La Criadita de la Virgen María

Mientras Jerusalén recobraba su habitual sosiego después de la celebración de la Pascua, en sus extramuros una pastorcita cuidaba unas ovejas.
 
Sentada bajo un añoso olivo, se disponía a comer observada por su perrito, cuando éste, de pronto, levantó las orejas y comenzó a mover cariñosamente su cola.
 
La actitud del perrito se debía a que un niño se dirigía hacia ella. Cuando aquél estuvo cerca, se quedó mirándola.
 
— ¿Cómo te llamas y de dónde eres? —le preguntó la niña.
 
— Me llamo Jesús y soy de Nazaret —dijo el niño— ¿Y tú?
 
— Yo me llamo Noemí y soy de Jerusalén —respondió ella —. Soy huérfana y vivo con una tía inválida, ¿sabes? Y tú, ¿tienes padres?
 
— Sí. Mi Madre se llama María y mi padre José, y es carpintero.
 
— ¿Y por qué no estás con tus padres?
 
— Ellos se fueron de viaje de retorno, pero yo me quedé aquí, en la casa de mi Padre.
 
— ¿Tu padre tiene casa en este lugar?
 
— Niña —dijo Jesús muy serio—, ¿acaso el templo no es la casa de nuestro Padre?
 
— Es verdad —dijo Noemí—. ¿Y qué has hecho tanto tiempo en el templo?
 
— Pues orar y hablar con los doctores.
 
— ¿Y te has atrevido? Debes saber mucho...
 
— Regular no más.
 
— Yo nunca fui a la escuela —replicó la niña—.
 
— Yo tampoco —dijo Jesús—, pero me ha enseñado mucho mi Madre.
 
Y la niña, ante el recuerdo de su madrecita muerta, se puso a llorar. Más, el Niño la consoló:
 
— No llores, Noemí. Bienaventurados son los que lloran, porque serán consolados. ¿Y tú no has ido al templo?
 
— Sí. ¿Y sabes lo que he pedido a Dios?
 
— No. Dímelo, amiguita.
 
— Pues le he pedido tres cosas: Una, que mejore mi tía, porque sufre en cama; otra, que no se muera ninguna ovejita; y la otra...
 
— Y la otra, ¿cuál es, Noemí? —preguntó Jesús.
 
— Pues he pedido a Dios que me deje ver al Mesías y sea yo la criadita de la Virgen, su linda Madre.
 
— Pues, en verdad te digo, se cumplirá tu deseo, porque el que busca encuentra y el que pide recibe...
 
— ¡Qué bien hablas y qué hermosas palabras dices!
 
Como ya se ocultaba el sol tras las montañas, el Niño se despidió de la pastorcita, diciéndole:
 
— Adiós, Noemí. No me olvides, que yo siempre he de recordarte.
 
— Adiós, amiguito. ¿Volverás nuevamente por la fiesta?
 
— Desde luego, regresaré.
 
Pasaron los años y Jesús era ya un hombre, y la pastorcita Noemí, una verdadera mujer.
 
Un día, Jesús se despidió de su Madre y le dijo que iba a buscar la oveja perdida de Israel.
 
María se quedó sola, pero, al día siguiente, tocó sus puertas, Noemí, la bella y sufrida pastorcita de Jerusalén, y se quedó en la casa de la Madre de Jesús haciéndole compañía.
 
Las gentes llamaban a esa hermosa y dulce joven “La Criadita de la Virgen”. Esto le encantaba a Noemí, y se sentía satisfecha y feliz de ayudar en sus quehaceres a la Madre de Dios.

Autor: Anónimo
Publicado en: La Paz, 17 de Abril del 2014
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El Gallito de la Veletas

Una hermosa gallinita blanca incubaba amorosamente doce albos huevos. Al cabo de veintiún días, comenzaron a salir uno, dos, tres, cinco, seis... hasta once pollitos amarillos y redondos como motas de tocador.
 
