país de mi señor marqués ha llegado la fama de vuestro mágico poder. ¿Es cierto que podéis convertiros en cualquier animal?
 

El ogro sonrió vanidoso y ensanchando el pecho, se convirtió en un rugiente y melenudo león. Luego, volvió a respirar hondo y tornó a ser el ogro feo de antes.
 

— Espero que estarás satisfecho con esta prueba —dijo.
 

— ¡Oh, sí, claro! —Exclamó el gato—. Sin embargo, perdonadme que os diga que, aunque muy meritorio, no lo es tanto como convertirse en un animal pequeño. Por ejemplo, un...
 

— ¡Ahora mismo me dirás en qué animal debo convertirme! —Interrumpió el ogro—. ¿En una pulga? ¿En una mosca?
 

— ¡Oh, no hace falta tanto! Sólo con que os convirtáis en un ratón, yo quedaría completamente satisfecho.
 

No había concluido de hablar el gato, y ya el ogro quedó convertido en un ágil ratoncillo, que corría lanzando agudos chillidos. Entonces, el gato no tuvo más que estirar una pata y, en un momento, el ratón desapareció entre sus dientes.
 

Aún estaba el gato limpiándose los bigotes, cuando oyó ruido en el camino. Era la comitiva del rey que se acercaba.
 

— Majestad, Alteza —les dijo el gato—, bienvenidos al castillo de mi señor, el marqués de Carabas.
 

El rey bajó de la carroza y, dirigiéndose al maravillado hijo del molinero, exclamó:
 

— ¡Cómo! ¿Este castillo también es vuestro?... Estamos, mi hija y yo, encantados de ser vuestros huéspedes... Creo que os pondréis muy contentos, vos, señor marqués, y mi hija, si fijo la fecha de vuestra boda.
 

El marqués de Carabas dijo:
 

— Será como usted diga, señor.
 

Desde entonces y, especialmente, después de la boda, todos vivieron felices y, el marqués, que ya lo era de verdad, nombró al gato mayordomo del palacio.
 

Éste encontró tan a su gusto el cargo, que dejó de cazar ratones, con lo que también éstos vivieron en paz.


Publicado por: Ohslho
La Paz, 07 de Agosto del 2014

Ojos de Estrella

Un matrimonio lapón conducía su respectivo trineo jalado por un reno. La esposa llevaba a su hijita en los brazos, bien cubierta con una gruesa piel, y por eso le era difícil guiar el trineo y sostener a la criatura.
 

Era Nochebuena y la nieve brillaba a los rayos mortecinos de la aurora boreal. Las estrellas parpadeaban esplendorosas en el cielo. Más, de pronto, apareció una manada de lobos hambrientos, que se pusieron a perseguir a los trineos.
 

Los renos, al notar la proximidad de los lobos, emprendieron frenética carrera. La nieve cegaba a los esposos y, en una sacudida de los trineos, la niñita escapó de los brazos de su madre y cayó sobre la nieve.
 

La madre, presa de desesperación y gritando, intentó, en vano, detener la loca carrera del reno. No pudo lograrlo, pues el animal, aterrado por la proximidad de los lobos, siguió su desenfrenado galope dejando lejos el lugar donde la pobre criatura había caído.
 

Los lobos rodearon a la niña. Ésta los contemplaba sin moverse y sin llorar. La serena mirada de su inocencia tuvo el poder maravilloso de anonadar a los carniceros que, durante un momento, la contemplaron como asustados y luego reanudaron su frenética carrera, siguiendo el rastro de los renos.
 

La criatura quedó sola en la fría extensión de la nieve. Levantó sus ojitos y contempló las estrellas. Y su celestial luz penetró en aquellos inocentes ojitos, quedándose para siempre en ellos.
 

Por suerte, pasó por allí un campesino que llevaba provisiones para celebrar las fiestas navideñas. Al ver a la niña abandonada, la puso en su trineo y la llevó a su casa cuando las campanas repicaban para la misa matinal.
 

— Te traigo un regalo de Navidad —le dijo a su mujer.
 

Isabel, que así se llamaba la esposa, desenvolvió a la nena y le dio de beber leche caliente. Luego, dijo a su marido:
 

— Dios la envía a nuestra casa. Si es huérfana, yo seré su madre y tú, querido Simón, serás su padre. Pepe, Coco y Nati serán sus hermanitos... ¡Y observa cómo nos mira!
 

Luego la llevaron al templo para bautizarla con el nombre de Isabel. El párroco se admiró del extraño brillo de los ojitos de la niña, y dijo en broma:
 

— Debieras llamarte “Ojos de Estrella” por el fulgor de tus ojos, niña linda.
 

Y en el pueblo, todos los vecinos empezaron a llamarla “Ojos de Estrella”. La nena fue creciendo junto a sus hermanitos adoptivos y, mientras éstos se mostraban robustos, ella era delgadita y esbelta.
 

Simón y su mujer querían por igual a los cuatro niños. Y, cuando Isabelita cumplió tres años, su madre adoptiva comenzó a darse cuenta de que algo misterioso emanaba de su ser. Sobre todo de sus ojos, de esos raros negros ojos que despedían estelares destellos.
 

Isabelita jamás contrariaba a nadie, ni se molestaba si sus hermanitos la mortificaban. No hacía más que mirarlos fijamente y, al instante, ellos se desvivían por serle agradables.
 

El gato Negro la temía y no atrevíase a mirarle los refulgentes ojos. El perro ladraba, pero cesaba de ladrar y de gruñir cuando ella lo miraba.
 

Un día de tempestad, en que el viento ululaba por sobre los techos de las casas y la nieve caía sin cesar, la tormenta cesó al instante cuando la niña salió al porche de la casa.
 

Su madre adoptiva estaba algo inquieta por todo esto. A veces le decía impaciente a la niña:
 

— ¡No me mires así! ¡Parece que quisieras traspasarme con tu mirada!
 

La pequeña bajaba la cabeza, llorosa, sin comprender por qué la reñía su madre adoptiva.
 

Una noche, un peregrino fue hospedado en la casa. Al día siguiente, la mujer advirtió que había desaparecido un anillo de oro que dejó olvidado sobre la mesa. Ojos de Estrella, que acababa de despertar, miró con sorpresa al desconocido y exclamó:
 

— ¡Éste hombre tiene un anillo dentro de su boca!
 

El ladrón no tuvo más remedio que devolver el anillo, pidiendo perdón a la dueña de casa.
Simón dijo un día a su esposa:
 

— Seamos cariñosos con Ojos de Estrella. Desde que vive con nosotros, todo nos va bien. Las cosechas rinden más y los osos y los lobos ya no atacan a nuestro ganado. ¡La niña es el heraldo de nuestra buena suerte!
 

En efecto, Simón e Isabel trataron a la pequeña con singular afecto, que ella les correspondía con creces.
 

Más, una mañana aparecieron los verdaderos padres de Ojos de Estrella, reclamando a su hija que habían perdido en la nieve. Simón e Isabel, muy apenados, tuvieron que entregar a la niña a sus verdaderos padres.
 

Su rectitud fue premiada con el nacimiento de una hermosa niña, cuyos ojos despedían destellos, como los de Ojos de Estrella.
 

La niña fue llamada también “Ojos de Estrella”, en recuerdo de la que habían llegado a querer como a una hija.


Autor: Folclore Lapón
La Paz, 24 de Julio del 2014

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