Hubo, una vez, un hombre de
modesta condición que se casó con una joven rica, pero con la promesa de que ella
no trabajaría nunca y de que jamás le levantaría la mano.
De esta manera, el hombre tenía que trabajar de sol a sol, con días de lluvia o de viento, y cuando volvía al hogar tenía que ponerse a arreglar la casa, ejecutar la limpieza y, finalmente, poner las ollas al fuego y cocinar la comida.
De esta manera, el hombre tenía que trabajar de sol a sol, con días de lluvia o de viento, y cuando volvía al hogar tenía que ponerse a arreglar la casa, ejecutar la limpieza y, finalmente, poner las ollas al fuego y cocinar la comida.
Al comienzo, como es obvio, el hombre hizo alegremente sus tareas y resignadamente después. Pero, por fin, se cansó de lo que hacía y comenzó a pensar, y con razón, que el hombre se casa para que la mujer atienda los