Cuando se rompió el último huevo, salió un pollito fenómeno, pues no tenía más que un ojo, un ala y una pata. Por esto, sus hermanos le pusieron el nombre de "mediopollito".
 
Y como todo el mundo le tenía lástima por su invalidez, "mediopollito" comenzó a engreírse y a hacer lo que le venía en gana. Dijo a su madre:
 
— Mamá: sé que la suerte me depara muchas sorpresas. En este momento, me voy a la corte a ver al rey. No quiero seguir en este humilde corral.
 
Y tip tap, tip tap, salió cojeando a saltos a través del campo.
 
— Mediopollito, mira: no puedo seguir mi curso, porque he encontrado este montón de ramas secas. Quítalas con tu pico; si no, me pudriré estancada —le pidió el agua de un arroyo.
 
Mediopollito contestó egoísta:
 
— No tengo tiempo que perder, pues voy a ver al rey. Y continuó tip tap, tip tap, dando saltitos con su única patita.
 
Al día siguiente, encontró un fuego que se apagaba bajo la leña verde. La lumbre le dijo:
 
— Mediopollito, me estoy ahogando. Hazme el favor de hacer un poco de aire con tu ala.
 
— No puedo perder mi tiempo, pues voy a la corte a ver al rey —contestó el engreído.
 
Y siguió con su tip tap, tip tap, producido al saltar con su única patita.
 
Antes de llegar al palacio real, pasó junto a unas matas en las que se había enredado el viento. Éste le pidió:
 
— Mediopollito, sácame de aquí donde estoy enredado. Si apartas estas matas, yo podré seguir mi curso.
 
— Sabes que no pudo perder tiempo, pues tengo que ir a la corte del rey —contestó el pollito. Y tip tap.tip tap, continuó cojeando más aprisa aún.
 
Pudo, por fin, llegar al palacio real y se dirigió derecho, aunque cojeando, al trono del monarca.
 
Pasó, sin pedir permiso, por delante de los centinelas y entró al gran patio. Pero al cruzar bajo las ventanas de la cocina, el cocinero lo cogió por la única pata, diciendo:
 
— ¡Caramba, qué suerte! ¡Precisamente me hacía falta un pollito para el delicado estómago del rey!
 
Y, sin más, lo metió de cabeza en una olla llena de agua que se calentaba al fuego.
 
Mediopollito sintió que se ahogaba y empezó a gritar:
 
— ¡Agua, amiga mía, no subas! ¡Quédate en el fondo que me vas a ahogar!
 
— Tú no me ayudaste cuando te lo pedí —le contestó el agua.
 
El fuego era cada vez más fuerte y el agua ya empezaba a hervir.
 
Mediopollito gritó:
 
— ¡Apágate un poquito, amigo fuego, que me quemo!
 
— Tú no me ayudaste cuando te lo pedí —respondió el fuego.
 
En aquel momento, el cocinero levantó la tapa de la olla, miró dentro, y dijo:
 
— Este pollo se ha quemado. ¡Ya no sirve para nada!
 
Y, cogiendo de la pata al pollito, lo arrojó por la ventana.
 
Antes de dar con el suelo, lo sostuvo el viento y, luego, dando vueltas como un trompo, fue remontado por encima de los árboles. Mediopollito pudo gritar, cuando salió de su sofocación:
 
— ¡Viento, amigo viento, no soples tan fuerte! ¡Déjame bajar despacio que, si no, me voy a estrellar!
 
— Tú no me ayudaste cuando te lo pedí —contestó el viento.
 
Luego volvió a soplar con fuerza y haciendo girar al pollito como una peonza, lo envió hasta lo alto de un campanario, donde quedó atravesado en el fierro del pararrayos.
 
Ese es el gallito que vemos clavado en las veletas, con una pata, un ala y un ojo, con el cual mira a todos lados para saber de qué lado viene el viento.

Autor: Anónimo
La Paz, 09 de Abril del 2014
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El Trigo de lo Gorriones

En una Nochebuena, en pleno invierno, el lago de la comarca estaba helado. El pueblo quedaba a un extremo de este lago y al otro, una casucha habitada por gente pobre.
 
— Querido, ¿no vas a poner siquiera una gavilla de trigo para los pajaritos, hoy que es Día del Señor? 

—dijo la esposa de uno de los más ricos del pueblo.
 
— ¡Mira! En esa miserable choza del otro lado del lago, han puesto una gavilla en el tejado —volvió a decir ella, al no lograr respuesta de su marido.
 
— ¡Déjate de tonterías! ¿Voy a darme el lujo de tirar a los gorriones el grano que Dios nos da? —contestó él.
 
— ¡Tú lo has dicho! —exclamó la esposa—. El grano de Dios. También los gorriones fueron creados por él.
 
— ¡Basta ya de chifladuras! Ponte a hacer el pan para la fiesta de hoy y procura que el jamón sea abundante. ¿Qué nos importan los gorriones?
 
Y, en la lujosa mansión, empezaron a preparar el rico banquete de Nochebuena, en tanto que los pobrecillos gorriones siguieron volando con los buchecitos vacíos.
 
En contraste, en el techo de la casucha humilde del otro lado del lago, había abundancia de granos y los hambrientos pajarillos se dieron un magnífico banquete.
 
—Con el grano de esta gavilla que pusimos en el techo —dijo la mujer pobre a su marido—, habríamos hecho ricos bollitos para dar a los niños esta noche.
 
—¿No sabes que el caritativo es rico? —reprochó el marido.
 
—Pero no me parece sensato dejar que los pájaros se coman nuestro pan —murmuró ella.
 
—Da lo mismo que sean animales o seres humanos —replicó el marido—; el objetivo es dar de comer al hambriento. Además, tengo unas monedas ahorradas y pueden ir los niños a comprar leche y bizcochos al pueblo.
 
—¿Y si los atacan los lobos hambrientos?
 
—Yo daré a Luisito mi bastón de roble para su defensa.
 
Luis y su hermanita Ruth partieron rumbo al pueblo. Al regreso, vieron que algo se movía en la oscuridad. Era un lobo. El animal se acercó a los niños aullando de hambre, pero por su mirada se notaba que no mostraba malas intenciones. Era una loba y parecía decirles? “Denme un poco de pan, que mis hijitos se mueren de hambre”.
 
—Te daremos bizcocho. Nosotros comeremos pan duro —dijo Ruth, uniendo la acción a la palabra.
Y la pobre loba se marchó contenta con el bizcocho para sus hijitos.
 
Pero, a poco, los niños volvieron a oír pasos. Esta vez era un oso. En su triste mirada y en el modo lastimero de gruñir, comprendieron que pedía leche. Le dieron la mitad de la leche y el oso se marchó tan agradecido como la loba.
 
Cuando llegaron a casa, los hermanitos contaron a sus padres lo sucedido. Los esposos se miraron en silencio. ¿Qué significaba el que sus hijos hubiesen mostrado caridad hacia los animales?
 
Cuando se sentaron a la mesa para comer el resto de las provisiones, vieron, con sorpresa, que el pan duro se convirtió en pan tierno y caliente y que la leche no disminuía. Comprendieron que era un milagro y, postrados de hinojos, dieron gracias al Señor.
 
En cambio, el rico egoísta del otro lado del lago, empezó a sentirse enfermo por comer mucho jamón y beber mucha cerveza. Cayó postrado de tal manera que ya no pudo cuidar sus campos y sus graneros fueron quedando vacíos.
 
Por su parte aquella familia cristiana y humilde, siguió viviendo feliz, porque tenía abundante leche y pan tierno, que compartía con los necesitados.

Autor: Folclore Noruego
La Paz, 28 de Marzo del 2014
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La Campana

Caminando, caminando, llegó hasta un apartado del espeso bosque y descubrió una pequeña casita rodeada de plantas trepadoras. El niño se quedó sorprendido. Colgada cerca del alero, medio escondida entre las hojas de las plantas, había una campanita azul.


— No es posible que ésta sea la campana que busco —se dijo el niño—. Una campana tan pequeña no haría un ruido tan grande.


El niño se alejó de la casita. El bosque se iba llenando de sombras a medida que el sol empezaba a ponerse detrás de las altas montañas.


De pronto: ¡Dang! ¡Ding! ¡Dang! ¡Ding! Sonó, otra vez, la campana.


El sonido de la campana viene de la izquierda —se dijo el niño—. Voy a caminar hacia allí. Siguió caminando y, de pronto, encontró a un niño vestido de blanco.


— ¿También tú buscas la campana? —le preguntó.


El niño vestido de blanco no respondió.


— ¿Quieres ser mi amigo? —Preguntó el niño que buscaba la campana—. Si tú me ayudas, tal vez la encontremos.


— ¿Para qué quieres encontrarla? —Preguntó el niño vestido de blanco—. A ti no te hace falta la recompensa que ofreció el rey.


— ¿Me conoces? —dijo el niño.


— Sí —respondió el pequeño trajeado de blanco—. Sé que eres hijo del rey.


— Soy el príncipe, en efecto —respondió el niño—, pero me gustaría encontrar la campana misteriosa. Me agradaría llevármela al palacio para que todos los súbditos de mi padre pudieran verla y escucharla de cerca.


— Eso está bien —dijo el niño vestido de blanco—. Veo que te preocupas por los demás.


— Sí —afirmó el príncipe—. Cuando yo sea rey, procuraré ser bueno y generoso para ser amado por todos.


El niño con traje blanco se puso muy contento por la respuesta de su compañero.


— Allí está la campana —dijo—. ¿No la ves?


En efecto, sobre sus cabezas, en medio de las nubes y cerca de las estrellas, estaba la campana.


¡Dang! ¡Ding! ¡Dang! ¡Ding! Volvió a sonar la campana.


— ¡La campana! ¡La campana misteriosa! —gritó el pequeño príncipe.


— Yo soy el ángel de tu guarda —dijo el niño vestido de blanco. Tú has encontrado la campana porque eres bueno.

La campana, allá en lo alto, seguía repicando. Y sus sones argentinos parecían decir: “Paz a los hombres de buena voluntad”.


— ¿Podré llevármela al palacio? —preguntó el hijo del rey.


— No —respondió el ángel de la guarda—; está demasiado alta.


— ¡Oh, qué pena! —casi lloró el príncipe.


— Ya no volverás a verla nunca más —dijo el ángel—. Sólo la escucharás si alguna vez faltas a tu promesa de hacer el bien y si incumples tus deberes de soberano.


— Siempre me portaré bien —prometió el hijo del rey.


— Será mejor que esta noche te quedes a dormir en el bosque —dijo el ángel—. El palacio está muy lejos.


El pequeño príncipe se tendió a dormir sobre la hierba y el ángel veló su sueño, ahuyentando a los osos y los jabalíes.


Al día siguiente, un rayo de sol despertó al príncipe. El ángel de su guarda se había vuelto invisible, pero el niño sabía que estaría siempre junto a él, protegiéndolo.


El hijo del rey montó sobre un ciervo y así pudo llegar, en seguida, al palacio.


— ¿Dónde has estado? —le preguntó, preocupado, el rey.


— Buscando la campana —respondió su hijo.


— ¿Y la has encontrado?


— Si —respondió el príncipe—, pero estaba muy alta, cerca de las estrellas y no he podido cogerla.


En el pueblo no volvieron a escuchar más tañidos de la misteriosa campana. Pero el pequeño príncipe no olvidó la promesa que había hecho al ángel.


Cada noche, al rezar sus oraciones, repetía:


— Seré un rey bueno y generoso, y siempre buscaré la felicidad de todos mis súbditos.


Al cabo de muchos años, cuando el príncipe se convirtió en rey, cumplió lo que había prometido.


— No hay otro rey más bueno y generoso —decían todos y, en efecto, con la generosidad del poderoso y la sabiduría de la humildad, el joven rey dio a sus súbditos la felicidad prometida al ángel de su guarda.

Autor: Andersen
La Paz, 11 de Marzo del 2014
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El Hombre del Polo

Aquella animosa tripulación se había empeñado en arrancar secretos al Ártico, en las inhóspitas regiones del gélido Polo Norte.
 
Navegaban en una excelente embarcación especial y todos los marineros sonreían optimistas, incluso Dino, el pequeño grumete, pensando en el blanco paisaje polar.
 
Sin embargo, sus sonrisas se helaron, cuando se encontraron en medio del Océano Glacial Ártico. Se había desencadenado una furiosa tempestad y el viento frío los dejó sin respiración. De un desbordante optimismo, se había pasado a la posibilidad de perder la vida.
 
Cuando Dino leía un libro de oraciones, el barco se estremeció bruscamente y el pequeño grumete rodó por el piso de su camarote. En ese momento, oyó fuertes gritos afuera:
 
— ¡El barco ha chocado y hace agua! ¡Tenemos que abandonarlo!
 
Dino subió precipitadamente a cubierta y vio a los tripulantes saltar a los témpanos y huir enloquecidos por el pánico. Él hizo lo mismo, y pronto tuvo que correr y saltar de un témpano a otro, con el libro de oraciones apretado contra su pecho.
 
Cuando se acordó de sus compañeros y miró a su alrededor, no los vio por parte alguna. ¡Se habían perdido en el helado desierto!
 
— Hace un frío terrible —se dijo Diño— y buscaré cobijo para poder pasar esta noche. En caso contrario, me quedaré tan rígido y helado como un trozo de hielo. .
 
Mientras así pensaba, dirigía sus pasos hacia una blanca montaña, con la esperanza de encontrar una cueva donde guarecerse. Estando ya en sus proximidades, surgió ante él la impresionante figura de un esquimal, cubierto por completo de gruesas pieles.
 
Era la primera vez que Diño veía un esquimal y recordó que alguien dijo que era gente que comía carne cruda... Pero, ¿qué clase de carne? Ah, eso era lo que más le preocupaba al grumete en ese instante.
 
— ¡Jo, jo, jo! —Rió roncamente aquel hombre—. ¡Quien no es esquimal, es enemigo del esquimal! ¡Eres mi prisionero, enano!
 
— No soy enano, sino un niño —replicó Diño, sereno—, Y el libro que llevo en mis manos dice que todos los hombres deben tratarse como hermanos, incluso los esquimales.
 
Aquellas palabras sonaron a cosa nueva en los oídos del esquimal, y como éste era muy curioso, pensó:
 
— Tengo tiempo para matar a éste intruso. Ahora debe aclararse lo que acaba de decirme, pues no lo he entendido. ¡Me han interesado tus palabras! —dijo, luego, en voz alta—. Ven conmigo a mi cueva, niño.
 
Cuando llegaron al hogar del esquimal, todos se acomodaron en el piso de hielo, sobre gruesas pieles de oso, para escuchar al extraño niño. Éste comenzó diciéndoles:
 
— Todas las razas de la Tierra son hermanas: negros, blancos, amarillos, cobrizos... todos son hermanos. Dios, el creador, así lo ha querido y así debe ser.
 
El esquimal rogó a Dino que le hablase de Dios. Y el grumete, como un inspirado predicador misionero, les explicó cómo fue creado todo el mundo y después cómo sufrieron los hombres con el diluvio universal, en castigo a su maldad. Luego, les contó cómo vino al mundo el Niño Jesús, el Salvador de la humanidad.
 
Los esquimales lo escucharon atentamente y lo referido por Dino no sólo les encantó, sino que los transformó, de modo que cuando terminó de hablar, ya nadie pensaba en matar a otro hombre, ya que todos eran hermanos.
 
El esquimal jefe de familia se puso en pie, invitó al muchacho a subir a su trineo para conducirlo a un lejano poblado. Antes de despedirse, el hombre del polo hizo prometer a Dino que lo visitara siquiera una vez al año, para que les contara bellas historias del Niño Jesús, sus milagros, su pasión y su cruento sacrificio en la Cruz, en su noble intento de salvar a la humanidad...

Publicado por: Ohslho
La Paz, 28 de Febrero del 2014
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El Enanito Curioso

Este era un rey que tenía una hija, quien, no obstante de sus riquezas, no era feliz. Estaba enferma y los médicos no acertaban a curarla.
 
Un día, el hada madrina de la princesa, le dijo al rey.
 
— La princesa sólo se curará si come una manzana del árbol que crece en el huerto de los tres hermanos huérfanos.
 
— Daré la mano de mí hija –prometió el soberano– a quien me traiga esa manzana capaz de sanarla.
 
Esta noticia fue difundida por todo el reino, y de todas partes acudían jóvenes con manzanas que la princesa probó, pero sin lograr su recuperación.
 
La noticia llegó a oídos de tres hermanos huérfanos, quienes ignoraban la virtud de las manzanas de su huerto.
 
— Tal vez nuestras manzanas sean las que logren curar a la princesa –dijo el mayor.
 
— ¿Por qué no probamos? –dijo el hermano menor.
 
— De acuerdo –repuso el hermano mayor–, pero seré yo quien se case con la princesa.
 
El joven cogió las más grandes y perfumadas manzanas del árbol y tomó el camino del palacio del soberano. Pero, al cruzar un bosque, encontró un enanito que le dijo:
 
— ¿Qué llevas en esa cesta, jovencito?
 
— Llevo patas de rana –dijo el joven–. Y apártate de mi camino, que estoy de prisa.
 
Cuando llegó al palacio, fue conducido a la presencia del soberano y de la princesa. Abrió la cesta para ofrecer a la joven la más apetitosa de las manzanas, pero saltaron varias ranas.
 
— ¡Socorro! –gritó la princesa.
 
— ¿Pretendes burlarte de mí? –se enfadó el rey–. ¡Sal de aquí, inmediatamente!
 
Días después, el segundo hermano llenó la cesta con las más hermosas manzanas y siguió la ruta del bosque. Cuando el enanito le hizo su curiosa pregunta, le contestó:
 
— ¡Llevo ratas!
 
— Que sea como tú dices –repuso el enanito.
 
Cuando el joven llegó a presencia del rey y de la princesa y abrió su cesto, un tropel de asquerosas ratas saltaron del cesto y dispararon en todas direcciones.
 
— ¡Auxilio! ¡Auxilio! –gritó la joven, espantada.
 
Los soldados palaciegos persiguieron a las ratas, que se marcharon chillando y dando brincos. El rey se enfadó mucho e hizo azotar al joven, que se marchó dolorido y triste.
 
— ¡Llegó mi turno! –exclamó el hermano menor, y cogiendo la única manzana que quedaba en el árbol, la puso en la canasta y tomó el camino que conducía al palacio. Al cruzar el bosque, el enanito le salió al encuentro y le preguntó:
 
— ¿Qué llevas en esa cesta, jovencito?
 
— Una manzana para curar a la princesa –contestó el Joven.
 
— Que sea como tú dices –dijo el hombrecillo.
 
Cuando el joven llegó a presencia del rey y de la princesa, el monarca lo miró con el ceño fruncido y le dijo:
 
— Ten cuidado. Si pretendes burlarte de mí, como los otros, te encerraré en el calabozo más oscuro de mi palacio.
 
— Sólo vengo a ofrecer esta manzana a vuestra hija, señor –respondió el muchacho.
 
La joven princesa probó la manzana y, al instante, se levantó de su sillón y empezó a dar saltos de alegría.
 
— ¡Ya me siento bien! –gritó– ¡Esta manzana me ha curado!
 
Pasado un tiempo, el rey cumplió su promesa y el joven campesino se casó con la bellísima princesa. Como el joven era bueno y generoso, llamó a sus hermanos al palacio y les dio su protección.
 
El enanito curioso comentó con los animalitos del bosque:
 
— Ése joven no pretendió burlarse de mí, como los otros ni se mostró orgulloso con sus hermanos. Por eso ha sido recompensado justamente.

Publicado por: Ohslho
La Paz, 12 de Febrero del 2014
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El Sultán y la Palmera

“Sembrad el bien y cosecharéis el bien”, era la máxima que solía decir un sultán, que se hizo querer de todos sus súbditos, porque raro era el día en que no salía de palacio para realizar alguna buena acción.

Un día, en que el sultán enfermó, las cercanías del palacio se vieron concurridas por una multitud preocupada por la salud del filántropo.

Noche y día, hombres, mujeres y niños hicieron guardia en palacio. Un paje tenía que salir al balcón constantemente para leer a la multitud el parte médico.

Cuando el paje leía: “El sultán tiene dolor de cabeza”, se elevaban, en seguida, voces de la muchedumbre que aconsejaban un remedio casero: “Que le apliquen bolsas de hielo” o bien: “¡Que le den masajes en el cuello” y cosas por el estilo.

Cuando, al fin, el paje anunció que el sultán ya estaba bien, la multitud se puso muy contenta y cada cual regresó a su casa.

Un día, que el sultán salió a dar un paseo por el campo rodeado de sus cortesanos, encontró a un anciano campesino que plantaba una palmera, a quien preguntó:

— ¿Qué haces, buen hombre?

— Planto, ¡oh sultán!, una palmera —le respondió, muy respetuoso el anciano.

El sultán se quedó pensativo un momento y, al cabo, dijo:

— ¡No sabes quiénes comerán sus frutos si plantas una palmera!

— Así es, soñé mío —contestó el campesino.

— ¿Y no sabes que una palmera necesita muchos años para dar frutos y que tu vida ya está llegando a su término?

— No lo ignoro —repuso el anciano—. Pero otros plantaron y nosotros comemos; justo es que plantemos ahora, para que otros coman. ¿No opina lo mismo, mi señor?

— ¡De acuerdo! —exclamó el Sultán.

Y porque el anciano dio una respuesta tan sabia, lleno de admiración, le hizo dar cien monedas de plata, que el viejo aceptó con visibles muestras de agradecimiento. Al cabo de una breve pausa, el anciano dijo:

— ¿Ha visto, gran señor, qué pronto dio fruto mi palmera?

Y el sultán, maravillado aún más por tan ingeniosa pregunta, ordenó que diesen al campesino otras cien monedas de plata.

El viejo las recibió llorando de gratitud y besó las manos bondadosas del sultán, para decirle de nuevo:

— ¡Oh, sultán!, lo más extraordinario de todo es que la palmera sólo da generalmente un fruto al año, y la mía ya me ha dado dos, en menos de una hora.

Cada vez más admirado, el sultán se quedó mirando al anciano y, luego de darle unas palmaditas en el hombro, dijo a sus cortesanos:

— ¡Vámonos, pronto! Pues las palmeras de este buen anciano maduran tan velozmente, que mi bolsa se va a quedar vacía dentro de poco.

Él buen sultán se alejó, rumbo a su palacio, acompañado de los hombres de su corte, comentando la sabiduría del viejo campesino.

Desde entonces, tuvo presente el sultán las sabias respuestas del anciano de la palmera, llegando a la conclusión que nada es tan admirable como el valor extraordinario de la experiencia.

Publicado por: Ohslho
La Paz, 25 de Enero del 2014
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